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Los secretos de una cinta adelantada a su tiempo

Antonio Broto (EFE)
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Una muestra desvela los detalles de 'El Gran Dictador', una película que se gestó bajo amenazas de muerte y marcó un antes y un después en la obra de Chaplin por el uso de diálogos y su gran mensaje

Los secretos de una cinta adelantada a su tiempo

La casa de campo suiza donde el actor y director Charles Chaplin vivió exiliado sus últimos 25 años, hoy convertida en un museo en su honor, está de aniversario. Celebra con una exposición inédita ocho décadas de El Gran Dictador, la película más arriesgada del genial cómico, con un mensaje de libertad que aún resuena. La muestra, que se podrá visitar hasta el próximo 29 de agosto en este museo con vistas a los Alpes, llamado Universo Chaplin, rememora así un largometraje que fue estrenado en octubre de 1940, antes incluso de que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra Mundial, y que Chaplin sacó adelante en medio de dificultades financieras y presiones en su contra.

«Recibió amenazas de muerte durante el rodaje (en 1939), y dudó en estrenarla por si podía poner en un riesgo aún mayor a los judíos, pero incluso el presidente estadounidense (Franklin D. Roosevelt) le animó a que la terminara», relata la jefa de prensa de esta particular galería, Annick Barbezat-Perrin.

La exposición desvela, gracias a fotografías inéditas de Dan James (ayudante personal de Chaplin) detalles desconocidos de la icónica cinta, en la que el artista británico encarnaba dos personajes: un anónimo barbero judío y Adenoid Hynkel, un trasunto de Adolf Hitler que dirigía con mano de hierro la nación de Tomania.

Las imágenes de James muestran por ejemplo algunas escenas de la película que fueron rodadas, pero que nunca antes han visto la luz, en las que Hynkel se montaba en un dirigible de juguete, o jugaba con una mascota de su esposa en la ficción, un mono, que finalmente no apareció en el film, como tampoco lo hizo un burro que debía hacer el saludo nazi con su cola.

«Además se expone la chaqueta original que Chaplin llevaba cuando encarnaba a Hynkel, que descubrimos en una colección privada aquí en Suiza», detalla asimismo Barbezat-Perrin.

La exposición también aclara algunos aspectos poco conocidos de las grabaciones, como el hecho de que los tanques que aparecen al final de la película, saliendo de forma cómica de montones de heno, eran en realidad miniaturas, o que Chaplin realmente rodó boca abajo algunas de las escenas iniciales en avioneta.

Humor arriesgado

El objetivo, en cualquier caso, es recordar una película que se adapta como pocas a la tópica expresión «adelantada a su tiempo», al demostrar que se podía hacer humor de personajes tan siniestros ya entonces como Hitler o Mussolini (reconvertido en el film en Benzino Napoloni, generalísimo de la nación de Bacteria).

«Chaplin siempre estuvo muy orgulloso de esta película, que todavía es muy relevante en el contexto político actual», ya que «es un recordatorio de que nuestra libertad no está garantizada, de que aún hay dictaduras en muchos países y debe valorarse la libertad», señala la responsable de prensa del museo.

De esta forma, El Gran Dictador también demostró que mientras se hacía humor se podían reivindicar valores como la libertad o la igualdad, si bien el propio intérprete admitió años después que si entonces se hubieran conocido las atrocidades del régimen nazi con los judíos hubiera reconsiderado el hacer o no la película.

Sin embargo, por otro lado, el destino parecía condenar a Chaplin a realizar este proyecto, por su curiosa vinculación con Hitler: ambos habían nacido casi a la vez (en abril de 1889, con tan solo cuatro días de diferencia) y los dos compartían un característico bigote «cepillo de dientes».

«La prensa de aquella época ya comparaba a menudo el aspecto de ambos, y Chaplin solía bromear diciendo que Hitler le había robado el bigote para ganar simpatías entre la gente», recuerda Barbezat-Perrin.

 

Su primer 'talkie’

La película fue también importante en la carrera del actor británico porque fue la primera en la que no encarnaba a su personaje más famoso, el vagabundo Charlot, y también la primera en la que el artista, durante muchos años reacio al cine sonoro, tenía verdaderos diálogos.

Cuatro años antes, en Tiempos Modernos, Charlot había hablado por primera y última vez en el cine, aunque lo hizo cantando una canción en un idioma incomprensible que Chaplin acabó improvisando sobre la marcha.

El actor y director londinense, que en muchos de sus filmes mostró su compromiso con los más marginados y cierta rebeldía con el poder establecido, dejó Estados Unidos a principios de los años 50, tras ser acusado de comunista en el contexto del macartismo, y vivió con su enorme familia en Suiza hasta su muerte en 1977.

En un momento en el que se celebra el 80 aniversario de El Gran Dictador, Universo Chaplin también anima a los aficionados al séptimo arte a rendirle homenaje entrando en la página web letusallunite.world para participar con sus fotos en la elaboración de un cartel que reproducirá las palabras del mítico discurso final del largometraje.

«Luchemos por el mundo de la razón, un mundo donde la ciencia, el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad», decía Chaplin al final de ese discurso: unas palabras que, ocho décadas después, seguirán sonando con fuerza en la mente del espectador.