Antonio García-Cervigón

Buenos Días

Antonio García-Cervigón


¡Todos a la calle, menos...!

28/11/2023

Todos a la calle menos...!». La anécdota vuela, salta y salpica en cualquier parte allá donde existe gente de nuestra Macha. Aquí hay ingenio para dar y tomar; algo se nos debe haber pegado: chascarrillos y sucesos más o menos variopintos causan más gracia cuando se cuenta por los narradores que vivieron aquellos tiempos de la década de los cincuenta del pasado siglo. Ellos saben rodearlos del ambiente en el que surgieron en su día, espontáneos, sin artificios ni más alharacas. Las matanzas de antaño tenían su calendario anual: «Para San Andrés, mata tu res». Por aquellos días y en aquellos tiempos, el ritual de la matanza del cerdo reunía a toda la familia sin distinción de edades ni de sesos. Se invitaba a algunos vecinos a participar en algunas labores; y a los más veteranos próximos se les enviaba, pasados unos días, un 'presente', consistente en un plato con varias piezas del cerdo dispuestas para el consumo. 
Todo comenzaba con los días previos fijando la fecha para el acontecimiento y la llegada de los matarifes pertrechos de cestos de pleita con sus ganchos y cuchillos y demás utensilios dispuestos a utilizarlos con la efectividad que le caracterizaba en el sacrificio del cerdo, que posteriormente rasurado avivando la retama preparada.  Colgado y abierto en canal y las operaciones del lavado de las vísceras había ya comenzado. La sal, el vinagre, el ajo se utilizaba para limpiar las vísceras; todo era un trabajo en cadena, pero las casas por muy grandes que fueran, no eran suficientes para acoger a cuantas personas participaban en los distintos menesteres. La matanza suponía una plena ceremonia de la confusión, aunque estuvieramuy bien organizada. Año tras año, el ir y venir de una a otra dependencia era una jornada agotadora. Se soportaba con el deguste de las primeras magras y somarros asados en la lumbre.
Ocurrió, de pronto, que los encargados municipales del consumo aparecieron como atraídos por el olor de los primeros asados. Su presencia fue advertida por la sirvienta que, con voz atiplada se dirigió al amo de la casa y, a gritó pelao, dijo «¡¡Don Juan Pedro!! Que están aquí los consumistas para saber el peso de los gorrinos».  Al poco rato se oyó una voz con aire destemplado: «Diles que ¡¡A la calle!!». Había muchachos que acudían aguardando la vejigas del cerdo para utilizarlas de globos o para membranas de zambombas navideñas. 
En estos momentos entró por la puerta el veterinario a recoger las preceptivas muestras para su análisis posterior en el laboratorio municipal. El dueño de la casa, al percatarse de su presencia, advirtió :«¡He dicho que todos a la calle menos don Julián!». Don Julián era alcalde de la localidad y veterinario. La anécdota tuvo un tiempo propicio para contarse hasta que llegó la Navidad, y dicen que tuvo un villancico sacado con el tono del Pero mira como beben los peces en el río. Una anécdota para traer en el tiempo que caminamos, ahitados de tanta política. Y en esas estamos. 

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