'Misántropo'pone el broche de oro

M. Sierra
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Miguel del Arco propone una versión libre del texto de Molière que los actores de Kamikaze trasladan al siglo XXI

Un momento de la representación - Foto: /LT

No hubo tiempo para pensar. El domingo por la noche se apagaron las luces del Aurea por última vez en esta edición, dejando al público con ganas de más, levantado y ovacionando a los siete actores que pusieron en pie la versión de Misántropo escrita y dirigida por Miguel del Arco. Las previsiones se habían cumplido, el Misántropo de Kamikaze fue, como se esperaba, un montaje espectacular, sobrecogedor, de esos que llega directo al corazón y que se instala durante horas en la cabeza en busca de respuestas a preguntas como : «¿Podría el ser humano vivir sin la mentira, aunque ésta sea piadosa? o ¿Hasta que punto el corazón es capaz de engañarse con tal de sentirse amado?»
Unas preguntas que Molière lanzó al espectador que llenaba los teatros hace cuatro siglos, y que ahora Del Arco recoge en esta versión moderna de la historia de Alcestes que él sitúa en la trasera de un bar de copas o una discoteca (¿hay acaso mejor metáfora de la apariencia y la falsedad, que la noche?). Un escenario rebosante de podredumbre, de cubos de basura y cajas vacías, creado para la ocasión por Eduardo Moreno, que opta por una escenografía muy realista con la que trata de reflejar lo que se esconde al otro lado de la puerta de una discoteca. Un lugar del que se vale Del Arco para hablar de esas mentiras que nos hacen más sociales y lo que tras ellas se esconden. Unas mentiras que corroen hasta casi hacerlo enloquecer al protagonista de esta historia, Alcestes, al que da vida un Israel Elejalde que está, simplemente, soberbio.
Confuso, angustiado, fuerte, pero también débil, a Elejalde se le notan las tablas. Si fuera posible, se podría decir que este papel llevaba cuatro siglos buscándole, y vaya que si lo ha encontrado, aunque haya sido en la trasera de un bar. Allí está magnífico, ágil en los cambios de registro que requiere esta versión que a veces roza la comedia (como cuando debe decirle a Orante que lo suyo no es cantar), y otras la locura y la desesperación de quien ama y está dispuesto a hacer cualquier cosa por seguir sintiéndose amado, aunque eso suponga saltarse sus propios ideales. En fin, un hombre.
Le acompañan en esta trepidante carrera esponsarizada por un Molière que se sentiría más que satisfecho, otros seis personajes, en la versión original son diez, bien pintados por los actores de la compañía Kamikaze. Entre ellos, habría que destacar la comicidad de Raúl Prieto, al que le toca uno de los papeles más complicados de la trama, el del amigo Filinto. Lo resuelve sin problemas, poniendo los silencios donde debe y dando a las palabras el sentido preciso para dibujar, junto a su siempre apesadumbrado amigo, algunos de los momentos más cómicos de la obra.O a Cristóbal Suárez, que en la versión de Del Arco se convierte en un cantante aficionado, suficientemente enamorado de sí mismo como para pensar que cuenta con lo necesario para triunfar en todos los sentidos. Orante, un hombre pegado a una sonrisa, que no duda en valerse de su apariencia física y sus amigos para manipular a sus anchas buena parte de esta historia, de la que llega incluso a convertirse en una de las causas del desenlace.

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