El lunes nos dirán a quién hemos votado

Antonio Pérez Henares
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Los partidos políticos guardan con celo su estrategia de gobierno hasta que se conozca el resultado, sin importarles que sus pactos traicionen a su electorado

El lunes nos dirán a quién hemos votado - Foto: Ricardo Rubio - Europa Press

Este domingo votamos. Lo que no sabemos es lo que van a pasar después con nuestro voto. El lunes empezaremos a enterarnos, de verdad, a quién y para quién hemos votado. Nunca antes, porque eso es sobre lo que una cada vez mayor ristra de políticos ensaya las 100 maneras de contestar a la pregunta sin contestar nada. Pura jerga de toda la estirpe, vieja, nueva y mediopensionista. Antes de aclarar qué tienen pactado o con quién piensan hacerlo son capaces de cualquier cosa excepto una. Decir la verdad, algo cada vez más prohibido en ese mundo.
Es, sin duda alguna, un hurto deliberado y una traición a su electorado. Es negarles una información vital trascendente. Pero ya nos parecemos haber acostumbrado a ello y a que una vez conseguida la papeleta hagan con ella lo que les venga en gana. Ya es suya y ya no se la podemos quitar, ya les hemos dado lo que querían, lo único que querían de nosotros y ya nada podremos hacer por cambiarla. 
Conseguido el escaño de concejal o de diputado autonómico llegará la hora del zoco y el mercadeo. O se destapará lo que ya estaba comprometido y comprado. Nos robarán ahí, como cada cuatro años, algo que nos quitaron de inicio y que nadie ha querido devolvernos. Que a alcaldes y presidentes de comunidad podamos elegirlos directamente los ciudadanos, como se hace en toda Europa, en una segunda vuelta entre las dos listas más votadas. Pero eso era restar a los partidos poder y que lo tuviera el votante. Y por eso, ya les adelanto, ni los unos ni los otros ni los viejos ni los nuevos van a proceder a tal cambio. Dirán que sí, pero luego harán que no y le echarán la culpa al contrario.
Será, pues, tras el 26-M, cuando empecemos a saber para quién hemos votado aunque hayamos votado a otro. Y ¡ojo!, que lo que vale para un lugar puede no valer para el otro. Que los enjuagues pueden ir por regiones, por ciudades, por pueblos y hasta por barrios. Es una burla a la ciudadanía y un elemento más de degradación democrática. Asumida ya como normal y con vaselina. No tan esperpéntica ni tan sangrante como la vivida en el Congreso, pero en esa misma dirección hacia el despeñadero al que parece que nos vamos enfilando sin remedio. El del descrédito, el arrumbe y puede que el preludio mismo de la voladura de nuestras instituciones, de nuestra propia democracia y de la convivencia aparejada a ella.
Decirlo me causará que me acusen de catastrofista. Igual que lo hacían cuando algunos osábamos decir que había una operación perfectamente organizada y grave riesgo de un intento separatista de desguace de España y se reían y hacían aspavientos burlándose con aquello de «¡Se va a romper España, ja, ja,ja! Pues están en ello y van ganando y los que lo decían y lo dicen ahora, el zapaterismo rampante de entonces y el social-sanchismo de hoy, estaban y están en el Gobierno y eran y son los responsables de preservar la nación de tan extremo peligro. Ya ven como se afanan en ello y como la Batet, que votó en tres ocasiones con los secesionistas la aceptación del derecho a decidir de ellos, o sea expropiárnoslo a todos los españoles, es quien preside el Parlamento de España donde reside la soberanía popular, que precisamente ella es partidaria de que nos roben y repartirla en cachos.