¿Demasiado tarde para la España vacía?

C. de la Cruz
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Los escritores Sergio del Molino, Julio Llamazares y Juan Cruz alzan su voz en defensa del campo y de los «olvidados»

De izquierda a derecha Juan Cruz, Julio Llamazares y Sergio del Molino - Foto: Pablo Lorente

La España vacía mostró en 2016 una realidad difícil de digerir, una verdad dolorosa apartada de los focos hasta que Sergio del Molino la arrancó de su sueño para plasmarla, negro sobre blanco, en 292 páginas. Este ensayo, un viaje por un país desnudo, se convertía en un fenómeno editorial y servía para acuñar un término, el de la España vacía, que permite identificar a un vasto territorio y a unas gentes que se resisten a ser tragadas por la tierra.
Poner nombre al problema, como la acción del verbo, ayuda a ahondar en su definición, y así, el autor de este libro, Sergio del Molino, acompañado por los escritores Julio Llamazares y Juan Cruz, planearon por la España vacía. Para el propio creador del término, contar con «una especie de topónimo que puede aglutinar este sentimiento, aunque no era mi intención, ya que sólo quería titular un libro, ayuda», un Sergio del Molino, Premio Ojo Crítico y Tigre Juan, entre otros, que como aspecto positivo destacaba que «ha habido una toma de conciencia».
En el marco de actividades de la Feria Nacional del Vino se colaba, con toda la intención, un asunto que atañe a Ciudad Real y a una región que, dentro de esa España deshabitada, está considerada como el mayor viñedo del mundo. El periodista Juan Cruz se encargó de dirigir y casi moderar un debate que saltaba al primer plano nacional dentro de la campaña de las elecciones generales del pasado 28 de abril. En esta línea, el director adjunto del periódico El País subrayó que «es un grave problema de hipocresía política». Del Molino no tenía reparos en afirmar que «es un discurso sin enemigos, hace quedar bien a quien lo defiende y ha habido partidos que lo han esgrimido porque le salían los números de diputados, pero no porque hubiera un discurso articulado ni un interés real». En esta línea, Llamazares expresó que «el tema ha saltado a los partidos políticos por la fragmentación del bipartidismo», y como anécdota señaló que en las anteriores elecciones generales de 2016 un total de 21 provincias no fue visitada en campaña por ningún dirigente nacional de los principales partidos, mientras que «ahora Ciudadanos se ha dado cuenta de que hay un filón cuando hasta hace dos días querían quitar las diputaciones, es un oportunismo obsceno».

Sin soluciones. Ninguno de los tres ponentes ofreció soluciones porque no existen, como ellos mismos expusieron, pero sí que se convirtieron en portavoces de aquellos que no suelen tener voz.
Julio Llamazares emergía desde la aguja del campanario de su Ainelle de La lluvia amarilla para, casi amargamente, señalar que «como escritores no damos ningún mensaje, eso para los políticos, nosotros hemos puesto el foco en una España de la que no se habla, que cada vez se queda más sola y más abandonada, olvidados». Es más, el escritor leonés sentencia que «la España vacía no tiene solución, está muerta, sólo nos queda dignificarla».
Para Del Molino, «somos pobrecitos escritores que no tenemos ninguna solución. Es ingenuo incluso esperarlas, lo que podemos hacer los escritores es reflexionar, exponer lo que nos preocupa, sería incluso grosero ofrecer soluciones», para admitir que «quizás es demasiado tarde».

¿Desde cuándo? Julio Llamazares subraya que «España siempre ha estado vacía» y rompe tópicos como el de la ruralización de la Edad Media señalando que la población tendía a concentrarse en «ciudades amuralladas, tal y como estamos haciendo ahora», y seguía su hilo argumental con la obra magna de las letras hispánicas donde Don Quijote d ela Mancha «no se encontraba con casi nadie».
En la literatura, Del Molino apuntó que ya estaba presente en «el siglo XIX ce cuando empieza a sentirse ese abandono, cuando se aprecia que hay una cultura campesina que se está extinguiendo».
Como decía el propio Del Molino, demasiado tarde para un país empeñado en estar dividido. Como alternativa, un necesario cambio de mentalidad.