Alejandro Ruiz

EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


Los coches de mi padre

14/03/2024

Si escribes en Google 'berlina DKW F8', te lleva a una página de Wikipedia donde aparece un texto con fotografía del DKW F8, pero no uno cualquiera, te aparece el DKW F8 de mi padre y con mi padre dentro, al volante y asomado por la ventanilla con rostro sonriente, feliz, joven y con muchísima vida por delante. La berlina DKW F8, según reza la página de Wikipedia, «de tracción delantera con motor de dos tiempos se introdujo en 1939. El modelo base, conocido como Reichsklasse, en español «Clase Imperial», se fabricó solo hasta 1940, pero el sedán Meisterklasse, en español «Clase Maestra», continuó en producción hasta 1942. Además de las berlinas, se ofrecieron versiones descapotables».
En mis infantiles recuerdos siguen vivos los viajes desde Albacete a Murcia en ese coche, interminables en aquella carretera repleta de curvas, baches, árboles sombreando la cuneta y teniendo que cruzar varias veces las vías del tren en pasos a nivel con barrera. Y también las paradas en la Venta del Olivo, donde por fin ya se intuía y se olía la huerta de Murcia y repostábamos nuestros estómagos maltrechos por el viaje, degustando los productos gastronómicos típicos murcianos que nos ofrecía la Venta. Aquel blanco murciano, aquella butifarra y aquellos tomates con aceitunas 'partías', que nunca hemos dejado de consumir a la menor ocasión que se presenta.
La modernidad automovilística le llegó a mi padre con un SEAT 124. Lo veíamos inmenso, veloz, con aquel sonido tan característico en las marchas cortas, en las aceleraciones y en las reducciones. El modelo era de los primeros, de los básicos, aunque ya lucía unas molduras cromadas en ambos laterales, además de un receptor de radio 'Marconi' de pequeñas dimensiones, con su correspondientes altavoz y antena. Lo tuvo mi padre mucho tiempo, impoluto, sin un arañazo, cuidado obsesivamente en su aspecto externo y en su mecánica, de la misma forma con la que solía cuidar siempre sus cosas. Nos dio tiempo a sacarnos el carné y conducirlo cuando se lo podíamos birlar o cuando, por motivo de la edad y del paso del tiempo, rebajó el nivel de control e interés por el coche. Aunque esos fueron los coches de su vida, luego, ya siendo muy mayor, tuvo cedidos un Fiat Regata y un Volvo 740 ranchera, inmenso y de color rojo, que le otorgó especial seguridad al volante cuando ya le iba haciendo falta.
Hoy, con los sistemas de renting y otras múltiples fórmulas de financiación, que permiten cambiar de coche cada cuatro o cinco años, se va perdiendo aquel concepto romántico y entrañable del 'coche de tu vida', cuando al coche se le hacía un porrón de kilómetros, cuando te identificabas durante años con ese espacio único y personal, ese cubículo símbolo de tu libertad individual, lleno de experiencias vividas durante muchos años y de recuerdos de las cosas que hiciste o los lugares que visitaste gracias a él. Cuando el coche tenía personalidad propia, que también era la tuya.