Sócrates en el ágora

Nieves Sánchez
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Ramón tiene 80 años, inició Derecho con 71 y en abril se gradúa de su segunda carrera. «La Universidad ha sido mi tabla de salvación»

Sócrates en el ágora - Foto: Pablo Lorente

En una aula sin alma y en silencio, entre mesas largas, camina el hombre de las dos alianzas. A sus 80 primaveras, nueve cursos y dos carreras, Ramón es el alumno más longevo de la Universidad, en la era de las redes sociales, los ordenadores, las tablets y lo digital. En tiempos sin un mal portaminas con el que rallar sobre la madera corazones atravesados por flechas. «Resulta que ha cambiado tanto la educación superior que yo ni la olí cuando era joven, sólo pude hacer el Bachillerato nocturno y después trabajar y trabajar», ríe y habla, no calla. Ramón Romero siempre quiso estudiar, saber más, lo que fuera, le daba igual.
Nació en el 41 en Fernán Caballero y no fue hasta que cumplió los 71 cuando empezó a estudiar la carrera de Derecho, cuando entró por primera vez en el templo de la sabiduría. Ya era entonces, igual que hoy, el más viejo, un Sócrates en medio de un ágora de gente joven con ansia de conocer las leyes y triunfar en la abogacía, en el mundo de los miles de artículos de la justicia. «Mi edad no es un impedimento, me sé adaptar a los tiempos y cuando tú tratas a la gente con respecto, te respetan. Yo me junto con ellos, voy a las cervezadas con mi camiseta ¡Es que también he sido joven, cómo no los voy a entender!»
Ramón ha vivido entre imprentas, 38 años en la de la Diputación, entre linotipias y boletines oficiales, donde tenía que leer edictos «a punta pala». También montó junto a su mujer un negocio de flores en la plaza Mayor. Fue tipógrafo, hacía artes gráficas con sus manos y ahora, se queja, «basta para todo con darle a un botón». Por eso, no utiliza WhatsApp, reniega de la informática y nunca le dará por juntar fonemas en inglés.
Se graduó en Derecho y lo sacó a año por curso, con matrículas de honor, sin un suspenso, sin faltar un día a clase. Después vino la mención honorífica con el Trabajo Fin de Carrera (TFG) y el máster, y ahora está a punto de graduarse en Relaciones Laborales. Con 80 años, ya no hay necesidad, lo que hay son ganas de sentirse vivo, de disfrutar. Derecho fue como podía haber sido Magisterio. «Dicho por los profesores, mi promoción fue de las mejores, chicos con ganas, me hicieron bien hincar los codos». Ramón es uno más, sin distinciones, aporta a los demás sabiduría práctica, experiencia y filosofía de vida. «Ojalá y hubiera podido estudiar cuando era joven, pero las circunstancias no me lo permitían».
Llegó a la facultad con las razones que marca el corazón, para salir del letargo que le provocó el fallecimiento de su Pilar cuando él tenía 70, su compañera de vida, la madre de sus tres hijos. «Yo iba de capa caída y me decían mis hijos de ir al psicólogo, pero no. Fue la Universidad mi tabla de salvación», cuenta mientras se le empañan los ojos, sonríe con nostalgia y da vueltas a las dos alianzas, las de su boda. La suya la lleva en el anular de la mano izquierda y la de Pilar, en su mano derecha.
rejuvenecer. Ramón confiesa que estudiar lo ha hecho rejuvenecer y sentirse realizado, ganar memoria. Tanto le ha aportado, tanto le está dando que ha llegado hasta impartir cátedra. Fue en tercero, en Derecho Constitucional, que tuvo que corregir a la profesora sobre la Transición y el 23 F, una hora y cuarto estuvo hablando para los demás. En estos años no se le ha atascado nada, ni siquiera Derecho Tributario. De la Universidad le gustan hasta sus andares, aprende de la juventud, aunque es crítico con lo que hace en ellos la tecnología. «Están con el móvil y no escuchan, si lo hicieran muchos no se tendrían que dar la panzada a estudiar después, porque el Derecho más que de memoria es de saber interpretar».
Cuando se gradúe en abril de su segunda carrera, probablemente no iniciará ninguna más. «Me han dicho que por qué no hago ADE, pero es que tengo una cosa clarísima, para hacer el tonto me quedo en mi casa, hay que saber cuándo parar», instruye este hombre sabio, un Sócrates en su ágora.