La cruz del ermitaño

B. Palancar Ruiz
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Una expedición de espeleólogos encuentran la supuesta insignia que portaba el franciscano de Cifuentes cuando fue asesinado en 1905

La cruz del ermitaño - Foto: Javier Pozo

El pueblo de Cifuentes vive una revolución estos días a raíz del hallazgo de la que podría ser la cruz que perteneció a Bibiano Gil, un fraile franciscano que vivió en la villa a principios del siglo XX atendiendo la Cueva del Beato y realizando obras de caridad y atendiendo enfermos.
Aunque hayan transcurrido 114 desde el asesinato del ermitaño de Cifuentes, hemos podido comprobar que el hallazgo de una cruz que supuestamente pertenecería a Bibiano Gil demuestra que la historia de este ermitaño sigue viva entre los vecinos porque son muchos los interrogantes que se mantienen sobre las circunstancias de su muerte y lo que la pudo motivar.
 Tal es la repercusión que está teniendo, ahora, el hallazgo de la cruz en la sima de donde fue restacado el cuerpo sin vida del fraile unos días después de su desaparición en 1905, que el Ayuntamiento de Cifuentes quiere exponer la pieza cuanto antes, esta misma Semana Santa, en una vitrina en la oficina de turismo para que todos los cifontinos puedan admirarla.
historia y espeleología. Dos términos tan diferentes, una vez más, se dan la mano como hilo conductor de un relato por el que muchos conocerán, o al menos recordarán, al ermitaño Bibiano Gil.
Todo comienza un domingo cualquiera de finales del mes de febrero. Curiosamente, en fechas muy cercanas a la desaparición del ermitaño de Cifuentes que se produjo el 21 de febrero de 1905. Un equipo de espeleólogos integrado por dos miembros del grupo Espelo50, otro de Asodeka y uno más de La Kasa Nictalus se adentraron en la sima del fraile cercana a la villa cifontina para pasar una mañana realizando una actividad que les apasiona. Se trataba de un grupo integrado por personas noveles, por lo que el ritmo de descenso era lento. Los miembros más expertos decidieron aprovechar al máximo este trayecto para recoger algunas de los deshechos que los incívicos dejan o tiran a la cueva como pilas, plásticos y hasta restos de un televisor. Cuando se encontraban a una profundidad de 70 metros, uno de estos aficionados a la espeleología, Hugo Arcas, apreció que en la parte alta de una montaña de sedimentos asomaba parte de una pieza metálica. Al tirar de ella, se dio cuenta que se trataba de una cruz de bronce que aún conservaba madera incrustada en su armazón.
Se encontraban en la sima del fraile, denominación que hizo que Hugo consultara la ficha técnica que siempre lleva consigo cuando realiza una jornada de espeleología para conocer el mapa de la cavidad y las notas topográficas necesarias para realizar la actividad con seguridad. En ella, advirtió que se realizaba una pequeña descripción del personaje que daba nombre a la sima, Bibiano Gil, del que decía que su cadáver había sido rescatado el 5 de marzo de 1905. Este hecho llamó su atención y comprendió que la cruz que había encontrado podía haber pertenecido a este fraile.
La vida del ermitaño presenta a un niño que fue entregado a la Inclusa con un papel en el que se decía cual era su nombre completo, señalando que era hijo natural del acaudalado terrateniente Antonio Gil Leceta, y que estaba bautizado. A una edad temprana, Bibiano toma los hábitos franciscanos y recorre parte de Europa. Gracias a una dispensa que obtuvo del Papa, llega en 1904 a la villa de Cifuentes para ocuparse de atender el santuario de la Cueva del Beato. En aquel momento, la vivienda principal estaba ocupada por un pastor y su mujer, Vicente del Olmo y María Crespo, que cuidaban las tierras de labor y el rebaño de este lugar sagrado y continuaron habitando este lugar porque el ermitaño considera que era posible la convivencia. Fueron unos meses los que el fraile estuvo en la villa pero tiempo suficiente para ganarse el cariño de los cifontinos. Aún hoy recuerdan que son muchas las obras de caridad que realizó dando limosna a los más necesitados y la ayuda que prestó a los enfermos abasteciéndoles de víveres.
«Lo que cuentan en Cifuentes de él, es todo muy bueno», dice Faustino Batanero, vecino de la localidad y autor del libro Cueva del Beato, donde cuenta también la historia de Bibiano, y que, por ello, conserva reproducciones de muchos de los artículos publicados en periódicos locales y nacionales de entonces como El Imparcial, El País, Nuevo Mundo o Flores y Abejas.
El fraile desapareció en plena celebración del Carnaval, un 21 de febrero de 1905. Como era frecuente su visita a los enfermos, pronto le echaron en falta. Las investigaciones arrojaron algunos detalles inciertos. Hoy en día, se recuerda aquellos que contaban que unos caballeros habían visitado al ermitaño en esos días para ofrecerle dinero y que el móvil del asesinato pudo ser quedárselo, otros mantienen que fueron los celos los que lo motivaron, mientras que hay quien piensa que la hermana del fraile, heredera legítima de una fortuna, pudo intervenir para evitar que su hermanastro reclamara la parte que le pertenecía de su herencia. Nada de esto se pudo constatar en el juicio. Solo había certeza de unos testigos que vieron como alguien se encontraba por el paraje de la sima que luego recibió el nombre del fraile acompañado de una mula con el serón bien cargado.
Este testimonio hizo posible que un vecino de Cifuentes, el albañil Perfecto García, descendiera hasta el final del primer pozo de la sima, situado a 45 metros, para rescatar el cadáver. Se movilizaron grandes medios para conseguirlo, contando con el interés del Gobernador Civil de la época, como maquinaria de las minas de plata de Hiendelaencina o personal procedente de la Escuela Militar de Ingenieros de Guadalajara. El cuerpo sin vida de Bibiano, por decisión popular, fue enterrado en la Cueva del Beato y su sepultura fue costeada por el pueblo. Tras finalizar su sepelio, nació una tradición de repartir pan a los pobres que se mantuvo durante muchos años en la villa cifontina en el jueves anterior a la celebración del Corpus Christi.
El pastor y su mujer fueron detenidos, juzgados y condenados por este crimen por las contradicciones de sus testimonios y otras pruebas como el diario del fraile y las pesquisas aportadas por los periodistas Manuel Fernández Weiss y José Serrano Batanero durante las jornadas del juicio.
museo y limpieza. «Desde el primer momento, contacté con el Ayuntamiento de Cifuentes porque quería donar la. Creo que es cultura popular», mantiene Hugo Arcas.
El Ayuntamiento de Cifuentes, a través de la historiadora y arqueóloga que atiende la Oficina de Turismo, Luisa Alcázar, ha realizado todas comprobaciones que tiene en su mano para constatar que la cruz habría pertenecido a Bibiano. Está realizada de una pieza en bronce y mantiene incrustaciones de madera y una pequeña pieza metálica en la que se puede leer parte de la inscripción de INRI. «La cruz en sí no tiene ningún valor material pero sí valor sentimental para el pueblo», comenta Luisa que mantiene que no es necesaria su restauración y aboga por su exposición en la Cueva del Beato.
No obstante, el concejal de Cultura cifontino, Marco Campos, desvela que los planes del Ayuntamiento pasan por exponer en los próximos días, como muy tarde en Semana Santa, esta cruz en una vitrina en la Oficina de Turismo de la localidad a la espera de que se acondicione el museo de cultura y tradiciones de Cifuentes que estaba proyectado en la planta superior del antiguo convento de Santo Domingo, mismo lugar de la oficina turística y, casualmente, cárcel donde retuvieron a los que fueron declarados culpables del asesinato.
«Nosotros ya teníamos en mente hacer un museo de la localidad. Con la cruz, vamos a acelerar un poco ese proceso. En otoño de este año, podría estar en marcha», anuncia el edil, Marco Campos. Un centro que se completaría con unos mosaicos romanos de Gárgoles de Arriba, la partida de nacimiento de la Princesa de Éboli, los títulos de propiedad del Señorío de Cifuentes del infante don Juan Manuel, pinturas o fotografías.
Por su parte, a los espeleólogos les gustaría que el hallazgo contribuya a obtener un compromiso institucional para limpiar el interior esta y otras simas. Un trabajo de voluntarios que creen que debería contar con la Federación de Espeleología de Castilla-La Mancha que ha invertido en dotar a esta cueva de medios materiales que faciliten el acceso de grupos, recibiendo la denominación de sima-escuela por este motivo, y haciendo posible la organización de cursos de rescate y de iniciación a lo largo de las últimas décadas.