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Regreso al peor pasado

M.R.Y. (SPC)
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La llegada al poder de los talibanes 20 años después de su derrota hace temer nuevas represiones y un retorno a un país donde los derechos humanos son inexistentes

Los extremistas han repetido un rápido movimiento para tomar el control de la nación, tal y como sucedió en 1996. - Foto: STRINGER

Diecinueve años, 10 meses y 21 días han estado las tropas estadounidenses en Afganistán combatiendo contra los talibanes en una guerra eterna que comenzó tras los atentados del 11-S de 2001 y que ha acabado con el regreso de los extremistas al poder en el país asiático y la amenaza terrorista más viva que nunca. 

Apesar de una declaración de intenciones inicial en la que garantizaron una nueva etapa sin represión, con un Gobierno islámico «inclusivo» y un futuro «próspero» -siempre regido por la Sharia- en el que la nación tenga «una vida pacífica y respire en calma», los augurios no son buenos, más teniendo en cuenta que en estas primeras semanas sí han perseguido a colaboradores de las tropas internacionales y repelido las evacuaciones en el aeropuerto.

Llega la hora de la verdad y los recuerdos del pasado hacen temer lo peor. Más aún teniendo en cuenta las similitudes en la conquista del país.

La milicia surgió como un movimiento integrista en 1994 en Kandahar, en el sur del país, en torno al mulá Mohamed Omar y bajo el amparo de Pakistán. Los talibanes, cuyo origen de la palabra significa estudiantes (del Corán) comenzaron siendo jóvenes de la etnia pastún formados en las madrasas (escuelas coránicas) que se presentaban como garantes del orden y la unidad en un país sumido en una guerra ininterrumpida tras la ocupación soviética. Ganaron pronto adeptos y su ascenso fue rápido: el 27 de septiembre de 1996, los entonces insurgentes entraron en Kabul, ejecutaron al presidente del Gobierno y en menos de dos años, en 1998, se hicieron con el control del 90 por ciento del país. En esta ocasión, han tardado menos de tres meses en conquistar casi todo el territorio asiático.

Tras instalarse en el poder, los talibanes formaron Gobierno -solo reconocido por Arabia Saudí, Pakistán y Emiratos Árabes- e impusieron sus propias leyes, basadas en el radicalismo religioso y el atropello de los derechos humanos. Ahora, ni siquiera su vecino Pakistán parece dispuesto a respaldar un Ejecutivo de los islamistas y la comunidad internacional permanece atenta ante el temor de que vuelvan prácticas inhumanas, por lo que ya han comenzado a suprimir cualquier tipo de ayuda económica de organismos mundiales.

Es precisamente esa actitud contra Occidente la que llevó a un acercamiento con el líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, una relación que desencadenó la ocupación militar estadounidense tras los atentados del 11-S.

A diferencia de entonces, los muyahidines libran una dura rivalidad con los grupos yihadistas en la zona, encabezados por el Estado Islámico, que ya ha atentado en dos ocasiones tras la toma de Kabul. Es por eso que los talibanes garantizan que no serán un «santuario para grupos terroristas» que pretendan llevar a cabo ataques en el extranjero.

Tal vez ese pueda ser el único consuelo a nivel internacional. Pero en el ámbito local todo apunta a que se volverá al peor pasado, al de un régimen fundamentalista que acabará con los derechos alcanzados durante estos últimos 20 años con leyes que atentan contra la integridad de millones de personas que viven atemorizadas y conscientes de que la tan ansiada paz tardará todavía mucho en llegar a Afganistán.