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30 años del fin de una era

M.R.Y. (SPC)
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El intento de golpe de Estado de agosto hirió de muerte a una URSS que se desintegró el 26 de diciembre de 1991 tras la salida en cadena de las repúblicas que la integraban

30 años del fin de una era

La Navidad de 1991 no fue una fecha festiva para Mijail Gorbachov, quien el 25 de diciembre de ese año anunciaba su dimisión. Un día después, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) dejaba de existir. 

La tensión era patente desde tiempo atrás, con los desencuentros entre las repúblicas por la evolución económica, las reformas de Gorbachov y la nueva situación geopolítica. Y el año 1991 había comenzado de forma convulsa. En enero, sendas movilizaciones independentistas en Lituania y Letonia dejan varios muertos a manos del Ejército soviético. En marzo, un plebiscito sobre el mantenimiento de la URSS se salda con una amplia mayoría a favor... pero con el boicot de las repúblicas bálticas, Georgia, Moldavia y Armenia. Y en agosto, el broche final, con un intento de golpe de Estado para evitar la desintegración del conglomerado soviético que, finalmente, acabó por ser el desencadenante de un final que llegó el día después de la dimisión de Gorbachov, el 26 de diciembre.

Fue esa asonada del 19 de agosto la que precipitó los acontecimientos. Ocho altos cargos del Gobierno, el Partido Comunista y el Ejército asumieron la Jefatura del Estado, declararon el estado de excepción y retuvieron a Gorbachov durante tres días en su residencia de verano en Crimea aduciendo cuestiones de salud. La intención de los golpistas era evitar la desintegración de la URSS con la firma, prevista un día después, de un nuevo Tratado de la Unión, a través del que nueve de sus miembros -Rusia, Bielorrusia, las cinco repúblicas de Asia central y Azerbaiyán- aceptaban formar una nueva federación bajo el nombre de Unión de Repúblicas Soviéticas Soberanas. Sin embargo, las intenciones de los disidentes provocaron todo lo contrario: un día después, Estonia decretaba su independencia; el 21 de agosto, Letonia sigue sus pasos... A lo largo de agosto, Ucrania, Moldavia, Azerbaiyán y Kirziguistán se suman a sus vecinos. La ruptura se aceleró y se llevó por delante incluso a más Estados de lo que estaba previsto.

La llegada de septiembre, con la URSS resquebrajada, dejaba ver que la disolución era cuestión de tiempo. Aunque Boris Yeltsin, entonces presidente de Rusia, se había pronunciado en contra del golpe de Estado, su verdadero anhelo era la caída de la Unión. Todo lo contrario que Occidente, que temía que la desaparición del imperio soviético derivase en un caos nuclear o, incluso, en una guerra civil entre los países miembro. Sin embargo, el divorcio se realizó de la manera más amistosa y civilizada posible y dio paso a una nueva etapa. 

Heridas sin cicatrizar

El actual presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha asegurado en más de una ocasión que la desintegración de la URSS ha sido «la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX».

Las heridas siguen sin cicatrizar 30 años después, pero no solo en la conciencia de Putin, también en la de otro de los mandatarios de una de las exrepúblicas soviéticas, el bielorruso Alexander Lukashenko, fiel escudero del inquilino del Kremlin.

Desde que llegó al poder, el jefe del Ejecutivo de Moscú ha reconocido que su objetivo vital es devolver el orgullo a su pueblo y la grandeza a su país, que perdió hace tres décadas muchos territorios conquistados a sangre y fuego por los zares durante varios siglos. La pérdida de Asia Central, las tres repúblicas bálticas o el Cáucaso fue dolorosa, pero lo que nunca  ha podido digerir Moscú fue la independencia de Ucrania y su acercamiento a Occidente. «Somos el mismo pueblo», afirma.

Existe el temor de que Putin busque revivir la URSS. Harto de que Occidente ignorara su argumentos, ha dado en los últimos años pasos para revisar las fronteras delimitadas tras la desintegración soviética. Primero les llegó el turno a las regiones georgianas de Abjasia y Osetia del Sur, después a la península ucraniana de Crimea y, seguidamente, a las regiones prorrusas de Donetsk y Lugansk. En el caso de la eslava Bielorrusia, el proceso de integración ya está en marcha.

Sin embargo, desde el Kremlin son claros: «Revivir la Unión Soviética es imposible», zanjan. Aunque la idea sigue planeando...