Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Oppenheimer

08/03/2024

Mentiría si dijera que no esperaba con ilusión esta película. Tal vez no fuese inteligente verla justo después de visionar Barbie, pero parecía un refrescante contraste intelectual. Lo irónico es que fue más exigente la muñeca de Mattel que el drama nuclear. Al mirar al pasado hay que evitar el maniqueísmo y reflexiones simples de salón, porque puedes llegar a manipular cosa fina. Ojo, no significa que la película de Gerwig no fuese maniquea; más bien, que lo asumía con deportividad y cumplió con lo esperado.

Vivimos en una época en donde todo el mundo cree tener derecho a las respuestas. Humildemente, la inmensa mayoría no tenemos el potencial para saber cuáles son las preguntas adecuadas. No digo las inteligentes, porque en este punto suelen equivocarse hasta los listos de la clase.

Con los años se descubre con naturalidad las limitaciones propias, si no es así, es momento de preocuparse. Es admirable observar personajes que han hecho grandes gestas históricas. Pero si dejamos correr el tiempo, un famoso de hace diez siglos solo puede aspirar a que escriban de él, porque si se erigió una estatua, tiene los días contados.

Las armas matan porque para eso se las crea. Cuanto más eficientes mejor para el ejercito que las posee, pero solo el uso que se les dé otorga moralidad a su empleo. No es lo mismo un misil dirigido contra un bloque de edificios civiles que contra una base militar.

Durante mucho tiempo, se creyó que la capacidad de respuesta del oponente era la clave. Esta teoría tenía poco recorrido, porque cualquier ventaja tecnológica es por definición temporal. Y la capacidad de sacrificio es un recurso inestimable ante la inferioridad humana o militar, ya que no siempre gana el más fuerte, avanzado o poderoso.

Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki no son anécdotas históricas, ni ejemplos de excesos bélicos. La inmensa mayoría de las víctimas ni siquiera están para contarlo. Lo relevante es averiguar cuáles son las preguntas correctas, porque no afloran. Esta incomodidad intelectual ha llevado a algunos a argumentar que todas las guerras, sin matices, son moralmente condenables. Esta idea no soluciona el dilema ya que su capacidad disuasoria fue muy efectiva y acabó frenando a la Unión Soviética.

La aversión a las bajas es legítima. Dos bombas acabaron con una guerra y globalmente es hasta posible que redujeran las víctimas finales del conflicto. Pero sigo muy incómodo, porque mi conciencia se rebela.

ARCHIVADO EN: Empleo, Hiroshima