Javier del Castillo

Javier del Castillo


Impresentables

21/05/2024

La crisis diplomática provocada por Javier Milei, presidente de Argentina, al acusar de corrupta a la mujer de Pedro Sánchez, es la demostración más palpable del peligro que tienen algunos líderes elegidos democráticamente, cuando pierden las formas y olvidan los compromisos adquiridos con los ciudadanos. Decir que tenemos los dirigentes políticos que nos merecemos – tanto en Argentina como en España – no puede ser nunca un consuelo ni una disculpa. 
La historia nos demuestra cómo grandes países han sido víctimas de la degeneración de líderes que han antepuesto su ambición personal y sus sueños de grandeza a la obligación de servir a su país, sometiéndose a las normas que regulan un sistema democrático.
No hay más que echar un vistazo a nuestro entorno y a los mandatarios de algunas naciones del otro lado del Océano para darnos cuenta de en qué manos estamos. El populismo – de los zurdos y de los diestros – se extiende peligrosamente, ocasionando conflictos dentro y fuera de sus fronteras. Lo de Milei es un ejemplo, alimentado por quienes le aplauden desde la extrema derecha y por quienes le insultan desde la izquierda más descerebrada, léase el ministro de Transportes, Oscar Puente. 
Quienes ahora le piden explicaciones y disculpas al presidente argentino son los mismos que aceptaron como válidas las aclaraciones del energúmeno ministro, diciendo que "no pensaba que fuera a tener tanta repercusión y trascendencia" acusar de "consumir ciertas sustancias" al presidente de un país amigo.
En cualquier caso, las palabras de Milei del pasado domingo benefician al adversario. Están sirviendo para que Sánchez hable del peligro de la ultraderecha e insista en rentabilizar el victimismo. Vox, de manera seguramente indeseada, vuelve a ser su principal aliado, en detrimento del PP que no sabe a qué carta quedarse. 
La denostada polarización y los supuestos ataques personales contra el presidente del Gobierno se presentan como un serio problema para la convivencia, pero en realidad son agua de mayo para los intereses de Sánchez. Antes de dar explicaciones sobre las cartas y reuniones de su esposa con empresarios luego beneficiados con subvenciones, le facilitan el argumento de que estamos ante una persecución política y personal – como ya adelantó a sus medios amigos – por tierra, mar y aire.
El populismo se ha convertido en su mejor aliado. Sánchez, a través de sus terminales mediáticas, le pide al PP que dé la cara y salga en defensa de la patria atacada por la motosierra del amigo argentino de Santiago Abascal, con el que ha pactado en gobiernos regionales.
A Feijóo, una vez más, le cuesta defender una posición equidistante, y acusa al Gobierno de agrandar un conflicto diplomático y utilizarlo en su propio beneficio. En realidad, el verdadero problema del presidente del PP es tener a Vox como aliado, dificultando la elaboración de un discurso convincente y moderado.
Las próximas elecciones europeas pueden ser el revulsivo, el impulso necesario para las aspiraciones de Feijóo en las generales, pero – indefectiblemente – tendrá que vencer antes los obstáculos que le pone Vox en el camino de la alternancia. 
Desgraciadamente, la razón sucumbe a los sentimientos. Los populismos ya no son un accidente temporal, fruto de las circunstancias, sino una realidad que ha llegado a la política para quedarse.