José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Palabras que fluyen

23/04/2024

El libro es el artefacto de cultura más perfecto creado por el hombre. Hoy es su Día internacional y la columna se me ha desbordado como nunca de palabras. Porque el infinito está en un junco, parafraseando a Irene Vallejo. Y los libros, que han sido y son mi vida, son la más bella fábrica y almacén de palabras, tengan formas tipográficas o visuales. Pero las palabras son seres vivos con vidas secretas, como titulaba su película Isabel Coixet, preceden a los libros y habitan fuera de ellos, salvajes o asalvajadas, anárquicas, librepensadoras, brotan sin avisar a nadie y fluyen sin control, domadas luego por lingüistas, lexicógrafos, escritores y demás; a veces se manipulan para construir naciones inexistentes y las visten con trajes políticos para enfrentar a enemigos ficticios.
Las palabras tienen sus códigos y cuando fluyen tienden a ocupar y colmatarlo todo. Incluso a reproducirse, a buscarse explicación a sí mismas, a vertebrarse en lenguaje autónomo y autogenerador de realidad. La espuma de su oleaje no es otra cosa que el reflejo del profundo fondo oceánico que esconden. Asómense, si no, a ese sugerente ejercicio de palabras e imágenes vivas que conforman el reciente libro Un millón de poemas (BAM), con textos de Victoria Martín de Almagro e ilustraciones de Roselino López. Algo más que un volumen lúdico, una de esos pequeños retos que hacen apasionante la profesión de editor, amén de un regalo para cualquier diseñador gráfico y un lujo asequible para nuestra cultura más próxima.
Victoria ha fundido, con singular originalidad, dos argumentos o universos literarios. Uno, el libro del francés Raymond Quenau Cien mil millones de poemas (1961), donde con solo diez sonetos, convirtiendo cada uno de los catorce versos en tiras de papel cortadas en las mismas páginas, se pueden construir hasta cien billones de poemas posibles. El otro, escribiendo diecisiete limericks (una estrofa satirizante y originariamente cáustica, de solo cinco versos, no regulares, con rima, nacida en Irlanda en el XIX y poco frecuentada aquí), dirigidos al lector infantil, que, ya troquelados en la edición, pueden producir matemáticamente 1.048.576 poemas diferentes, disparatados, absurdos, surrealistas y juguetones como poco, en una enloquecida y divertida generatriz de ficciones surgidas del azar y la imaginación del lector. A lo que sin duda contribuye, por su parte, la fértil capacidad figurativa de Roselino, que hace posible que este desorden lingüístico sea visualmente posible sin que se resienta el conjunto de la obra.
Como en la Venus de Milo de Dalí, donde los cajones dentro de la escultura —sorpresa, duda, ruptura de códigos establecidos— nos incitan a buscar/descubrir en su interior, este libro pinta una catarata de palabras que el lector habrá de hacer suyas. Y completarlas, inventarlas (porque, aunque lo parezcan, solo están medio inventadas), dotarlas, o no, de sentido, dejar que el azar las redefina o las devore, y hasta festejarlas. Al cabo, la piel de la escritura arrancada a tiras.