Bajo un manto de lágrimas

Nieves Sánchez
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El cielo rompió a llorar minutos antes de la entrada de la patrona, portada por 30 hombres y mujeres desde su santuario a la ermita de Santa Antón. Cientos de carrioneros acompañaron y recibieron a su patrona pese a la lluvia y el frío

Bajo un manto de lágrimas - Foto: Rueda Villaverde

La fe se mueve caminando, al ritmo de un tambor, a paso rápido, portando con la fuerza de la devoción a la Virgen de la Encarnación, la patrona y «madre de todos», la luz de Carrión. Bajo un cielo gris brotando lágrimas entró al pueblo esplendorosa, arropada por cientos de personas. No importó la lluvia y el frío, los carrioneros volvieron a demostrar su amor incondicional a la Virgen, que fue trasladada por 30 hombres y mujeres, en cinco relevos, desde su santuario hasta la ermita de San Antón.
El cielo aún no lloraba, pero muy poco le faltaba para desbordarse en un mar de lágrimas. Estela y Carmen aguardaban con sus hijos al final del camino del cementerio, en el cruce con la carretera de Fernán Caballero, esta vez dentro del coche. Ha sido el primer año de toda su vida que no acompañan a la patrona desde su salida. «Todos los años venimos andando con ella, pero esta vez vimos la previsión del tiempo y hemos decidido esperarla aquí, la acompañaremos a su regreso». Eso sucederá dentro de 40 días, cuando la Virgen vuelva de nuevo al santuario de la Encarnación, muy cerca del antiguo castillo de Calatrava la Vieja, para vivir con todos los carrioneros el día de su romería. 
Puntual, a las cuatro de la tarde, se producía la salida a seis kilómetros de Carrión, donde se vive uno de los instantes más emotivos de la jornada, cuando los portadores, que son elegidos por sorteo un año antes, sacan a la Virgen prácticamente a ras del suelo para una vez atravesado el quicio de la puerta levantarla entre aplausos.

Bajo un manto de lágrimas
Bajo un manto de lágrimas - Foto: Rueda Villaverde
Es el día más especial de la Feria y Fiestas de Carrión, una de las primeras en celebrase de la provincia. Se notaba en los rostros, en las conversaciones y en las miradas tristes clavadas en un cielo al que pedían tregua, sólo unos minutos de su tiempo para que la patrona no se mojara. No ocurrió, pero la intensidad de la lluvia no fue como la del día anterior y la Encarnación realizó el recorrido de cinco kilómetros por el camino sin el impermeable que se le suele colocar en caso de necesidad. 
A las puertas de la iglesia esperaba ya la comitiva, encabezada por la alcaldesa, Ana María López, junto a los pregoneros de las fiestas de este año, concejales, representantes municipales de otras localidades cercanas y miembros de la hermandad. «Somos un pueblo de fe, de mucha devoción a nuestra Virgen, por eso aunque haga mal tiempo venimos todos a esperarla, tanto los que vivimos durante todo el año en Carrión como nuestros paisanos que tuvieron que emigrar y regresan estos días». Ana María López esperaba el momento de la entrada emocionada, para pedirle a la patrona salud, por encima de todo, además de «cordura y sentido común» en los tiempos que se viven. 
A su alrededor, jóvenes, mayores, en familia, con muchos niños; los carrioneros se iban sumando con paraguas y chubasqueros. Había llanto en el cielo y lágrimas en el suelo cuando puntual al reencuentro con sus vecinos, a escasos cinco minutos de las cinco de la tarde, se empezó a escuchar el tambor, la algarabía y los aplausos, los !Vivas la Virgen de la Encarnación! 
Bajo un manto de lágrimas
Bajo un manto de lágrimas - Foto: Rueda Villaverde
Asomó brillante con su manto blanco, en volandas, y empezó a escucharse el himno nacional justo enfrente de la puerta del cementerio donde los portadores levantan en vuelo a la patrona y la giran para que mire y ampare a los ausentes, a los que ya no están.
Y de ahí, arropada por sus vecinos, entró en la ermita de San Antón, donde los hermanos empezaron a prepararla para su entrada triunfal en procesión por la noche en la plaza de la Constitución, alrededor de las diez, bajo el sonido del espectáculo pirotécnico, los vivas y el amor de los carrioneros, que ayer imploraban al cielo para que parase de llorar y la dejara caminar por las calles del pueblo.


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