Recuperar uno de cada dos días

HIlario L. Muñoz
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Recuperar uno de cada dos días

La solanera Gregoria Palacios recibió un riñón sano en 2018 tras 22 meses en diálisis. Un órgano que le da vida y tiempo en vida

El 21 de septiembre del pasado año será la fecha en que la solanera Gregoria Palacios volvió a nacer. Ese día recibió un riñón sano, tras pasar los últimos 22 meses acudiendo tres días a la semana, uno de cada dos, a diálisis. «La vida cambia total porque ahora mismo tendría que estar en diálisis, llegar a las dos a casa, y después no me apetecía ni comer, solo dormir, echarme en la cama».  De este modo no se trata solo del tiempo ganado a la vida gracias al trasplante sino de la vida ganada, al no tener que montarse en una ambulancia cada dos días, pasarse horas enganchada a la máquina y disfrutar solo uno de cada dos días. «Era un engorro pero es la vida, porque si no vas a diálisis sabes que falleces».
La enfermedad en su riñón comenzó muchos años antes, cuando tenía 9, por una púrpura de Schönlein-Henoch, una enfermedad infantil que puede llevar al fallo renal, como finalmente fue su caso. «He estado 50 años manteniéndome y hacía una vida normal, con mi familia, mi casa...», hasta que su riñón ya no pudo más. «He estado controlándome con mis medicaciones y revisiones pero llegó un momento en que el riñón ya no funcionaba», explicó Palacios, quien inició el tratamiento en el madrileño hospital Gregorio Marañón, donde le trataban de la púrpura, desde el que pasó al hospital de Ciudad Real para el tratamiento de la diálisis.
El trasplante del otoño pasado ocurrió a la tercera vez que le llamaron para hacérselo y es que hay que tener en cuenta que lo normal es que cada vez que hay un órgano posible se llame a varios receptores, para garantizar la compatibilidad. En este sentido, Palacios explicó que le llamaron muchos antes, en noviembre de 2017, la primera vez pero llegó y «había otras dos personas que fueron trasplantadas y esas personas fueron las trasplantadas y yo no». «Te vienes con la moral por los suelos», argumentó, cuando casi acariciaba una mejora de su día a día. «Eso fue un viernes y luego después me llamaron el lunes para decirme que ese riñón era para mí, no era para más personas» pero al llegar al hospital vieron el órgano y consideraron que estaba «dañado» o «con algún problema» y tampoco recibió el trasplante. Un año después fue cuando le llamaron.
Entre medias hubo muchos nervios y llamadas a sus compañeros de Alcer. «A ver si se van a olvidar de mí», les decía, porque «pasaban los meses y no llamaban». «Estaba en un sin vivir», explica esta solanera, que en aquellos largos días nunca soltó el móvil, «hasta dormía con él», por si había una urgencia. Al final fue un viernes a las 10.30 horas cuando le llamaron para que se presentara rápido en Toledo, porque había un riñón para ella. «Nos presentamos dos personas y tuve la suerte de que fue para mí».
Gregoria Palacios recuerda que de la operación de su trasplante se va recuperando poco a poco. «Llevo seis meses y el riñón funciona bastante bien y me ha cambiado la vida total, porque cada vez noto que tengo más fuerzas y que estoy bastante mejor», expuso, aunque el trasplante no es el final de la enfermedad. En su caso debe seguir tomando «pastillas a horas determinadas» y dialoga con alguno de las otras personas trasplantadas en su municipio, como un hombre que lleva 20 años con un nuevo riñón, para conocer cómo se fue reponiendo y que se le pase el miedo al rechazo que todavía tiene. «Me da miedo volver otra vez a la diálisis, porque estás siempre pendiente de la máquina y no te deja», afirmó Palacios, como un modo de mostrar ese «cambio de vida» que resalta que le ha dado el trasplante. «Ahora tranquilamente hago la vida, me levanto y no vas pensando, todo el día, mañana me toca la diálisis. Ahora estoy tranquila».