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José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Martes Santo en su barrio

30/03/2021

Es el tiempo una convención, una especie de artefacto que ponemos en marcha muchas veces sin rumbo. ¿Una cualidad literaria para avanzar mirando atrás o una suerte de engaño convenido? Para el lector de estas líneas este Martes Santo es ‘hoy’, pero no para quien escribe, que es otro día anterior, pasado, acaso un día cualquiera. Un día del pasado. Porque todo -¿no lo creen así?- pertenece al pasado y nosotros pertenecemos a ese pasado que es material literario. Frente a este encrespado tiempo fugado pero sobrevenido no hay pandemia que pueda; ni dos años seguidos sin Semana Santa, sin la explosión sensual que sucede en las calles, sin ese inexplicable estallido de los sentidos que anida en los rincones más o menos ocultos o disimulados de la memoria personal.
Mis martes santos puede que transcurran en el barrio de ‘las Casillas’ de mi ciudad, como así conocíamos a este pequeño rincón de viviendas humildes, donde la gente sencilla todavía toma el fresco en verano en la calle y cuida los árboles y plantas de la acera como su jardín interior que no tienen. Íntimo y familiar barrio del Pilar, no tan distinto del entorno de Santiago de mi infancia. Allí guardan su Esperanza y su Medinaceli y su Niño del Remedio. Y cuando abren puertas a los pasos observo cómo en la intimidad del barrio, con los primeros andares de estas cofradías de siempre, puede que asistamos a una manera distinta de sentirlas, como si la túnica morada del Cristo a contraluz del sol que atardece antes de la revirá por la parroquia o el palio casi ingrávido de la Virgen pertenecieran un poco más, cada año, a su gente.
Uno ha vivido madrugás sevillanas de vino y rosas y espirituales semanas santas de un frío castellanoviejo de los que no se olvidan, pero siempre me encamino -en vez de al populista ‘encuentro’ de la plaza, convertida en plató televisivo- al popular arranque de estas hermandades en su barrio, rostros y sentimientos eternos, en esta ritual celebración de la primavera, cuando las diosas precristianas y sus vestales romanas son enjoyadas vírgenes católicas que vuelan al cielo impulsadas por costaleros al compás de marchas musicales y alumbradas por una candelería que parece no apagarse nunca.
¿Otros momentos? El Cristo de la Piedad saludando a la familia Ayala en Caballeros, Flagelación descubriendo el pasaje de La Merced, la Dolorosa del Perchel sobre el suelo de guijarros de su plaza, Prendimiento en la puerta de Marianistas, las Penas en el Camarín, el latir silente del Silencio…