Óscar del Hoyo

LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Colapso

19/03/2023

El miedo se apodera de los mercados. La noticia, que en un principio pasa casi inadvertida, provoca una honda expansiva que llega en el cierre semanal de los parqués europeos. Un banco estadounidense, el Silicon Valley Bank (SVB), colapsa y es intervenido por el Gobierno de Estados Unidos. Ese día las pérdidas no son demasiado llamativas, pero el lunes, pese a la comparecencia a primera hora del presidente Joe Biden para salir al rescate, calmar al sector y garantizar a los clientes sus depósitos, el pánico se desata en todo el planeta, con caídas en Bolsa de las entidades financieras que en algunos casos superan los dos dígitos. España, Alemania, Suiza e Italia sufren en sus propias carnes las consecuencias de un colapso que también tiene su repercusión en Asia. El contagio parece incontrolable y ni los numerosos mensajes de tranquilidad que se lanzaban desde distintos organismos consiguen desterrar los fantasmas del pasado, aquellos que pusieron todo patas arriba en el 2008, y que vuelven a aparecer con la sensación de que el SVB puede ser la primera ficha de dominó que caiga y empuje a la siguiente sin que nada se pueda hacer para evitarlo. Es la segunda mayor quiebra bancaria de la historia de EEUU tras el hundimiento del Washington Mutual 15 años atrás.
¿Cómo se había llegado hasta ahí? El banco californiano, centrado sobre todo en la atracción de depósitos de empresas tecnológicas emergentes, había logrado captar entre 2020 y 2022 una ingente cantidad de dinero como consecuencia de la buena marcha de estas compañías. A lo largo de la crisis sanitaria, utilizó la mayor parte de su liquidez para comprar bonos del Tesoro a largo plazo, pero la crisis desencadenada tras la pandemia y, sobre todo, la política monetaria de la Reserva Federal (Fed), con una subida de tipos sin precedentes para tratar de controlar los precios, provocó una importante devaluación de la rentabilidad de estos productos, empujando al banco a tener que vender cerca de 21.000 millones de dólares en bonos antes de tiempo. El resultado: pérdidas por valor de 1.800 millones, que forzaron una ampliación de capital. La solución se convirtió en un problema, ya que el anuncio generó más intranquilidad y el valor de sus acciones se desplomó un 60 por ciento, frustrando la ampliación y empujando a que la mayoría de los clientes se apresuraran en retirar sus fondos. De ahí a la intervención, un paso. 
 Todo parecía corresponder con un patrón, aunque las dudas de un posible fraude comenzaron a planear cuando un grupo de accionistas emprendió una demanda contra algunos de los ejecutivos por, presuntamente, tapar los riesgos financieros a los que se enfrentaba una entidad volcada en las start-ups tecnológicas. La bola se hizo más grande al trascender que el consejero delegado de Silicon Valley Bank, Greg Becker, vendió acciones de la compañía por 2,3 millones de dólares dos semanas antes del colapso. No sólo salió a la luz esa operación, sino que se destapó que Becker se había desprendido en enero de otro millón de dólares para saldar una deuda tributaria. Habrá que ver hasta dónde llega este asunto que lo enturbia todo.
El caso de SVBpresenta importantes diferencias con respecto a la crisis financiera, también conocida como subprime, registrada en 2008. Entonces, la quiebra se produjo después de que numerosas entidades concedieran préstamos para adquirir inmuebles sin ningún control, incluso a familias con una solvencia en entredicho. La burbuja generada fue de tal calibre que los activos derivados de no poder hacer frente a los pagos pasaban a denominarse tóxicos cuando entraban a formar parte del balance de las entidades financieras como pago de la deuda, con un valor mucho menor. La falta de ética, vendiéndose basura entre unos y otros, y las calificaciones indulgentes de las agencias de rating hicieron el resto, aumentando las tensiones en los mercados, reduciendo la liquidez y contrayendo el crédito.
El nexo común entre el colapso de Silicon Valley Bank, al que ha seguido también el Silvergate Bank y el Signature Bank, y el crash de hace 15 años es la política monetaria, caracterizada por una subida constante del precio del dinero. Ahora tanto la Reserva Federal norteamericana como el Banco Central Europeo  deberán reflexionar sobre los agresivos incrementos de los tipos de interés       -Lagarde ha hecho oídos sordos subiendo otro medio punto-para controlar la inflación. EEUU y la UE insisten en garantizar la solidez de sus sistemas financieros, aunque en el caso de los primeros las dudas de supervisión y el empeoramiento de la perspectiva de su sistema bancario por la agencia de calificación Moody's, que la ha bajado de «estable» a «negativa» y, además, ha colocado en vigilancia los ratings de media docena de bancos estadounidenses, generan incertidumbre. El dinero de los clientes está asegurado, no así el de los inversores. 
Quizás las fichas de dominó no continúen cayendo, pero la previsión es que las presiones persistan, como se ha visto con la crisis y el rescate de Credit Suisse, y, pese a que las bolsas recuperen el pulso, el pánico en los parqués puede surgir de nuevo en cualquier momento.