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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Que el cielo la juzgue

21/01/2022

Existen buenas personas que creían que Joe Biden iba a sanar la política norteamericana tras el paso del mercurio Donald Trump. Ese colectivo va menguando con rapidez ya que el análisis de partida era erróneo. El político que más ha hecho por fracturar ese país fue Barack Obama; su retórica, raza y ausencia de frenos morales le hacía intocable. Trump fue una respuesta cómoda de una parte de la población acosada por la intolerancia de la izquierda radical pero no el personaje que necesitaba la nación; por desgracia, es posible que no sea un vago recuerdo.

Joe Biden ha dado dos discursos donde ha atacado sin piedad, acusando de racistas y traidores a quienes no apoyan sus medidas. Lo más impactante es que un antiguo senador como él, pretenda retirar las mayorías cualificadas que hacen del Senado el contrapeso al presidente. Estados Unidos parece una democracia disfuncional; sin embargo, es su miedo a la concentración de poder la que permite que sea un faro de libertad.

El problema es que su partido está dirigido por una élite tan radical que la disidencia se combate con la misma dureza social que en época de Stalin, salvo que sin la eliminación física del contrario. La libertad de expresión, de conciencia o el respeto a la propiedad privada nunca han estado tan en peligro. La intolerancia y el odio han transformado una sociedad ingenuamente optimista en un gueto de terror dictatorial de lo políticamente correcto. Todas las corrientes nuevas rechazan la libertad, porque solo ellas saben lo que está bien al estar formadas por personas con nobles intenciones.

La izquierda radical se niega a reconocer que se ha transformado en tribal, intolerante y rápida en los odios. La derecha, concepto cada vez más difuso e informe, se defiende con las mismas armas. El resultado es un país destrozado por dentro, cuando hace poco su seña de identidad era una confianza casi infantil.

Los europeos siempre hemos despreciado esa seguridad de una nación por hacer lo correcto en el momento histórico preciso. No dudo que seamos más cultos, formados y prudentes, pero recordemos que nos salvaron en el siglo XX en dos ocasiones. La democracia asume la diversidad de criterio y la libertad para su ejercicio. Necesitamos recuperar el amor por la discrepancia y la diferencia. Respetar la dignidad humana exige aceptar puntos de vista distintos, porque son legítimos. Y desde luego, hay que acabar con el infantilismo victimista.