Momias, buscadores de espíritus y demás paseantes

Almudena de Arteaga
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En el antiguo convento de Santo Domingo el Real pudieron ver el cuerpo momificado del infante de Don Sancho, de tan solo siete años de edad e hijo de Pedro el cruel, que luego fue asesinado por su hermanastro Enrique de Trastámara en Montiel

La momia de Sanchito está en Santo Domingo el Real. - Foto: David Perez

Hoy les habla la piedra de una lápida ubicada en uno de los camposantos de Toledo. Al otro lado de la reja puedo percibir como el aroma de las flores del puesto que hay a la entrada. Es 1 de noviembre y se positivamente que cientos de personas vendrán a ver sus difuntos. A aquellos que habiendo dejado su huella en ellos ahora echan de menos.

Algunos son asiduos. Otros, los que más, tan solo acuden aquí en este día tan señalado. Supongo que porque tienen la certeza absoluta de que aquí apenas moran almas a quien dirigirse. Aún así, es curioso ver como muchos vienen en busca de consuelo a rezar, a charlotear con nuestros inquilinos, a confesarse con ellos despojándose de sus cargos de conciencia o simplemente a contarles los problemas que les acucian.

Algunos en familia se sientan irrespetuosamente sobre mi piedra, sacan una caja de buñuelos de viento o huesos de santo y empiezan a comérselos convencidos de que por cada uno que engullen sale un alma del purgatorio.

La mayoría nos quitan el polvo a las lápidas, arrancan las malas hierbas que nos rodean y dejan de regalo alguna flor de las que han comprado al entrar sobre los nombres esculpidos en mi faz.

Supongo que los hombres necesitan de estos rituales, símbolos y costumbres para rendir un homenaje a los que un día compartieron sus vidas. No importa la religión o el credo que les mueva, lo cierto es que la mayoría desde tiempos ancestrales lo vienen haciendo por estas fechas.

Al anochecer y si no cierran las verjas otros aprovechan para irrumpir en este cementerio cargados de perjuicios, miedos, pavores y terrores. Buscan fantasmas ente las sombras de los árboles y estatuas de los panteones, en el sonido de las hojas otoñales revoloteando al son del viento y entre las grietas de nuestras lápidas.

Es tanto su deseo de querer inmiscuirse en nuestro mundo que a veces solo con la imaginación como arma consiguen resquebrajar este grueso muro que nos separa. Por alguna razón que desconozco buscan desesperadamente siluetas transparentes o almas errantes y endemoniadas en este lugar de paz.

Echando la vista atrás aún recuerdo el caso de dos jóvenes que una de esas noches acudieron después de haber visitado todos los lugares de Toledo donde se suponía que habían almas errantes. ¡Ingenuos que no sabían que en esta ciudad la población de muertos supera en mucho a la de los vivos!

Según contaron pasaron por la catedral con un libro de Béquer en las manos y leyendo la leyenda de ‘La ajorca de Oro’. Quisieron ver procesiones de muertos o estatuas en movimiento pero no lo lograron. Buscaron el confesionario donde dicen que en este día atiende el diablo pero tampoco estaba. Permanecieron un buen rato frente al sepulcro de Sancho IV el Bravo aquel Rey de casi dos metros de alto, esposo de María de Molina que decían haber encontrado incorrupto pero tampoco lo vieron resurgir de su entierro. Diez minutos más perdieron observando la columna que hay frente a la puerta del reloj para ver si al menos oían el gemido de alguno de los bebes que en pasado sus padres abandonaron pero a excepción de las campanas llamando a misa, nada.

Defraudados por todo aquello se dirigieron a la Cripta de la Iglesia de San Andrés a ver si alguna de sus espeluznantes momias se dignaba a sonreírles. Al no conseguirlo encaminaron sus pasos por el callejón de los muertos con la esperanza de encontrar alguna procesión de zombis pero excepto algunos disfrazados a la usanza de Halloween americano, estos tampoco se dejaron ver.

De allí se fueron a la parroquia de San Cipriano convencidos de que podrían entrar a hurtadillas para abrir la puerta de la derecha del altar mayor. Allí la momia embalsamada de Don Carlos Venero y Leiba ricamente ataviado quizá les saludase pero después de diez minutos esperando a que el señor moviese al menos un dedo se aburrieron y salieron de puntillas ya que el párroco se disponía a decir misa.

En el convento de San Clemente sabían que las monjas guardaban los cadáveres de 13 venerables incorruptas en la sala capitular pero desistieron porque sabían que jamás los dejarían entrar las monjas en la clausura.

En el antiguo convento de Santo Domingo el Real pudieron ver el cuerpo momificado del infante de Don Sancho de tan solo siete años de edad e hijo de Pedro el cruel que luego fue asesinado por su hermanastro Enrique de Trastámara en los campos de Montiel; gracias a la amabilidad de las monjitas que les guiaron a una urna transparente. Allí ‘Sanchito’ como ellas le llamaban amablemente, vestido de monaguillo tampoco movió un solo músculo de su rostro.

Repitieron la operación en el convento de las comendadoras de Santiago para ver la momia de Doña Sancha Alfonso, la hija de Alfonso IX de que esta bajo la reja que separa la iglesia del coro pero tampoco vieron emerger ni una sombra de este cuerpo.

Podrían haber seguido los incautos visitando los mil y un lugares toledanos donde dicen haber avistado apariciones pero no lo hicieron. Cansados decidieron acercarse a donde más concentración de cadáveres pudiese haber. ¡Como si en este cementerio fuesen a encontrar esos fenómenos extraños que les hiciesen vibrar! No fui yo la que los desencantó porque siempre me han entretenido este tipo de búsquedas y sus desalientos.