Rafael Torija: «Pobres hubo, hay y habrá toda la vida»

M. Sierra
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Rafael Torija: «Pobres hubo, hay y habrá toda la vida»

Reproducimos la última entrevista realizada al primer obispo emérito de Ciudad Real. Se publicó en la Nochebuena de 2011.

Un paseo por el parque Gasset, «por prescripción médica», un acto litúrgico en alguna de las parroquias de Ciudad Real, porque uno no se jubila de la Iglesia, además de unas horas de lectura y una buena conversación. Así transcurre el día a día del obispo emérito Rafael Torija cuando no le toca diálisis, en Ciudad Real, el municipio que le adoptó en 1976 y donde asegura que se siente como en casa. Es normal, Torija fue testigo de primera fila de cómo la ciudad se hizo mayor. 
Lo de obispo le vino de golpe, no se lo esperaba, y aunque reconoce que dudó al principio, terminó por aceptar el cargo. «Cuando me lo dijeron creí que todavía no estaba preparado, pero terminé por aceptar». Tenía 49 años, estaba en Madrid, y ya tenía algo de experiencia aunque como obispo auxiliar de Santander. Finalmente aceptó y se convirtió en el décimo obispo de la diócesis que, hasta ese momento, y desde 1955, había estado dirigida por Juan Hervás y Benet, que «renunció por enfermedad después de 21 años», recuerda Torija. 
Más allá de una visita esporádica, Rafael Torija asegura que no conocía la capital. Aunque no debió tardar mucho en conocerla. Primero, porque la recuerda «como una ciudad pequeña» y segundo, porque la gente enseguida le mostró su afecto, «haciéndome sentir en casa». 
A sus 84 años, se le nota su experiencia tras el púlpito, contesta a las preguntas sin titubeos, hilando una conversación con otra y volviendo si es necesario sobre lo dicho cuando ve que la respuesta va más allá de lo previsto. Precisamente, lo de su llegada a Ciudad Real le lleva a hablar de dos momentos históricos que en su opinión marcaron el antes y el después de la capital: la llegada del AVE y de la puesta en marcha de la Universidad de Castilla-La Mancha. Del primero destaca con el asombro propio de los niños que «fue todo un acierto» que el tren de alta velocidad parara en Ciudad Real, porque ponía a esta ciudad al lado de Madrid y varias ciudades de Andalucía. En el segundo se detiene el tiempo necesario para reconocer que la llegada de la Universidad a la capital supuso en parte su «resurgimiento». «Ahora creo que están construyendo un nuevo edificio, el de Medicina, ¿no?», apostilla. No anda del todo desencaminado, en marzo de 2011 se puso la primera piedra de la nueva facultad, aunque la construcción está paralizada. 
En este contexto es fácil entrar en el tema de la crisis. Y tan fácil como es entrar para La Tribuna en esta materia, lo es para Torija salir de ella. No es de los que se mete en temas de economía, afirma, porque él no es experto en macroeconomía. Otra cosa muy distinta es hacerlo de lo que él conoce, de las personas y de cómo se ven afectadas por esta crisis que ha traído «más pobreza y más parados». Ahí no tiene problemas para hablar y empieza resumiendo la situación en «casi cinco millones de parados». «Esta ha sido una de las más grandes que ha vivido el mundo», reconoce, aunque «no es el peor momento que ha vivido España». Sabe de lo que habla. Es un niño de la guerra y de la posguerra, vivió la época del hambre. «Entonces no había Seguridad Social», comenta «y la sanidad había que pagarla». Habla desde la experiencia, la misma que ahora le da serenidad para afirmar que «pobres hubo, hay y habrá toda la vida». Esta sentencia le sirve para elogiar uno de los grandes méritos de la Iglesia, que «lleva años luchando por acabar con esta situación». Pone como ejemplos organizaciones religiosas como Cáritas o Manos Unidas. 
No habla de oídas. Esos recuerdos son gratos y como tal los rememora sin apenas lagunas. Se nota que estuvo en primera línea de esta batalla contra la pobreza. Fue en su época de consiliario general de la Acción Católica en Madrid, subraya, junto a Manos Unidas, «que es una institución que puso en marcha Mujeres de Acción Católica». Con ellos viajó a Calcuta, mucho antes de llegar a Ciudad Real, «todavía vivía la Madre Teresa, pero no llegué a saludarla». Recuerda aquel viaje como «impresionante» e «impactante», sobre todo la visita a lo que allí llamaban hospital, «que no era otra cosa que una gran nave en la que iban acumulando todos los enfermos y moribundos que se encontraban por las calles». 
Ahora no viaja, más allá de una visita esporádica para ver a sus sobrinos, pero antes sí lo hizo. El de la India fue solo uno de los muchos viajes que conforman la vida de este obispo ahora emérito. Se acuerda de todos, pero se le ilumina de manera especial la cara cuando habla de Roma. Allí pasó tres años «inolvidables», y eso que al principio no tenía muy claro si ir o no. Era la época de Juan XXIIIy ni se imaginaba que llegaría a convertirse en obispo. Allí estudió Ciencias Sociales en la Universidad Gregoriana con una beca. Lo de marcharse a Italia redujo su experiencia como cura a poco más de un año. «El primer año estuve como cura en Castillejar, que era un pueblo muy pequeñito. Me mandaron porque el sacerdote estaba enfermo de tuberculosis, que en aquella época era una enfermedad muy corriente». La salud del titular mejoró y a Torija le nombraron sacerdote de Riopar, «donde estuve poco más de un mes». La causa no fue otra que el cardenal Pla y Daniel de Toledo le ofreció irse a estudiar a Roma. Tenía apenas 26 años. 
En aquella época coincidió con el papa Juan XXIII, aunque será con el papa Juan Pablo II con el que tenga más relación: «Los obispos tienen que reunirse con el Papa cada cierto tiempo, es lo que se llama la visita ad limina (a los umbrales de la fe) y en esas visitas el santo pontífice se reunía con todos, comía con nosotros y luego nos atendía uno por uno». Menos contacto ha tenido con el papa, Benedicto XVI. Lamenta concretamente haberse perdido gran parte de los actos de las pasadas Jornadas Mundiales de la Juventud, celebradas en Madrid, pero entiende que «la edad da unas limitaciones» con las que hay que convivir. 
A la pregunta de cuándo decidió dedicar su vida a Dios con la que cerrar la entrevista, Torija sonríe buscando la respuesta que bien podría resumirse repasando su trayectoria vital. Su familia quería que siguiera estudiando, «pero mis padres no podían», y entonces alguien, su madrina, propuso como opción la de ir al seminario. En aquella época había que hacer un examen para entrar. «Aquello me gustó -dice- y aunque en aquella época no tenía muy claro lo que era ser cura, el seminario me fue haciendo entender que aquello era lo que yo quería». Por la sonrisa que acompaña estas palabras, es fácil intuir que no se equivocó.