«Los etarras ejercían puro terrorismo psicólogico entre los funcionarios»

Pilar Muñoz
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Jesús Eladio del Rey Reguillo ha sido director de la Prisión Provincial de Ciudad Real, de Herrera de La Mancha y Alcázar de San Juan

Hasta 1975, año de la apertura de la cárcel de Alcázar de San Juan, en Ciudad Real sólo había un centro penitenciario, el de la capital; cuatro después, en 1979, se sumó a esta lista provincial una tercera prisión, la de Herrera de La Mancha. Este escenario permaneció invariable hasta 1992, año en que el Gobierno puso en marcha un plan de amortización de centros que, supuestamente, debía sustituir las cárceles más antiguas por prisiones modernas y que, mire usted por donde, empezó a aplicarse por la Prisión Provincial de Ciudad Real.

Sólo hay una persona que puede hablar con total conocimiento de causa de la historia y vicisitudes de estas cárceles, un hombre nacido en La Mancha y que es el único que ha ostentado la dirección de los tres centros penitenciarios.

Jesús Eladio del Rey Reguillo (La Solana, 1955) es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, con especialidad en la Clínica, y Máster en Psicología Legal y Forense. Pero en lugar de abrir una consulta, impartir clases o acceder a un centro sanitario, optó por Instituciones Penitenciarias. Entró en 1983 y su primer destino fue la cárcel Modelo de Valencia.

Sin embargo, a los pocos meses, regresó a su tierra, a muy pocos kilómetros de su localidad natal, ya que le destinaron a Herrera de La Mancha. Cinco años después, en mayo de 1998, asumió la  dirección del centro penitenciario.

Del Rey Reguillo repasa con La  Tribuna estos años y asegura que   fueron tiempos difíciles porque «en aquella época todos los internos que alojaba Herrera eran de ETA, al haber sido concentrados allí tras el asesinato de un médico que trabajaba en la prisión del Puerto de Santa María». Sin embargo, la agrupación de terroristas en un mismo centro «se demostró ineficaz desde el punto de vista de su tratamiento penitenciario, dado que reforzaba sus planteamientos y las actitudes que les habían llevado a cometer delitos» y, por eso, el Gobierno «decidió un cambio en la política penitenciaria» y empezó «a repartir a los terroristas en pequeños grupos por todos los centros disponibles, excepto los de Ceuta y Melilla, creo recordar», señala.

De este modo, «nos tocó la penosa tarea de romper ese grupo que no permitía disidencia alguna dentro de sí, presionando a aquellos internos que no querían seguir formando parte de la banda».

En Herrera llegaron a juntarse hasta doscientos presos etarras y, lógicamente, «había mucha tensión entre el personal, porque los  reclusos intentaban minar la moral de los funcionarios a través de formas sutiles como dejarles entrever que conocían sus datos personales. Era todo puro terrorismo psicológico. Los etarras decían que la prisión era un cortijo, no sé si tanto por sus pobres medidas de seguridad cuanto porque el estar agrupados les permitía ejercer presión para lograr condiciones de vida ventajosas. Pero, como decía, el panorama cambió para ellos cuando se inició su dispersión siendo ministro del ramo Enrique Múgica y Secretario de Estado Antonio Asunción».

El fallo del juez.  Jesús del Rey cuenta como anécdota curiosa de aquellos años que un tiempo antes de ocupar la dirección, el centro sancionó a un etarra por llamar «cafre» y «cabrón» a un funcionario. El recluso «recurrió la sanción que se le impuso, y el juez de Vigilancia Penitenciaria, para nuestra sorpresa, resolvió a favor del interno, argumentando que cafre se refiere al jefe de una tribu sudafricana y cabrón es el macho cabrío, por lo cual ninguno de los dos epítetos tiene carácter vejatorio».

Supuestamente, la política de dispersión de presos etarras debería haber llevado la calma a Herrera de La Mancha, pero no fue así, ya que su lugar fue reemplazado por presos clasificados en primer grado, «realmente peligrosos». «Pero ni el edificio era seguro, aunque es verdad que 'vivía' del mito de prisión de máxima seguridad, ni la plantilla estaba formada específicamente para el tratamiento de esta nueva tipología de internos, por lo que al poco tiempo protagonizaron graves incidentes como secuestros y motines», señala con claridad.

Del Rey Reguillo tuvo que gestionar dos secuestros y un motín, que, además, se produjo un día festivo, el día de San José de 1991, y recuerda que el gobernador civil de entonces, Tomás Morcillo, era «muy renuente» a dar la orden de intervención de la Guardia Civil aunque está prevista en la Ley.

Toda la mañana mantuvieron un «tira y afloja» y, cuando finalmente sus superiores le dieron vía libre y entraron las Fuerzas de Seguridad del Estado, «el motín se resolvió en cinco minutos; si no se hubiera perdido tanto tiempo, los amotinados no hubieran ocasionado enormes destrozos».

Respecto a si ha estado en pelitro, dice que supone que sí. Comenta que «puede ser en la etapa de Herrera, aunque nunca he sido consciente de ello y he llevado siempre una vida corriente como el resto de los ciudadanos, sin ocultar mi profesión ni obsesionarme por la seguridad». Y respecto a las amenazas del etarra De Juana Chaos, comenta que «escribió un artículo vertiendo sus opiniones, no muy favorables, a decir verdad, sobre determinados directores entre los que me encontraba». Se celebró una vista en la Audiencia Nacional, a la que acudieron y De Juana Chaos fue condenado.

Jesús del Rey cree que los funcionarios de prisiones hacen una labor «muy positiva» para el resto de la sociedad, «intentando ayudar a cambiar a personas que han atacado bienes jurídicos de la comunidad y, cuando tenemos éxito, es muy gratificante».

el cierre, por la merced. En junio de 1991 abandonó la dirección de Herrera, pero no la provincia: le nombraron director de la Prisión Provincial de Ciudad Real, un centro penitenciario como tantos otros, «típico», a su juicio, que «se parecía a la Modelo de Valencia pero en pequeño». Cuenta que tenía una estructura radial en panóptico, que permite al vigilante controlar todas las celdas situadas alrededor de la torre central sin que los reclusos puedan saber si son observados. También disponía de un pequeño departamento aislado para mujeres. «Eran unas instalaciones algo deterioradas por el uso y cierta masificación», pero con «una plantilla de funcionarios con experiencia y buen conocimiento de los internos y sus problemas».

Días antes de la festividad de la patrona de Instituciones Penitenciarias, la Virgen de la Merced, saltaba la noticia: la de 1992 iba a ser la última celebración en la Prisión Provincial de Ciudad Real.

Del Rey Reguillo cesó en la dirección en diciembre y, desconocedor de lo que iba a suceder, durante el tiempo que estuvo al frente de la cárcel «cambiamos el enlosado del centro, instalamos calefacción central e hicimos entre todos un plan de actuación para los próximos años, que, obviamente, no pudo llevarse a término; también autorizamos a salir a las internas de su departamento para compartir algunas  actividades con los internos varones».

Como anécdota, recuerda que «retiramos un crucifijo enorme que había en el interior de la prisión, puesto que ya hacía años que el Estado era aconfesional, y el capellán se  molestó, pero la cosa no fue a mayores...».

Por aquel entonces, en Ciudad Real existían tres centros penitenciarios, el de Herrera, el de Alcázar de San Juan y el de la capital. Esto hacía que la mayoría de los internos fueran de la zona y «bien conocidos» por la Policía y los funcionarios de la prisión, ya que «entraban y salían con frecuencia por su participación en delitos contra la propiedad».

También «había algún parricida e incluso algún separatista vasco, pero, como estaban clasificados en un régimen ordinario, compartían celda con presos comunes a los que calificaban de 'sociales' para, en su imaginario, atribuirse a sí mismos la condición de 'presos políticos'».

Entre los reclusos más conocidos que pasaron por la Prisión Provincial en sus últimos años se encuentran José Fernández Cerrá, uno de los autores de la matanza de abogados laboralistas de Atocha, y Juan José Moreno Cuenca, 'El Vaquilla', que a mediados de los 80 protagonizó un motín que fue noticia nacional.

En diciembre de 1992, Jesús Eladio del Rey Reguillo cesó como director de la prisión de Ciudad Real y asumió la dirección de la de Alcázar; en la capital se quedó al mando el subdirector hasta que el cierre se hizo efectivo.

A su juicio, la clausura del centro penitenciario de la capital fue «un gran error», pues «desplazó a todos los internos lejos de los juzgados que instruían los procedimientos, y lejos de la Audiencia Provincial, obligando a continuos y costosos desplazamientos, sin mencionar las molestias ocasionadas al personal». Y para las reclusas fue «especialmente discriminatorio», pues al no haber sitio en otras prisiones de la provincia, «tuvieron que alojarlas en centros de Madrid, a 200 kilómetros».  

Ciudad Real tuvo así el dudoso «honor» de ser «la única provincia de España sin prisión en la capital», asevera sin paños calientes.

El cierre de la cárcel de Ciudad Real obedecía al plan de amortización aprobado por el Gobierno, según el cual «se pretendía la sustitución de edificios obsoletos por otros modernos y bien equipados. Si esto era así, lo lógico -se pregunta- hubiera sido construir un centro nuevo cerca de la capital».

Del Rey Reguillo dirigió la prisión de Alcázar durante los siguientes 12 años, desde diciembre de 1992 hasta octubre de 2004.

Comenta que «había sido remodelada unos años antes y su estructura era y es modular». También es un centro pequeño, pero más moderno, y, a pesar de que está enclavado en pleno casco urbano y por tanto rodeado por casas de vecinos, «no suscitaba ningún rechazo entre la  población».

La plantilla de funcionarios «combinaba veteranos con personal  en prácticas que todos los años eran destinados allí para hacer  su primer aprendizaje».

Visto lo que había pasado con la cárcel de Ciudad Real, la dirección y la plantilla de la prisión alcazareña tenían la mosca detrás de la oreja, por lo que «nuestro esfuerzo se dirigió a demostrar la viabilidad y buena gestión del centro penitenciario». Recuerda  con indisimulado orgullo que «éramos la prisión con menor absentismo laboral de toda la Administración penitenciaria española».

Diálogo frente a castigo. Eladio del Rey fue nombrado a finales de 2004 director de la prisión de Valdemoro, Madrid III, cargo en el que cesó en 2010. Desde entonces trabaja en los servicios centrales de Instituciones Penitenciarias.

La experiencia acumulada en sus 32 años de vida laboral le han enseñando que «la mayoría de los problemas han de resolverse mediante el diálogo, mientras que el castigo en la forma en que se aplica es poco eficaz».

Del mismo modo, dice que también ha aprendido que «el método para cambiar los comportamientos de las personas que han cometido delitos, la mayoría de las cuales pertenecen a las capas más necesitadas de la sociedad, consiste en tratarles con respeto, proporcionándoles cosas básicas que casi nunca han tenido: habitación, mobiliario, equipo, actividades educativas, trato adecuado..., si son respetados ellos respetan también a los demás».

Una de las tareas que más le gustaba practicar era «hablar con los presos, sobre todo en la cárcel de Valdemoro, donde llegamos a tener internos de más de setenta nacionalidades distintas: hablábamos no sólo de temas penitenciarios, sino también de sus países de origen, su cultura, etc.»

Jesús Eladio del Rey elogia también la evolución que han experimentado a lo largo de estos años las prisiones: «la construcción de centros modernos y bien equipados ha sido lo mejor, así como la extensión de la labor penitenciaria a todo el ámbito de penas alternativas a la pura prisión, aunque todavía es algo incipiente que está lejos de alcanzar su cima», concluye.