Francisco Ruiz: vivir y huir con doce disparos de ETA

Hilario L. Muñoz
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El valdepeñero es una de las voces del documental de Évole. Ruiz ha sabido por la película que Ternera participó en el atentado de 1976 que le obligó a dejar la ciudad donde residía, ante el acoso vecinal tras convertirse en superviviente de la banda

Tuve que intervenir en aquel momento que me tocó, pero vamos, siempre he sido un hombre de paz». Esta sentencia sirve como resumen de la vida de Francisco Ruiz, un valdepeñero de 75 años, al que le cambió la vida el 9 de febrero de 1976. Aquel día recibió doce balas de ETA y sintió en sus carnes el miedo a la banda terrorista, porque como superviviente, se enfrentó al ostracismo. Llegó a recuperar su vida, en su ciudad natal, aunque hace siete años le diagnosticaron una enfermedad rara, amiloidosis, que le afecta al corazón y que le obliga a seguir un tratamiento para ayudarle a oxigenar su cuerpo.  

Su vida da para escribir un libro, algo que ha ha hecho: Doce Balas en el alma, y también para un documental, No me llame Ternera, realizado por Jordi Évole, y estrenado en el festival de cine de San Sebastián hace unos días, y que se podrá ver en la plataforma Netflix el próximo 15 de diciembre. En esta película este valdepeñero, que emigró al País Vasco cuando solo tenía siete años, es una de las voces, apareciendo como víctima del exdirigente de ETA, Josu Ternera, aunque esto era algo que no sabía hasta que Évole se lo mostró. 

La vida de Francisco, cuando se le pregunta por ella, arranca en Galdácano, a unos diez kilómetros de Bilbao. Allí trabajaba desde joven como fontanero, junto a su padre. «A mí me conocía todo el mundo en el pueblo». Cuando le tocó hacer la mili se fue al Sáhara, donde pasó 14 meses y regresó «con un eccema» que le impidió seguir la vida que tenía antes. Tuvo que retirarse del oficio y buscar uno nuevo para alimentar a sus cuatro hijas. Se decantó por ser Policía Local en su municipio. «No era mi ilusión, mi ilusión era seguir de fontanero».

Francisco RuizFrancisco Ruiz - Foto: Rueda VillaverdeATENTADO.

Francisco consiguió aprobar los exámenes «como el número uno» de su promoción, y se metió a policía municipal pensando que su trabajo iba ser poco más que poner multas, acompañar a las ambulancias o las notificaciones municipales. Uno de los trabajos era acompañar al alcalde de Galdácano, Víctor Legorburu. Por turnos le tocó hacerlo aquel 9 de febrero de 1976. Ese día se cumplía un ultimátum que ETA había dado a los alcaldes de la dictadura para que dejaran el cargo y se marcharan del País Vasco. Los asesinos cumplieron su amenaza. «Para mí era una persona estupenda, porque cuando llegué, allí había siete caseríos y la verdad es que se hizo una gran ciudad, incluso consiguió uno de los hospitales más importantes». 

La escolta implicaba acompañarlo 400 metros hasta su coche. «A unos veinte metros del portal suyo, salieron unos terroristas de una bocacalle con metralletas y pistolas, disparando». Legorburu que iba junto a la pared, «no tuvo ni un momento de reacción para salir corriendo», le metieron seis balas y murió. Él se llevó una ráfaga, primero, y le dio tiempo a tirarse entre dos coches, aunque parte del cuerpo se quedó al descubierto. «Estos asesinos no se conformaron con los tiros que nos habían pegado, porque allí aparecieron más de 40 casquillos de bala, sino que cuando se iban me metieron otros seis tiros más en la pierna, en la cadera, en el brazo…», recuerda ahora, casi 50 años después. 

OSTRACISMO.

Tras recibir los doce tiros de ETA fue cuando empezó el auténtico calvario de Francisco. Primero porque eran las 8 de la mañana cuando ocurrió el atentado y nadie avisaba de lo que había ocurrido. «Estuve ahí un buen rato sin que nadie nos ayudara. Había mucho miedo». De hecho, fue su hermano el que se acercó a por él y después su cuñado. «Le pedí a la Virgen que me ayudase a vivir para mantener a mis cuatro hijas».

Francisco Ruiz: vivir y huir con doce disparos de ETAFrancisco Ruiz: vivir y huir con doce disparos de ETA - Foto: Rueda VillaverdeTras ese primer acto de ostracismo, pasó cinco meses en el hospital. Su escolta fue su mujer, María Luisa, y cuando salió pasó varios años en silla de ruedas y con muletas y comenzó un proceso que le llevó a huir del País Vasco. Llevaba 28 años viviendo en el pueblo, donde conocía a todos sus vecinos, pero cuando dejó el hospital lo hizo como superviviente de ETA, y «había un rechazo» hacia su persona, incluso gente que lo conocía de toda la vida, le acabó retirando la palabra. 

A su mujer le llegaron a decir en una tienda que «al fascista del alcalde ya lo tenían que haber asesinado hace tiempo y que se joda el policía municipal por ir con él». «Mi señora venía a casa con los ojos hinchados y con la impotencia en su cuerpo» y luego seguían sus hijas con una presión similar en clase. Finalmente, cuando vio un ramo de flores en su coche, avisándole de que las próximas serían las de su tumba, decidió coger todo e irse «con las manos en los bolsillos». Volvió a su ciudad de nacimiento, a Valdepeñas, donde Cáritas les ayudó con un piso y comida. 

Con tiempo y trabajo salió adelante, primero como comercial, aún con las muletas, y luego con una serie de espacios con máquinas recreativas, un estanco y alguna iniciativa inmobiliaria, que salió con esfuerzo. «No iba a permitir que mi familia pasara por todas las desgracias que me habían pasado». Acabó teniendo a 60 personas a su cargo. 

PERDÓN.

El pasado fin de semana se estrenó el documental de Évole en San Sebastián, ante un público conformado por 500 personas, que al término de la visión aplaudieron a Francisco cuando contó esta historia.  «Fue emocionante porque se tiró la gente cinco minutos aplaudiendo».Sintió que el cambio de ideas en la sociedad vasca e incluso un familiar de una víctima del GAL le dio un abrazo tras ver el documental, así como otras personalidades del País Vasco. 

«He tenido dos penas muy grandes en mi vida, una fue que mi padre murió en una fábrica de explosivos donde trabajaba, murieron 24 personas, y otra fue el rechazo de la gente hacia mi persona», reflexiona al pensar si se siente afortunado por su vida. «Esas dos cosas que se me han quedado dentro», reconoce, pero también ha tenido «alegrías», como ha sido ver crecer a sus ya cinco hijas (Yolanda, María Elena, Lucía, Marisa y Silvia), a sus seis nietas y sus tres bisnietos, tras haber recibido doce balas de varios terroristas, entre ellos, uno al que rostro ha conocido gracias al documental, Josu Ternera.