Alejandro Ruiz

EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


La almorrana

04/01/2024

En el ámbito de la práctica jurídica, el lenguaje no verbal, el lenguaje corporal, cobra una relevancia esencial para interpretar lo que pasa y cómo se va desarrollando la vista. Las miradas y los gestos agresivos o de desprecio, el tono elevado de los abogados, el movimiento de las manos. A fin de cuentas, un juicio oral viene a ser como una representación teatral, con un juez director de escena y los abogados dramaturgos, todos sobre un estrado elevado vestidos con sus togas, y las partes, los testigos y los peritos ejerciendo como actores. 
Nadie permanece con rostro hierático y sin moverse, lo que implica que nadie deja de expresarse corporalmente, aunque permanezca en total y absoluto silencio. Por ello, observar el lenguaje corporal en la vista y saber interpretarlo correctamente te dice mucho de la situación emocional y racional de los presentes y le sirve a jueces y abogados como estrategia profesional para autocontrolarse o para analizar el estado de todos los intervinientes. Por su parte, nuestras expresiones faciales trasladan de manera refleja sentimientos de alegría, de tristeza, miedo, ira, sorpresa, desprecio, confianza o seguridad, que se ven reforzados por el movimiento de nuestros brazos y manos y por la postura corporal o la mirada.
Los abogados, que estamos ansiosos por ver el resultado de la sentencia, antes de leerla con intensidad solemos irnos directamente al fallo para constatar la estimación o la desestimación, la condena o la absolución de nuestro cliente.  Por eso, centrándonos ya exclusivamente en el lenguaje corporal de los propios jueces, se da el caso de que los abogados, durante la exposición de nuestros informes y conclusiones, observamos sigilosamente el rostro de Su Señoría en busca del mínimo atisbo de aprobación que nos indique que vamos por el buen camino, anhelosos por saber antes de tiempo si nuestra prueba y nuestras argumentaciones han calado con la suficiente entidad para que luego sean plasmados en los fundamentos jurídicos y en el fallo de la sentencia. Está claro que en el Juzgado el Juez es el rey y que la sentencia es su pragmática sanción. Así que, al hilo de lo que vengo diciendo, se debería buscar un sistema para evitar la mínima zozobra de los abogados en la espera del resultado de la sentencia, que nos garantizara el alivio de cualquier barrunto de angustia, propiciando el inmediato conocimiento del criterio de su majestad.  
El colmo de la ironía es que los abogados acabemos siendo expertos en psicología del lenguaje corporal, interpretando con exactitud los gestos del Juez durante nuestros informes, salvo que nos pase como en aquella ocasión en la que, durante la exposición de mis conclusiones, entendí como desaprobación a mis argumentos los respingos, muecas, guiños y acomodos de su señoría, que parecía estar sentado sobre un cactus, cuando se trataba, según supe al cabo de los años por amistosa confidencia, de una impertinente almorrana, que había venido a instalarse en el centro neurálgico de sus reales posaderas.

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