La doble cara de Rivera

Leticia Ortiz (SPC)
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La doble cara de Rivera

Mimado por las encuestas, el catalán está considerado como el 'yerno ideal' desde su irrupción como líder de la nueva política. Las 'balas amigas' le tachan de autoritario, mientras que las 'enemigas' ponen el foco en sus contradicciones ideológicas

Con Adolfo Suárez como «ídolo político», no es de extrañar que Albert Rivera se convirtiera casi de la noche a la mañana en el yerno ideal para media España, como ya le sucediera al abulense cuando llegó al Gobierno para pilotar la Transición. Los votantes de a pie cayeron rendidos a sus encantos, pero no fueron los únicos. Grandes empresas, bancos, y hasta los quemados de PSOE y PP sucumbieron al barcelonés, sobre todo, tras su llegada al Congreso, después de haberse hecho un nombre político en Cataluña. 
Joven, bien preparado, con buena imagen y seguro de sí mismo, la irrupción de Ciudadanos en el panorama nacional tuvo mucho que ver con el carisma de este exempleado de banca del que sus colaboradores siempre destacan «su capacidad de trabajo», al tiempo que niegan con rotundidad las acusaciones de autoritarismo y personalismo. Más allá de los piropos de aquellos que trabajan codo con codo con el barcelonés, las encuestas también miman al presidente naranja. A pesar de no aprobar -algo que sucede con todos los dirigentes políticos del Congreso-, su valoración ha sido la más alta en las encuestas casi desde que entró en el Hemiciclo, prueba de que los españoles se han dejado conquistar por él. Otra cosa son las urnas, donde Ciudadanos no ha llegado nunca a concretar los mejores augurios que le han vaticinado los distintos sondeos.
Pero, aunque los resultados en las distintas elecciones no han sido tan buenos como en la propia sede naranja esperaban, el liderazgo del catalán no se cuestiona. Ni siquiera la crisis interna desatada en la última semana han hecho temblar su silla. «Sin Albert Rivera, Ciudadanos hubiera fracasado al cabo de un año», señala Francesc de Carreras, uno de los fundadores del partido y muy crítico con el barcelonés que, sin embargo, no duda en reconocer la importancia de su figura.
Más allá de la imagen, en su mensaje siempre ha sido especialmente valorado su oposición al independentismo. La formación naranja fue la voz discordante en una Cataluña que empezaba a vislumbrar ya la ruptura social encabezada por los secesionistas. Un asunto denunciado con insistencia desde el Parlament por el propio Rivera, que hizo bandera de esa reivindicación al saltar a la política nacional.

Las primarias de cara a las autonómicas del pasado 26 de mayo y el no a la investidura de Pedro Sánchez han desatado las críticas hacia un Albert Rivera que, hasta ahora, solo había recibido opiniones negativas desde las líneas enemigas. Sin embargo, algunos de los que fueron sus compañeros en la fundación de Ciudadanos se han unido al coro de reproches contra el catalán.
«Es un príncipe cada vez más ensimismado y solitario», señala Arcadi Espada, actor fundamental en el nacimiento de la formación naranja que insiste en uno de los supuestos defectos que siempre se ha achacado a Rivera: su personalismo. Desde la irrupción de Cs en la política nacional se ha hablado del «hiperliderazgo» del presidente del partido. Curiosamente, una crítica que comparte con su rival político más alejado ideológicamente, Pablo Iglesias. Ambos han sido acusados de autoritarios en su manera de dirigir las formaciones. «Es desleal, personalista y autoritario». Así lo defendía el PP en un documento interno que data de la época de Mariano Rajoy.
«Albert Rivera es una creación, un producto. Es un actor las 24 horas del día. Un fraude», así de duro se muestra Carlos Delgado, antiguo socio político de Ciudadanos
Por otro lado, en su pelea por desbancar a Pedro Sánchez, el líder naranja decidió en campaña pescar en las filas del PSOE y del PP. Una estrategia que, unida a los distintos pactos del partido tras las autonómicas y municipales, han acrecentado la fama de «veleta» del barcelonés, al que muchos críticos achacan sus contradicciones ideológicas. El veto al madrileño y su supuesto acercamiento al partido de Abascal, con la foto de Colón como mayor ejemplo, se utilizan también como argumentos ilustrativos de esta supuesta deriva de un dirigente que se definía a sí mismo como liberal. Esa relación con los ultraderechistas ha acabado con la ruptura con Manuel Valls, una de sus grandes apuestas, además de con una polémica con quien siempre quiso compararse, el presidente francés Enmmanuel Macron.