Emoción tras 78 años de silencio

A. Criado
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Emoción tras 78 años de silencio - Foto: Rueda Villaverde

Julián González fue uno de los más de 50 ciudadrealeños represaliados por la dictadura que falleció en Valdenoceda de hambre y frío. Los familiares de este jornalero almagreño reciben hoy sus restos tras casi 80 años sin conocer su paradero

Tengo el sentimiento de comunicar a usted que en la mañana de hoy (12 de abril de 1941), a consecuencia de una colitis epidémica, ha fallecido en la enfermería de esta prisión su esposo Julián González González». De esta forma comenzaba la carta que enviaron desde la cárcel de Valdenoceda a Francisca Sobrino para informarle de la muerte de su marido, encerrado en el penal burgalés tras un consejo de guerra en el que fue condenado a «seis años y un día de prisión mayor por excitación a la rebelión». Han tenido que pasar 78 años para que los familiares puedan recuperar los restos de este jornalero almagreño, que ahora tendrá un entierro «digno» junto a su esposa y una de sus hijas en el cementerio de su localidad natal. Su nieto Aureliano González y su sobrina nieta Nieves González, acompañados de sus respectivos cónyuges, viajan hoy a tierras burgalesas para recibir los restos de Julián de manos del presidente de la Asociación de Familias de Represaliados en Valdenoceda, José María González, en el acto que cada año organiza este colectivo coincidiendo con el aniversario de la proclamación de la Segunda República. Un emotivo homenaje en el que también se hará entrega de los restos a los descendientes de Abilio Luis Jávenga, detenido a los 21 años y condenado por «auxilio a la rebelión». Era barbero de profesión y vecino de Campo de Criptana, aunque había nacido en Vara del Rey (Cuenca). Hace unos días, Aureliano reunió en su vivienda de Almagro a Nieves, su prima Francisca y dos de los bisnietos de Julián. «Desde que conocimos la noticia, yo siempre me pregunto qué pensaría mi madre si estuviera viva», comentó el anfitrión, que no llegó a conocer a su abuelo pero que se mostró «muy feliz» por la «gran suerte» que habían tenido de localizar sus restos después de tantos años. «Mi madre había muerto con 88 años y no sabía, o no nos lo quiso decir, dónde había muerto su padre». Era un tema tabú del que nunca se hablaba en casa, aunque dejó una profunda huella: «Mi madre estuvo fatal de los nervios cuatro o cinco años cuando yo era un niño. Todas las noches se ponía en la puerta desde la que se veía el cementerio y comenzaba a llorar». En la casa de Francisca, la mayor de los seis nietos de Julián que aún siguen con vida (tuvo trece de tres hijos: José Vicente, Antonia y Rogelia), la tragedia golpeó por partida doble. Después de la guerra, a su padre se lo llevaron una noche dos vecinos de Almagro para «hacerle unas preguntas». Tras unos días en la cárcel, donde fue torturado, «lo fusilaron junto a un matrimonio en la pared de los dominicos». «Una mujer llegó a casa cuando mi madre le estaba dando el pecho a mi hermana Dolores y le dijo: Rafaela, ahora mismo acaban de matar a tu marido y a Gervasio y su mujer», rememoró. Poco tiempo después fueron a detener a su abuelo Julián «por una fotografía, porque decían que era socialista». «Se lo llevaron de la cárcel de Almagro y nunca más se supo de él hasta ahora, que sabemos que murió de frío y hambre a los 58 años», apostilló Francisca para recordar que su abuela falleció el mismo día que Franco, el 20 de noviembre de 1975. «Murió por la mañana y mi abuela, que nunca fue al médico porque no les gustaba, a las nueve de la noche. Hasta que no se lo llevó por delante no se fue ella, porque a Franco lo quería muchísimo», comentó con ironía. Ella sí conoció a su abuelo: «Era rubio y bajito como mi padre José Vicente (nos muestra una foto) y cuando lo detuvieron, que yo tendría unos cinco años, mi abuela llegó a casa llorando».
Gracias a los documentos rescatados, la Asociación de Familias de Represaliados en Valdenoceda pudo poner nombre y apellidos a las 153 personas que perdieron la vida en el penal burgalés (una antigua fábrica de sedas), de los que aproximadamente un tercio (53) eran ciudadrealeños, más otros ocho que en el momento de su detención vivían en pueblos de esta provincia. Con los restos entregados más los identificados osteológicamente, este colectivo ha conseguido la identificación plena de 68 personas, aunque muchas veces su mayor escollo se encuentra en la localización de los familiares de las víctimas. En el caso de Julián González, una feliz casualidad ayudó a resolver el enigma. Hablando con José María González para publicar una noticia en este diario sobre el acto celebrado en 2018 en Valdenoceda salió a relucir el nombre de Julián González y la dificultad que estaba teniendo la asociación para dar con alguno de sus familiares (el propio presidente viajó hace unos años a Almagro e indagó sin éxito en el Ayuntamiento). Nieves Sánchez, redactora almagreña de La Tribuna, puso sobre la pista a su madre, Nieves González, que resultó ser sobrina nieta del represaliado: «Mi hija me preguntó por Julián González González y mi abuelo tenía un hermano que se apellidaba igual, pero cómo iba a pensar que podía ser él». «Al enterarme de que ese Julián González podía ser mi abuelo, dije adelante y nos pusimos en contacto con la asociación para realizar la prueba de ADN», interrumpió Aureliano, aunque finalmente fue el hermano de Nieves, José Antonio, que vive en Valencia, quien se sometió al test de saliva (por cuestiones genéticas) que confirmó la identidad de los restos que desde hace años descansan en un panteón levantado en Valdenoceda. «Le dije a mi hermano que si no le importaba hacerse una prueba de ADN, que al parecer papá hizo algo por ahí y teníamos un hermano», relató Nieves entre risas. Lo cierto es que el proceso fue muy rápido y en diciembre de ese mismo año ya tenían la confirmación oficial. «Gracias a las pruebas osteológicas, sólo cotejamos el ADN con un par de restos y dio resultado positivo a la primera, cuando en otras ocasiones hemos tenido que hacer más de 15 pruebas», explicó el presidente de la asociación, que pisó por primera vez Valdenoceda en 1996 en busca de alguna pista sobre los restos de su abuelo, Juan María González Fernández de Mera, natural de Torralba de Calatrava, donde también nació él, aunque cuando tenía dos años su familia se trasladó al País Vasco. Desde esta semana, los restos de Julián González, que fue arrestado, juzgado y transportado en un vagón de ganado hasta el penal de Valdenoceda, del que ya no saldría con vida, descansarán en el cementerio de Almagro junto a su mujer y su hija Antonia. Hay quienes, a día de hoy, todavía expresan en voz alta su oposición a la memoria histórica, a ‘remover’ el pasado, pero su nieta Francisca lo tiene muy claro: «Todo el mundo es digno de tener una sepultura y los que opinan así es porque no les han matado a nadie de su familia y no saben lo que fue la guerra y la posguerra, no la tuvieron que vivir en sus carnes».