«Todos los que entramos éramos millonarios en ilusiones»

Pilar Muñoz
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Emilio Fernández Agraz ha sido el primer alcalde de Alcázar de la democracia

Emilio Fernádez Agraz - Foto: /LT

Fue el primer alcalde de Alcázar de San Juan elegido democráticamente en las municipales de 1979 y recuerda aquellos días con indisimulado orgullo, casi tanto como el que profesa por sus hijos, en especial la más pequeña, que trabaja para una ONG volcada con África. Es un hombre de diálogo ameno y simpático, que comenta que los ayuntamientos de entonces se parecen a los de ahora en que no nadaban en la abundancia pero que, en cambio, sí estaban colmados de ilusión, la que impelía a trabajar a los concejales y la que demostraban los vecinos que se acercaban al salón de plenos para ser testigos de sus debates. En eso sí hemos ido a peor.
Emilio Fernández Agraz nació en Socuéllamos en el año 1940. Estudió el Bachillerato en los Santísimos Trinitarios de Alcázar y luego preparó varias oposiciones, casi todas relativas a la función pública. Ha sido auxiliar y oficial de la Administración de Justicia y se jubiló como secretario judicial. Tenía bastantes conocimientos para ocupar el cargo, aclara en relación a su formación profesional y experiencia.
Cuenta que llegó a la política por casualidad. Un grupo de amigos afines al Partido Socialista Popular de Tierno Galván le hablaron de él, leyó discursos suyos, libros, y «me enganché» al partido que lideraba el 'Viejo Profesor'.  «Yo nunca estuve vinculado al PSOE», confiesa para, a renglón seguido, señalar que «mi experiencia era del PSP de Tierno Galván. Cuando el Partido Socialista Obrero Español nos absorbe yo ya estaba en la encrucijada de ingresar en sus filas, pero de momento me mostré reacio y no entré en el PSOE porque era un partido que no me decía nada y me aparto de la política». Pero unos meses después, cuando se acercaban las elecciones municipales, en el PSOE vieron que «les faltaba gente cualificada, porque gente había mucha, pero preparada no», dice con naturalidad.
El caso es que «me convencen para que participe en una terna de 300 militantes que van a ser cribados para formar una candidatura de 21 personas por orden cronológico y, como la ley electoral indicaba, el primero de la lista sería alcalde». Refiere que esa comisión de 300 militantes empezó a trabajar durante toda una semana y «yo iba por allí pero me miraban con extrañeza porque yo no era militante del PSOE». Sin embargo, se fue ganando a la gente y para su sorpresa se encontró el primero de los 21 que integraron la lista que concurriría a las municipales de 1979. Aún hoy sostiene que «me enrolé aunque nunca pensé ser alcalde de Alcázar y menos con el PSOE, pero jugandillo, jugandillo me ilusioné con ese proyecto de trabajar por tu pueblo que es lo más bonito para un político. Si bonito es ser presidente de una nación o ministro, ser alcalde o  concejal, entraña un sentimiento hacia tu ciudad muy grande porque todo lo que estás haciendo lo vas viendo y sabes a quien se lo haces. Todo el mundo tiene cara. Es el cargo más cercano y el más bonito de la política», asevera.

El contraste. Emilio Fernández tiene grabado en su retina el primer día que traspasó el umbral del edificio del Ayuntamiento de Alcázar. Recuerda que «entré perdido porque antes los ayuntamientos eran coto cerrado de alcaldes y concejales y el pueblo no entraba. Yo no conocía los despachos ni nada. Para mí todo fue sorpresivo. Cuando pasé al despacho de alcalde y a la sala de plenos me quedé con la boca abierta porque el lujo que allí había contrastaba con la pobreza del juzgado de Instrucción donde yo trabajaba. Era precioso, pero duró poco porque cuando salimos de Alcaldía todo lo hundieron. Como había esa euforia de gastar dinero, todo se hizo nuevo, todo se reconstruyó, y ya no valía nada de lo que había antes», dice poniendo énfasis.
Al frente de la Alcaldía estuvo  un mandato, cuatro años y unos meses. «Fueron cuatro años de pobreza y de ruina porque había muchas trampas, se debía en la farmacia, a los taxistas... Pero todos los que entramos éramos millonarios en ilusiones. Era tanta la ilusión que llevábamos de regenerar el Ayuntamiento, de abrirlo a la gente, y cambiar el modo de trabajar, que todo nos parecía bien y todo nos emocionaba».
Lo primero que hizo fue hablar con las farmacias y los taxistas y decirles cómo iban a pagar. Cuenta que «yo personalmente me entrevisté con todos los farmacéuticos, hice un estudio de todo lo que se debía, de los funcionarios que compraban en las farmacias sus medicamentos». Explica que entonces la mutualidad lo tenían así prescrito, que el propio Ayuntamiento pagara los medicamentos. «Había cuentas muy grandes, pero se consiguió liquidarlas. Y empezamos a ver otras caras. Conseguimos crear un clima de confianza».
Pero, según su relato, no sólo lograron eso, sino, lo que es más importante y más le enorgullece, «acercar el Ayuntamiento a la gente, les dimos voz. Los plenos se llenaban y tuvimos que poner altavoces en los pasillos».

Por el arco del triunfo. Llegado a este punto de la charla, Emilio asegura que esto fue posible porque había voluntad de diálogo entre toda la Corporación y cuenta que «mi partido me sugirió que la oposición, que UCD no tuviese cargos de responsabilidad en el Ayuntamiento, pero yo, como era autónomo y tenía una personalidad muy definida aunque era joven, me opuse a esa medida y le di responsabilidades a toda la Corporación». Los 21 concejales tenían una misión en el Ayuntamiento y «yo me llevaba muy bien con ellos, me daba igual que uno fuese de Falange o comunista, yo a los dos les decía camaradas, y era una broma constante. Fue mérito mío que acabaran siendo amigos y colaborando», dice sin falsa modestia.
Relata que los artículos que se publicaba en una revista que editaban, «los corregían recíprocamente los dos, se quitaban las faltas de ortografía y los mejoraban y perfeccionaban. Verlos trabajar me emocionaba a veces por el grado de compenetración que llegaron a tener dos concejales tan dispares en su ideología».
Emilio Fernández explica que once concejales eran del PSOE, dos de PCE, otros dos de Falange y el resto de UCD. «Todos tenían responsabilidades. Les ubiqué en las concejalías conforme a su profesión, un concejal de UCD que era de Renfe se encargó de alumbrado público, a cada uno lo adscribía a su profesión», reitera.
Fue una experiencia que «más tarde trataron de imitar otros ayuntamientos con suerte dispar.  Para mí fue muy positivo. Yo tenía más amigos en UCD que en mi propio partido, y sigo teniendo. Eran entrañables, y los otros era mis compañeros. Llegaron a ser mis amigos porque no te mentían: iban contigo de la mano adonde fuese, a defender lo que habían hecho, lo que habían comprado o adjudicado sin problemas; en cambio, en el PSOE tuve más problemas porque todo el mundo quería coger las rentas de las elecciones». Al hilo de ello, recuerda que «UGT me enviaba cartas con el nombre de la gente que querían que entrara en el Ayuntamiento, pero yo no les hacía caso y me las pasaba por el arco del triunfo. Le dije al de UGT que yo no iba a hacer lo que se venía haciendo, que iba a aprobar el que fuese más preparado y el que estuviese a la altura del trabajo, pero ellos insistían, me mandaban cartas diciendo a los que tenía que aprobar, a los militantes, pero a mí eso me tenía sin cuidado».

Las penurias. Dice que el momento más duro al frente de la Alcaldía era el de la confección de los presupuestos, hacer encaje de bolillos para que pudieran cobrar los empleados. «Todo eso era muy angustioso hasta que logramos sanear la economía un poco. Teníamos que comprar un coche para la policía en el mercado de segunda mano. Estos años, en cambio, se ha vivido en el País de las Maravillas y el alcalde tiene un cochazo con chófer, que no sé adónde va en coche y con chófer en Alcázar, porque tiene dos kilómetros de calle que se recorren en un paseo».

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