El padre de todos los circos

Nieves Sánchez
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José Aumente es cura de ferias y circos, oficia bautizos, bodas y comuniones en las pistas, donde los payasos y trapecistas conviven. Ayer bautizó en Torralba a Eduardo, el nuevo integrante de los Parada, una de las familias circenses más a

El padre de todos los circos - Foto: Pablo Lorente

La iglesia del padre José es un país idílico. No hay muros ni altares de piedra, ni crucifijos e imágenes de vírgenes, santos y cristos. Él es el cura de los circos, de un firmamento de estrellas en las noches de cielo abierto. Es el hombre con alzacuellos en mitad de una pista de trapecios, el padre de los nómadas de las risas, de cientos de destinos y de la belleza que encierra un mundo duro, complicado y muy esclavo, donde conviven payasos, malabaristas y acróbatas, la «buena gente» del circo.
José Aumente tiene el pelo cano, conversación sinfín y una sonrisa de mil tardes de circo. Es palentino, tiene 71 años y oficia desde hace más de 20 años las bodas, comuniones y bautizos de las más de cuarenta carpas repartidas por España. Su iglesia es el coliseo de la payasada y sus feligreses gente del espectáculo que va y que viene, que nace donde para su circo, que hablan los idiomas del mundo y la calle, que son de todas partes y de ningún sitio. «No sé los kilómetros que hago al mes o la semana, a veces en coche y otras en tren, voy dónde me llaman las familias circenses, todas tienen mi móvil y todos me conocen como ‘el padre’». Es el director de una de las pastorales menos conocidas de la Conferencia Episcopal Española, el departamento de ferias y circos. Un cura ambulante, un mensajero que lleva la palabra de Dios donde están las caravanas, donde se requiere su oficio.
Ayer lo esperaban en Torralba de Calatrava los Parada, una de las familias circenses más antiguas de España, de hasta siete generaciones, en la carpa de Los Titiriteros, bajo un manto de estrellas en un cielo pintado de azul. Más de cien personas de una familia unida y muy conocida por el padre José, que va a bautizo por año con ellos.
El padre de todos los circosEl padre de todos los circos - Foto: Pablo LorenteTodo estaba listo a las siete de la tarde, había que bautizar a un nuevo integrante del circo, a Eduardo, de 9 meses, hijo de Gloria y Eduardo, vestido con la selección española y ellos con un balón en las manos para entretener al niño. Sobre la pista, un altar custodiado por dos ángeles confeccionados a base de globos blancos y azules y en el fondo, prendidas en las cortinas granates de la pequeña pista, tres imágenes religiosas en tela, la del medio la cruz de Cristo.
Eran las siete y media cuando Don José empezó hablar, con el sonido de la lluvia que arreciaba y los comentarios, chascarrillos y risas de la gran familia del circo, todos guapos, elegantes, de domingo. Eduardo, el abuelo del crío, como un pincel pendiente de la mejor función de su nuera y su hijo. Don José empezó a hablar, a relatar, a dirigirse a los presentes como un amigo. A los lados, grandes mesas para sostener las viandas de una gran cena de celebración en mitad de la nada, del campo, entre Carrión y Torralba.
de circo en circo. El padre José ya está en las pistas curtido. La primera vez que pisó un circo para asistir una misa fue en 1967, en el Circo Roma a su llegada a Valladolid. Tenía sólo 19 años. No se le olvida aquel día de alegría, celebración y enseñanzas para toda la vida. «Entonces las misas todavía se hacían en latín y aquella gente no entendía nada y yo acompañé al sacerdote que en aquel momento en Italia era lo que yo soy ahora en España y cuando fue a empezar la eucaristía se dio cuenta de que las casullas de guitarra estaban por delante rotas y me pegó un broncazo de órdago». Le dijo que eso no se podía consentir con los circenses, que todo tenía que estar impoluto, porque ahí iban a dignificar a esa gente, «a cuidarlos y a amarlos». Y José aprendió aquella lección, aquellas palabras que lleva grabadas en su mente. «Tenemos que tratar a estas personas con el amor y la ternura que se merecen, la iglesia tiene que estar donde estén ellos y llevarles de lo bueno, lo mejor».
Él y los maestros que viajan con los circos donde hay niños son su gran nexo con el exterior, de ellos aprenden normas sociales y religión. Son mentores, su conexión con un mundo que no siéndoles ajeno les es desconocido, porque «el circo, por ser circo, tiene que ser itinerante», les recordó ayer a los Parada desde su altar.
En sus dos décadas de oficio ha aprendido del circo el sacrificio por conseguir la sonrisa de un niño, la entrega del arte de la bondad a la sociedad, el amor, el cuidado de la familia y la pasión desmedida por una profesión «complicada y esclava», por vivir y entender la vida de una forma única y especial, haga frío o haga calor, con la lluvia de un cielo encapotado como el de anoche, frente a la adversidad, creando de la nada un gran salón del entretenimiento.
«A mí esto me está suponiendo personalmente una gran riqueza de acercarme como cura a ellos, me ha traído grandes amigos, soy feliz y me siento como un chaval a mis 71 años. Soy responsable y afortunado de llevarle a su casa la palabra de Dios». De hecho pelea dentro de la Iglesia para que los circenses tengan una parroquia en Madrid donde se guarden todas las partidas de bautismo, de función o bodas que cada circo va sembrando por los pueblos y ciudades por los que se mueve.
Anoche, la función salió a pedir de boca, con unos feligreses de circo y un convidado único y especial. Don José es un cura sin parroquia, sin altares ni muros de piedra, porque su iglesia es la más grande del mundo, la que se abre bajo un firmamento de estrellas en la noche.