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Diez años sin ETA: las víctimas claman contra el abandono

Pilar Muñoz
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El Policía Nacional Julián Romero no cree a Otegui y sólo pide Justicia para las víctimas, que digan quienes son los autores de los más de 300 asesinatos y atentados sin esclarecer como el suyo en el túnel de Begoña

Julián Romero muestra el proyectil extraído de su pulmón y otro recogido en el lugar del atentado del 78 - Foto: Rueda Villaverde

Se cumplen diez años de la derrota de ETA, del fin de los pistoleros, del tiro en la nuca y de los coches bombas, pero las heridas siguen abiertas y declaraciones como la de Arnaldo Otegui vuelven a hacerlas sangrar. «Qué se puede esperar de este etarra, nunca han reconocido nada, no se han arrepentido, no ha pedido perdón porque no lo siente», asegura enojado un policía nacional de Ciudad Real que a punto estuvo de perder la vida en el túnel de Begoña, en Bilbao, el 3 de marzo de 1978. Julián Romero tiene grabada a fuego esa fecha y un sentimiento tremendo de abandono, «como todas las víctimas», asevera en la charla mantenida con La Tribuna una década después sin la violencia terrorista de ETA. Pero «no se pueden olvidar a los 864 muertos en atentados, a los heridos que superan la cifra de 7.000 y los más de 300 casos sin esclarecer», entre ellos, el suyo. 

Julián Romero lleva más de 40 años tratando de que se haga justicia, que se le reconozca que fue víctima de un atentado con la concesión de la medalla con distintivo rojo. «Me siento totalmente discriminado», lamenta para, de seguido, explicar que primero les dijeron a las víctimas del terrorismo etarra que tenían que hacer la reclamación de forma individual, «lo hicimos y no nos han hecho caso», recalca con énfasis. 

 «Nos ametrallaron desde arriba, al pasar por el túnel de Begoña», dice agitado y elevando la voz al recordar lo que pasó y lo que vino después. Iban dos coches patrulla, uno por la margen derecha de la ría y el otro, por la izquierda. De pronto oyó el inconfundible sonido de las ametralladoras, los proyectiles le entraron por la nuca y se quedaron alojados en su cuerpo tres años, «menos un mes para ser exactos», dice. A partir de ese momento poco o nada recuerda Julián Romero. Su compañero, el cabo Villalón Rubio, le llevó al hospital de Basurto. «Iba expulsando sangre por la boca, nariz y oído» y en ese momento se temió por su vida. Pero milagrosamente se salvó y tres años después, el doctor Francisco Gómez Almansa, de Ciudad Real, se tomó interés y «me operó el 2 de febrero, el día de la Candelaria. Tenía tres proyectiles alojados en el cuerpo, uno en el pulmón. Me hizo ocho o diez radiografía, me examinó una y otra vez y finalmente me dijo que me operaba. Era un gran cirujano, me salvó la vida». En ese instante de la conversación este hombre enérgico calla. Se le ha hecho un nudo en la garganta al recordar al doctor Almansa. Es entonces cuando abre la mano y muestra el proyectil extraído del pulmón y otros que quedaron en el escenario del atentado, en el túnel de Begoña, y que recogieron sus compañeros más tarde para la investigación. Pero ni entonces ni ahora se ha podido saber quién perpetró el atentado. Por ello, pide que se exija a los miembros de ETAque digan quiénes cometieron estos crímenes sin resolver. Del mismo modo, insta a que se ponga fin a los homenajes a etarras.

Diez años sin ETA: las víctimas claman contra el abandonoDiez años sin ETA: las víctimas claman contra el abandono - Foto: Rueda VillaverdeJulián Romero, que era cabo de la entonces Policía Armada y más tarde Policía Nacional, y su compañero Mariano López no pueden olvidar lo vivido en el País Vasco. Han pasado más de cuatro décadas, «pero el sentir es el mismo». Ahora sólo cabe justicia. En el caso de Romero, que se le conceda la medalla con distintivo rojo. Tiene la Encomienda y la medalla de sufrimiento por la patria concedida veinte años después porque lo movieron los entonces comandante Gómez Camacho, en Ciudad Real, y el coronel Díaz Fernández, en Madrid.

Objetivos fáciles.

Policías y guardias civiles «eran objetivos fáciles» para los etarras, significa la viuda de Emilio Castillo López de la Franca. Era cabo primero de la Guardia Civil, tenía una niña y fue asesinado el 18 de marzo de 1993. Dos pistoleros de ETA se acercaron al coche y efectuaron al menos seis disparos.

Al año de contraer matrimonio con Julia Aparicio, Emilio Castillo fue destinado al País Vasco, al cuartel de Intxaurrondo. Eran los años del plomo y decidieron que ella se quedara en Ciudad Real. La víspera del día del padre lo asesinaron. 

La familia de José Naranjo tampoco puede entender que diez años después del fin de ETA sigan celebrando homenajes y Otegui se descuelgue con que sienten el dolor de las víctimas. Si fuera así habrían pedido perdón y ayudado a resolver los más de 300 asesinatos y atentados perpetrados por la banda, que sembró el terror a últimos de los setenta, ochenta y noventa. 

Diez años sin ETA: las víctimas claman contra el abandonoDiez años sin ETA: las víctimas claman contra el abandono - Foto: Rueda VillaverdeJosé Naranjo era policía local. Había nacido en Moral y emigrado al País Vasco como otros tantos vecinos, incluidos los padres de José Antonio López Ruiz, alias Kubati, uno de los etarras más sanguinarios. 

Naranjo tenía siete hijos y el 27 de marzo de 1984 le descerrajaron dos tiros por la espalda. Más de una decena de ciudadrealeños han muerto asesinados por la banda terrorista, que también puso bombas en la vías del tren de Alta Velocidad (AVE) y en bar Peral de Ciudad Real, el día de la Constitución de 2004.

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Diez años sin ETA: las víctimas claman contra el abandono - Foto: Rueda Villaverde
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