40 años después Valdepeñas llora la riada

Ana Pobes
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La ciudad del vino no olvida el 1 de julio de 1979, fecha en la que una fuerte tromba de agua se llevó la vida de 22 personas.

Jesús Bautista, que perdió a su hermana en la riada, en la escultura en homenaje a las víctimas. - Foto: Tomás Fernández de Moya

Era verano y sobre las cuatro de la tarde empezó a llover. Salí a la calle y vi cómo venía la riada. Cuando entré en casa, a mi hija, de tres meses, que estaba en el sofá, ya le alcanzaba el agua. En pocos segundos la tromba levantó los muebles y los cristales de las puertas y ventanas reventaron por la fuerza del agua. Temí por mi vida y por la de mis hijos. Fue terrible». Son las palabras de Josefa Manzanares, una de las supervivientes de la riada que el 1 de julio de 1979 provocó la muerte de 22 personas en Valdepeñas, municipio que aún llora al recordar este fatídico día que fue protagonista de las portadas de los periódicos provinciales y nacionales.
Cuatro décadas después la localidad no olvida uno de los capítulos más trágicos de su historia, cuando el agua inundó de lodo y barro más de 48 calles y 472 viviendas. Era domingo, y muchos dormían la siesta. El cielo anunciaba tormenta, y empezó a llover de manera suave sobre la una de la tarde para tres horas después hacerlo con mayor intensidad. El agua cayó con tanta fuerza que provocó el desbordamiento de los arroyos de La Veguilla y Jarosa. La suciedad y maleza acumulada fueron los primeros obstáculos que el agua arrastró por el cauce. La fuerte lluvia anegó las partes más bajas de la localidad y los puentes, obstruidos, hicieron de dique. Cayeron 120 litros por metro cuadrado en tan solo diez minutos. Cantidad más que suficiente para llevarse por delante más de una veintena de vidas, derrumbar viviendas, construidas en aquella época con adobe y barro, y todo tipo de enseres.
Las imágenes de aquel día aún perduran en la retina de sus vecinos, quienes entre la emoción y el llanto se resisten a pasar página. No quieren olvidar el día en que el apocalipsis decidió tener su cita en Valdepeñas. Un suceso que ha marcado un antes y un después en la historia de la localidad y que llevó entonces a tirar de hemeroteca para saber si era una maldición bíblica. Los datos constataron que se trataba de algo cíclico, pues ya ocurrió en 1906 y en 1870, y «cada generación de forma recurrente ha vivido la presencia de una gota fría en un punto que siempre es el mismo y donde el problema no es el agua que cae sino en el tiempo en el que lo hace», comenta Jesús Martín. Hoy es el actual alcalde de Valdepeñas y quien recuerda cómo hace dos años se produjo otro conato en el que «aunque no llegaron a caer 120 litros por metro cuadrado sí se registraron 90 litros en diez minutos de reloj». En esta última ocasión, y afortunadamente, no hubo que lamentar daños personales, tan solo inundaciones en varios sótanos. Y quizás gracias al esfuerzo que el Ayuntamiento ha realizado en estos últimos años en llevar a cabo diferentes obras y mejoras que han supuesto una inversión de más de 20 millones de euros «enterrados en colectores». Todo, con un mismo objetivo, evitar que esa catástrofe de 1979 vuelva a repetirse. Y con ese reto como bandera, el Ayuntamiento lleva más de 30 años trabajando en continuas reconstrucciones y revisiones y reforzando los muros de contención, aunque quizás, «el empujón más importante se ha dado en los últimos diez, donde realmente se ha reconducido todas las aguas de lo que hoy se conoce como avenida 1 de julio».
Como valdepeñero que es, tampoco olvida unas de las catástrofes más terribles que ha vivido la provincia y la región en los últimos años. Por aquel entonces vivía en el sector sur del pueblo, en una de las zonas más elevadas del cerro de San Blas, donde la hecatombe también hizo acto de presencia. «Los váteres se convirtieron en fuentes. Los colectores se congestionaron de tal manera que la presión hizo que el agua saliera por los imbornales de los patios, por los váteres  y los desagües de las bañeras. Intentamos llegar al centro del pueblo, pero fue imposible», lamenta. Entre sus recuerdos, «dolorosas» imágenes que aún, 40 años después, no puede olvidar. Entre ellas, el cuerpo de una niña flotando como un pez globo. «Fue algo terrible. Y esa imagen es la que me llevó a volcarme años después en todas las inversiones». La niña era Eugenia Bautista, la hermana de uno de sus amigos, y que con tan solo tres años encontró la muerte en la riada. Su hermano Jesús aún llora su pérdida. Con la voz entrecortada por la emoción relata aquel fatídico día en el que sobre las cuatro de la tarde, momento en el que empezó a llover con mayor intensidad, salía de trabajar de un establecimiento de hostelería. Tras acercar a uno de sus compañeros en coche a su domicilio intentó volver a su casa andando, pero no pudo. «Sabía que en casa estaban mis padres y mis hermanas pero en ese momento me agarró un Guardia Civil y me impidió continuar camino. A los pocos segundos la calle se inundó de coches, animales, muebles y cadáveres… Por cada sitio en el que pasabas era un mar de agua». Mientras él intentaba acercarse a casa, en la calle Bataneros, sus cuatro hermanas y sus padres intentaban salvarse. Pero Eugenia, melliza de otra hermana, no lo consiguió. «Mi madre abrió una de las puertas para ver si podían salir y el agua invadió la habitación. Mi padre subió a mis cuatro hermanas a un colchón. Sus cabezas daban prácticamente con el techo. Parte de la casa se cayó y una de las vigas vistas golpeó a mi hermana con la mala fortuna de quitarle la vida», recuerda entre lágrimas. Una tragedia que marcó para siempre la vida familiar y que recuerda «como si hubiera ocurrido ayer mismo».  
Todo el mundo en Valdepeñas siente con dolor ese día. Hablar del 1 de julio de 1979 es aflorar una vivencia que lleva al llanto y al sollozo. Ese que tampoco pueden contener las propietarias del estanco situado en la calle Seis de Junio, otra de las principales vías afectadas por la riada. Sin poder contener las lágrimas recuerdan cómo el agua se llevó todo lo que tenían, desde el negocio (el estanco) y la vivienda hasta a su padre, que falleció cinco meses después. Se quedaron en la ruina y tuvieron que empezar desde cero, pero con esfuerzo y mucho trabajo pudieron levantar de nuevo el estanco, algo de lo que su padre «estaría orgulloso». A pocos metros del establecimiento, el bar Primi. Es una de las pocas construcciones que el aluvión dejó en pie. Vicente Luna aún sigue siendo uno de los camareros. La fuerte tormenta de entonces obligó a reformar un local que entre sus paredes guarda la esencia de esa tragedia de la que todo el mundo habla a pesar del transcurso del tiempo. «El bar se abrió en el 67 pero doce años después el agua se llevó todo, las mesas, las sillas… Valdepeñas se volcó con sus vecinos y todo el mundo ayudó», rememora mientras señala en la cafetera la altura a la que llegó el agua. Y es que las consecuencias de la riada aún permanecen. No solo en la memoria de los vecinos sino también en sus calles, donde por ejemplo en la calle Bataneros todavía permanece la señal del agua en una de sus paredes. En esta vía reside aún Juan Ros, quien a pesar  de «no sufrir ninguna desgracia» vio cómo algunas de las casas de sus vecinos se derrumbaban como si de plastilina se trataran.  
La solidaridad se impuso, y todo el mundo colaboró en lo que pudo. «Ayudamos a rescatar a los vecinos  atándonos una cuerda a la cintura y a los tractores. Fue un auténtico desastre. La gente se subía en las vigas derrumbadas de las casas para salvar su vida. El pueblo se volcó pero también los pueblos cercanos, y las familias ofrecieron sus casas y se proporcionó a los más afectados alimento y ropa seca», relata con tristeza Paco Ortega.  
Escalofriantes relatos y vivencias que permanecen en el tiempo después de 40 años. Valdepeñas no olvida ni quiere olvidar a sus víctimas. Y un monumento en su memoria en plena avenida 1 de julio con los nombres de las 22 víctimas así lo demuestra. Inaugurado hace tres años, en 2016, junto a los  nombres puede leerse la frase de «este paseo se creó en base a un precio que nunca se debió de pagar».  
Pero el recuerdo también se ha quedado plasmado en un libro, cuyo autor Eduardo Merlo escribió con motivo del 25 aniversario de  la tragedia. Periodista de profesión, no se considera historiador, ya que  su obra la define como un «análisis periodístico» tras la propuesta de uno de sus profesores de realizar un trabajo de investigación. Aquel suceso «despertó mi curiosidad». «Sentí que, a pesar de que en las pupilas de los supervivientes de la riada aún se podía ver el relato del pánico, la memoria era frágil y era necesario plasmar negro sobre blanco los excesos humanos». A partir de entonces, recopiló datos, documentos, fotografías y testimonios «desgarradores». «Con la dureza de su relato, verdaderamente se sentía el dolor de esas familias y daba la sensación de que en ese momento el agua entraba por la puerta».
Desde esa desgracia, «Valdepeñas ha integrado el sur con el norte, y lo ha hecho con una zona de bulevares que a día de hoy es un referente urbanístico en la provincia y en la región», dice Martín. Pero aún, y dentro del Plan de Tormentas que el Ayuntamiento ha puesto en marcha, se trabaja con la Confederación Hidrográfica del Guadiana (CHG), Adif y la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) para abrir el ojo del puente sobre el que cruza el ferrocarril a la salida del canal de la Veguilla por el casco urbano y que hace un embudo, «por lo que lógicamente hay que ensancharlo». Pero los tiempos cambian, y las nuevas tecnologías están cada vez más presentes. Así, el Consistorio trabaja también en la creación de una APP que «dará un sistema de alarma a todos vecinos que viven en las zonas del pueblo sensibles a sufrir inundaciones para tener un aviso de 48 horas de la evolución meteorológica. Darles toda una vía información a través de mensajes y whatsapp con las zonas de evacuación a las que se tiene que dirigir para evitar un punto de aglomeración».
Hoy no llueve en Valdepeñas pero cuando el cielo se rompe en truenos y comienza a llorar a borbotones los valdepeñeros sienten un escalofrío que les lleva de nuevo  al año 1979. Y de nuevo, las lágrimas y el recuerdo inundan la ciudad del vino.