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Lorenzo Trujillo

Lorenzo Trujillo


Hora de elegir

09/02/2021

Mi nombre es Lorenzo Trujillo Díaz. Soy cura católico, párroco y profesor de Teología. Imagino que más de uno, apenas leído esto, dejará la lectura jurando por lo bajo contra estos curas que se meten en todo sin tener idea de nada. Cuento con ello. Perdonen.

La reflexión que les ofrezco toca temas políticos sin duda, pero no es un escrito político ni de políticas concretas; son asuntos públicos que van mucho más allá de la política de partidos para afectar hondamente a la convivencia e, incluso, a la vida íntima. Va dirigida a cualquier persona, creyente o no; la finalidad es el despertar a una realidad que no se quiere mirar de frente. El fondo antropológico del escrito es, sin duda, cristiano. Y para orientar desde el comienzo la lectura del mismo, ofrezco como prólogo un cuentecillo escrito hace unos años; es como anticipar el final para leer con más atención:

"UMBILICATUS"

Un sueño en la Noche de Navidad

¿Qué misterio se esconde en los sueños? Nuestros antepasados pensaban que en ellos nos hablaban los espíritus, o Dios quizá. Les voy a contar un sueño que tuve el día de Nochebuena del año 2007. Entonces me pareció larguísimo; les relato lo que recuerdo tal como lo recuerdo:

Estoy en una nave futurista, sin ruidos, sin colores; llena de luz blanca e hiriente. Va muy llena pero yo viajo solo. Desembarco en un gran aeropuerto; me veo en medio de una masa que me absorbe y me conduce al control de desembarque. ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Adónde voy? La multitud empuja y conduce hacia el control. Una muchedumbre inmensa pero silenciosa, disciplinada; paso a paso y todos al tiempo; me recuerda las multitudes en las procesiones de Sevilla: el pasito a pasito que evita accidentes por aglomeración. ¿Esta gente no habla? Pregunto a uno que camina pegado a mí dónde estoy; ni me mira. Un pensamiento me sorprende: ¿estaré rodeado de robots? Sonrío: ¿cómo se me habrá ocurrido? Llego al control. Paso por unos escáneres controlados por un sujeto con cara de aburrido. Pero, ¿es que hacen radiografías a los viajeros?

De pronto, el sujeto aburrido se despierta con los ojos abiertos como platos; me mira y grita como un histérico mientras me señala con el dedo en medio de aquel silencio inhumano: ¡UMBILICATUS!, ¡UMBILICATUS!, ¡UMBILICATUS! Todos se apartan de mí, como horrorizados; quedo aislado, aparecen unos guardias de blanco impoluto y me llevan con ellos mientras la masa se aparta abriendo un pasillo amplio. Pienso: ¿traeré alguna enfermedad contagiosa? No creo; seguramente me han confundido con un criminal famoso llamado Umbilicato o algo así. Se aclarará, se aclarará, me digo. Me llevan por un pasillo inmenso, sin que mis pies den en el suelo, como si flotara.

Estoy en una sala muy parecida a la nave en que llegué. Todo transparente, blanco, luminoso, aséptico. Entra alguien con aspecto de autoridad. Se sienta y me invita a que me siente, aunque no veo asientos. Hago el gesto de sentarme para llevarle la corriente, y siento la dureza de un respaldo que no puedo ver. Me observa con curiosidad, como a una especie extinguida. Le pregunto quién es ese Umbilicatus, le digo que mi nombre es otro, que ha habido una confusión, que puedo demostrarlo...

Hace un gesto de superioridad y dice:   

—“Umbilicatus” no es el nombre de un sujeto, sino la designación de quien tiene ombligo. ¡Usted tiene ombligo!

No puedo evitar romper a carcajadas:

—Por supuesto que tengo ombligo. ¿Usted no?

—No, yo no tengo ombligo. No he necesitado de madre para nacer. No tengo esa señal de atadura, de dependencia, de esclavitud, que usted tiene. Nadie en este mundo tiene ombligo.

—O sea —le digo— que aquí la evolución ha tomado otros caminos…

—Nada de evolución. Ha sido la decisión. La decisión de unos cuantos sabios y un largo y trabajoso camino.

No puedo menos que pensar: ¿y para qué tanto camino? Él parece adivinarme:

—¿No se da cuenta? Ya no hay ombligos: nadie procede de la decisión de otros; no hay dependencia de una pasión, de la carne y de la sangre; no hay amores que hunden en la miseria, no hay sexo débil ni fuerte, no hay divisiones. El ser humano se ha integrado; sus dos mitades —masculina y femenina— se han integrado: ¡somos el Andrógino! Sin padre y sin madre, sin parentesco, sin lazos, sin sufrimientos. Cada uno hace su vida respetando las normas superiores, las leyes del Estado providente; unas leyes democráticas. Es la paz que el mundo había soñado.

—Muy bien. Allá ustedes con su sistema. Yo prefiero marcharme a mi mundo, regresar a la tierra, quiero seguir siendo humano.

Cuando digo esto, me mira como quien contempla a un idiota incapaz de comprender.

—Pero, ¿es que no entiende? Usted no puede volver a ningún sitio. Usted, no sé por qué casualidad, ha viajado al futuro; ESTA ES SU CIUDAD, SU MUNDO… DENTRO DE UNAS DÉCADAS. Y no puede volver porque nos denunciaría, denunciaría nuestros planes cuando aún están empezando a ponerse en práctica.

—No hay peligro alguno, le contesto. ¿Usted cree que alguien me creerá si cuento lo que me ha sucedido?

—Mi temor no es ese. Efectivamente, no le creerán. Pero usted tiene ahora la clave para unir muchas cosas que sus contemporáneos ven como sucesos sin relación. Usted, ahora, está en condiciones de hacerles ver que la sustitución de los sexos por los géneros, el reconocimiento de la homosexualidad como un derecho humano, la normalización del aborto, el matrimonio homosexual, la identidad transexual, la manipulación de embriones, la eutanasia no son más que los elementos de un mosaico que, pasados los años, será nuestra civilización. Bastante nos cuesta ir cambiando la mentalidad; en su época, hemos controlado ya los medios de comunicación; nuestros comunicadores y artistas hacen una gran labor de seducción mostrando la bondad y la normalidad de esas conductas que ustedes todavía rechazan por antinaturales. Pero con muchas dificultades: en los partidos que abren estos caminos, muchos afiliados se resisten por ideas religiosas o humanistas; hemos de convencerlos de que se trata de pequeños avances en las libertades o de puertas para el progreso científico, o de paliativos para el sufrimiento de personas… Usted puede ser un gran peligro. Así que debe morir; pero, tranquilo, no sufrirá.

Empecé a perder la conciencia, hice un esfuerzo supremo para resistir… y entonces desperté. Desperté, aparté las mantas y, sin sentir el frío de la noche de diciembre, corrí al salón donde habíamos compuesto el portal de Belén. Aquel año habíamos estrenado un Niño Jesús hermoso; estuvimos varios días escogiendo el adecuado para que se pareciera al bebé que Dios nos había regalado por entonces a nuestra familia: me dirigí a él angustiado, emocionado: ¡Umbilicatus!, grité entre risas y lágrimas. Sí, el divino Niño tenía ombligo, era humano. El Verbo se hizo carne. De rodillas lloré ante María y le pedí por todas las madres y todos los hijos del mundo, por ese bendito lazo de amor que nos une a todos los humanos en una historia de amor y de pecado compartida solidariamente. Queremos ser humanos, como Dios nos creó. Macho y hembra como Dios nos creó. Padres e hijos, como Dios nos creó. Recé por mi madre y di gracias a Dios.

 

Padres expropiados

Empiezo por comentar algunas ideas  sobre la nueva ley de enseñanza, trabajada con prisas en un momento sin gente en las calles, promulgada “con nocturnidad y alevosía”. Si mi interés fuera hacer una crítica al Gobierno, me habría centrado en la cuestión de la independencia judicial o en la llamada “comisión de la verdad”; pero no es esa mi intención; voy a otro asunto que va más allá de cualquier Gobierno. Desde esta ley me resulta fácil saltar a lo que creo que es el fondo de la problemática actual no solo de España sino del mundo. De la misma se han rechazado sobre todo dos aspectos: la situación crítica en que queda la enseñanza concertada y la caída del español como lengua vehicular de todo el país. Personalmente —sin negar la transcendencia de ambos asuntos— creo que es más importante aun el hecho de que se trata de una nacionalización o estatalización de la enseñanza, eliminación real y a no largo plazo de lo no estatal, y planificación de la materia a enseñar exclusivamente desde el Estado; la familia es sustituida por la enseñanza no tanto pública cuanto estatalizada.

Seguramente la intención de los promotores de la misma es avanzar en la igualdad social; es posible que algunos piensen sinceramente que en la enseñanza privada está el origen de la desigualdad, de la creación de élites, por emplear medios que el Estado no tiene y que benefician a los hijos de los ricos. La verdad es que no lo veo en estos tiempos, al menos en los actuales colegios religiosos. Personalmente procedo de la enseñanza pública y estoy orgulloso de ello; no soy fruto de colegios privados, ni de residencias universitarias confesionales, ni de una universidad del mismo tipo. Nunca percibí en mi Facultad, estatal, que ese origen fuera esencial en las calificaciones o en el futuro laboral de mis compañeros; había de todo tanto en los procedentes de un lado como en los del otro; sí creí ver que eran la capacidad y el esfuerzo personal y, tanto o más, la familia y su entorno social, las verdaderas causas de esa desigualdad a la hora de abrirse paso en la sociedad. Las relaciones familiares abren puertas a altas instancias del mundo laboral. El estatus social futuro de los jóvenes, insisto, depende mucho más de su inteligencia y capacidad de trabajo y de las influencias de sus padres que del colegio donde se educaron. Ah, y de algo más: la suerte o, para un cristiano, la providencia.

La realidad es que el Estado se apropia de los hijos. Se dijo que los hijos no son propiedad de los padres, y nada más cierto; pero se silenció que menos, muchísimo menos, infinitamente menos son propiedad del Estado. Casi simultáneamente al proceso de aprobación de la ley, una ministra del mismo Gobierno propuso otra ley o decreto que facilitaba más el aborto y que permitía el cambio “trans” a menores sin consentimiento paterno. Leí que las feministas socialistas —dicen que acaudilladas por la Vicepresidenta primera— se opusieron; leo después que una feminista luchadora y famosa, Lidia Falcón, es denunciada por ironizar sobre el cambio de sexo y relacionar de algún modo la homosexualidad con la pederastia; ignoro si la noticia es exacta, así como los motivos que daba para la denuncia, pero al menos debe ser real la existencia de ciertos conflictos dentro del feminismo. No sé con exactitud las diferencias hondas en ambas concepciones del feminismo; si la cuestión es quién tiene derecho a liderar y a dar voz al mismo, o si es algo más hondo. Leo en un periódico nacional que una señora afirma que “para ser feminista tienes que apoyar los derechos trans”: ¿qué tiene que ver lo uno y lo otro? Por otro lado, ¿se da cuenta el feminismo auténtico —el feminismo que no odia al varón ni pretende destruir la virilidad— que la ideología de género no es feminista puesto que con el término género elimina la diferencia sexual real y permanente y eso supone que no existe la mujer como tal ni tampoco el varón? ¿Puede haber feminismo real sin feminidad sexual nativa y permanente y sin virilidad del mismo tipo? Me cuesta creerlo.

¿Dictadura totalitaria?

La dictadura en sí misma es mala, perniciosa; viene de la violencia y a la larga engendra violencia. Pero hay algo mucho peor, infinitamente peor que la dictadura: el totalitarismo. Son dos cosas distintas: el totalitarismo es absolutamente ideológico; es la versión laica de la teocracia religiosa y lleva siempre consigo una dictadura que, paradójicamente, puede coexistir con votaciones y con apariencias democráticas. La dictadura no siempre conlleva totalitarismo ideológico. El nazismo de Hitler y el comunismo de Lenin-Stalin fueron mucho peores que la peor dictadura. ¿No se dan cuenta de la amenaza totalitaria de la ideología de género inspirando y apropiándose de una concentración de poderes que se está produciendo en paralelo, invadiendo lo más íntimo de la persona, disolviendo la paternidad y la familia, destruyendo la privacidad?

¿Dónde quedan los padres, el hogar, la privacidad? No somos productos de un laboratorio, al menos de momento. Somos hijos de buena madre y de buen padre, engendrados en una fusión de cuerpos y almas y gestados en el cuerpo de una mujer. El nacido varón debe ser educado en el respeto a la mujer y en el cultivo de una virilidad no machista; la nacida mujer habrá de vivir su feminidad con dignidad y deberá luchar por la igualdad cuidando su formación y su carácter, sin hembrismos que la conviertan en cuerpos de diseño. No queremos ser programados genéticamente, ni deshumanizados con microchips. Queremos ser humanos y nada más, aunque nos contagiemos unos a otros, pero humanos. En la abundantísima crítica a esta ley por asalto, se ha insistido especialmente en el asunto del idioma y en el de los colegios privados. Pero el  verdadero peligro es el paso definitivo a educar mediante una ideología (la de género) al margen de los padres. Ese peligro es muy grave, pero ¿quién se atreve a denunciarlo públicamente? La risible “Formación del Espíritu Nacional” de mi primera juventud se queda muy corta comparada con esta “Formación de la Ambigüedad Sexual” que ahora se impone más obligatoriamente que aquella. De aquella nos reíamos los estudiantes.

No hay duda del influjo dominante que en nuestra sociedad, en los medios de comunicación, en la política tienen los grupos que se integran en la LGBTI (asociación internacional de gays, lesbianas, bisexuales, trans…). La enseñanza nacionalizada está ya dirigida desde esa ideología, con apoyo del Gobierno, las Autonomías, y parte del profesorado. La ideología de género domina los medios, se apodera del cine y del teatro, se cuela en las convocatorias “formativas” de muchos ayuntamientos. Al fin y al cabo los hijos no son de los padres sino del Estado. Quien ose oponerse o mostrar el mínimo desacuerdo con esa ideología es declarado fascista, homofóbico, de extrema derecha, enemigo del progreso, franquista, trumpista, y aislado  como un leproso. Los padres no pueden objetar, pues sus hijos han sido okupados por un Estado okupa. Las contradicciones que esta mentalidad genera son llamativas. Se admite (¿se anima?) al cambio (¿real?) de sexo a adolescentes sin permiso de padres con todo lo que lleva consigo de tratamientos hormonales, intervenciones quirúrgicas… Cada vez estoy más convencido de que no se trata de una defensa de la persona homosexual, ni de un feminismo de igualdad. Es una ideología internacional que domina progresivamente los organismos de la ONU y que se trata de imponer a todos los países.

El fondo ideológico de esta corriente está facilitado por la banalización que ha sufrido la sexualidad, por su degradación a simple instrumento de placer para sentirse bien momentáneamente; incluso con apertura, aun pequeña, al ejercicio virtual o con maniquíes robóticos. Y no excluyo la parte de culpa que hemos tenido los cristianos al demonizar estúpidamente la sexualidad en sermones y catequesis. Podríamos decir que nuestra época, tras el fracaso de la Ilustración, ha sustituido el piensoluegoexisto de Descartes por un mesientoluegoexisto: sentirse es existir y existir es sentirse. Soy lo que me siento, esa es mi verdadera realidad. Ahí tienen su nido la droga y otras adicciones, así como el rechazo del cuerpo real: hay que sentirse bien a costa de destruirse si es preciso. Es un proceso en que los poderes, cada vez más concentrados y potentes, van legalizando una drogadicción compleja y variada para una sociedad sin pensamiento y sin más allá del presente.  

 

La muerte como horizonte cultural

No, no me refiero a las muertes que el coronavirus nos ha traído y nos trae, a los debates entre unos y otros de cómo detener la pandemia, echándose mutuamente las culpas y tratando de ganar prestigio a costa del desprestigio de los demás. Me refiero a algo todavía más grave y que será un elemento de primer orden en la reconstrucción de los próximos años.

Y, en primer lugar, invito a reflexionar sobre el aborto. Dejo su calificación moral de momento, aunque ustedes saben que lo considero sencillamente un asesinato de alguien que es plenamente persona. Pero, repito, dejando esto de momento, me pregunto: ¿cuántos abortos ha habido aquí en los últimos diez años? ¿Un millón? Frente a esa matanza, ¿cómo ha ido la natalidad durante ese tiempo? En nuestras calles hay muchos más perros que niños. Los perritos, paseados, bien cuidados, alimentados, vestidos, son un miembro más de la familia; muchas “parejas” rechazan frontalmente engendrar hijos y se acompañan del perro familiar; incluso se discute judicialmente cuál de ellos se queda con la custodia del can en caso de separación. ¿Desaparecerá el nombre de España para dar paso al de Canislandia? No se cierran todavía muchos más centros escolares gracias a los emigrantes integrados y gracias a la disminución numérica de niños por aula, pero se cerrarán. No es cuestión de premiar a las parejas que tengan hijos con subvenciones; se ensayó hace años en algún país y no dio resultado. No es cuestión de dinero sino de amor a la vida, a la vida humana.

¿Y si pasamos a los jóvenes? Hay algunas estadísticas nada optimistas ni halagüeñas sobre la edad del comienzo de consumo de alcohol y drogas, pero hablo desde lo que veo a mi alrededor y de lo que oigo a muchos padres. Cuando eran niños, no pocos de estos jóvenes carecieron de límites, su ego fue ilimitado y su edad interior quedó fijada para siempre en aquel momento en que aprendieron a decir “yo” y “mío”. ¿Han analizado ustedes el factor fiestas de jóvenes en los contagios de esta segunda etapa? ¿Han meditado en los botellones en poblaciones y momentos de confinamiento necesario? ¡Botellones suicidas! No me acusen de atacar a los jóvenes por prejuicios de viejo. ¡Ni mucho menos! Que hay una gran cantidad de jóvenes —seguramente la mayoría— que trabajan, son responsables y aprovechan las facilidades formativas de esta época no hay duda; lo conozco. Pero que hay un sector nada pequeño, cuya cuantía ignoro, que es incapaz de prescindir de las “noches de vino y rosas”, del fin de semana, del alcohol y de la droga, también es cierto. De estos, una mayoría va a estar incapacitada en unos años para cualquier tarea continuada que exija esfuerzo y perseverancia, y, por supuesto, imposibilitada para contraer matrimonio, civil o religioso, y criar y educar hijos. Pregunten por el número de los internamientos de jóvenes con brotes psicóticos graves. ¿Se percatan ustedes del arraigo social que en alguna zona del sur empieza a tener el narcotráfico? Me recuerda a la Colombia que viví en los años setenta donde nadie preveía su futuro de violencia. ¿Están tomando el poder apoyados por una demanda creciente de la marihuana? ¿Qué significa el nuevo posicionamiento de la ONU frente a la droga con pretexto de sus posibilidades terapéuticas? No es solamente un problema policiaco, pero comprendo a ciertos políticos: esto no afecta a los procesos de elección de candidatos. Me produce un intenso dolor ver a quinceañeros y quinceañeras bajar por mi calle a las siete de la mañana embriagados, drogados y despertando a los vecinos con sus voces sin sentido. ¿Cuántos mueren jóvenes por causa de la droga o del suicidio? ¿O en accidentes provocados por el alcohol o la droga, mortales también para otras personas? ¿Cuántos han terminado en la calle (sin techo) como mendigos a las puertas de iglesias y supermercados? ¿Por qué no se publican los números? Quizá más víctimas que en una de aquellas guerras coloniales. La causa última de todo esto es que se ha disuelto la historia familiar que nos vinculaba; estos hijos han abandonado a sus padres y creen que su historia empieza en ellos y en ellos termina. No tienen pasado pues no oyeron a los abuelos y han borrado a los padres en su alma; tampoco futuro puesto que vivir es buscar sensaciones gratificantes y sin esfuerzo; viven al día, viven en la casa como pensión gratuita, gastan de la pensión de los padres. ¿Qué ocurrirá cuando estos mueran? No tienen proyecto.

Ahora salgan a una calle concurrida de cualquier ciudad a hora de compras y gestiones. Verán cantidad de ancianos tirando trabajosamente de la bolsa de la compra. ¿Cuántos ancianos viven solos? ¿Quién los atenderá mañana? ¿Quién ocupará y sostendrá económicamente esos pisos cuando mueran? La vida se prolonga pero la fase final cada día es más dura por las limitaciones y, sobre todo, por la soledad. Ni hijos ni nietos. La pirámide de población se ha invertido. Solos. Pero el Estado posmoderno es compasivo y vela por nosotros como el Gran Hermano: menos mal que están preparando una solución definitiva, la eutanasia, es decir, el suicidio asistido... y, dentro de no mucho, aconsejado. Piensen un poco, piensen, por favor. Si en la primera etapa de la pandemia, cuando se dejaba de lado a los ancianos de las residencias para atender a los jóvenes, hubiera estado aprobada la eutanasia, ¿cuántos habrían sido empujados a pedirla? Y si quiebra la Seguridad Social, cosa no impensable, ¿cómo mantener la sanidad y las pensiones? Se empezará a pensar que sobra tanto anciano, y la presión se hará más fuerte. ¿Sedación previa y sin permiso?  ¿Y en el caso de centros psiquiátricos? ¿Se permitirá la objeción de conciencia del médico con conciencia? Y algo más: la vida humana no se puede pensar sin la muerte, pero se intenta no mirarla de frente. La eutanasia no es más que un intento de evitar la muerte, la muerte real que nos persigue y amenaza, adelantándola para convertirla en una sedación voluntaria en el momento elegido. El suicida quiere diseñar la muerte a su conveniencia, o sea, quiere que no sea muerte real. Ignora lo que es la vida real.

¿Vamos al “mundo feliz”? Un mundo sin disminuidos físicos ni psíquicos, sin enfermos crónicos ni ancianos que cuidar trabajosamente. Todos jóvenes, viviendo de subvenciones, cuidando el cuerpo mediante deporte, medicamentos y cirugía estética, sin pensar en el futuro ni hacerse problema de nada. Dentro de poco tiempo no veremos personas con síndrome Down, ni discapacitados en sillas de ruedas; no veremos a esos héroes de los deportes paralímpicos. Pero, vamos a hacer un pequeño inciso; les ofrezco un cuento que es, al mismo tiempo, testimonio personal de quien lo escribe. (*)

 

Era inexorable, había que cambiar las reglas para encaminarse a un mundo perfecto, sin fisuras, donde todos fueran iguales, y, por lo tanto, tuvieran las mismas oportunidades. Cualquier huella de deformidad, ya fuera cojera, ceguera o mudez sería abolida de los cuentos infantiles. Así lo determinaba el Dto 69/2020, de 20 de febrero, para la normalidad, destinado a la reescritura de los cuentos infantiles, publicado en el BOE nº  54 de 29 de febr. De 2020.

Cuando le contaron al soldadito de plomo que tendría dos piernas se puso muy contento. Sería igual que sus compañeros, todos cortados por el mismo patrón, ataviados con sus flamantes uniformes rojos, sus duras cabezas coronadas por aquellos rotundos sombreros militares, y sus flamantes fusiles al hombro. Se hizo la oscuridad en la habitación infantil y al soldadito se le iluminó la cara, ¡podía caminar con rapidez, y correr, y saltar!, su corazón rebosaba de felicidad, no tenía fronteras, estaba exultante. Cuando la luz desaparecía comenzaban los juegos nocturnos. Aprendió a competir fuerte con los otros soldaditos. Hacían carreras, ensayaban la guerra cobijados en trincheras imaginarias, desfilaban al paso de oca, y montaban guardias también imaginarias, ensoñándose en lejanos reinos que no existían.

Terminaban exhaustos, siempre les faltaba tiempo y cuando dormían soñaban en la siguiente jornada.

 Pasaron los días, acompañados por la dulce rutina de la oscuridad y los juegos. En su afán por derrotar a sus camaradas se volvió odioso, siempre quería ganar, y a su paso solo encontraba enemigos, que no reconocían en él al afable y melancólico soldadito que conocieron cuando le faltaba una pierna. Ese carácter hosco e individualista que había devorado su ser le hizo olvidar sin más al amor de su vida, aquella bailarina de papel que se sostenía sobre una sola pierna. Ya no bailaba con ella hasta el alba cuando el resto de los soldaditos se retiraban a sus aposentos. Cada noche la pobre criatura lloraba lágrimas de papel que caían como copos de nieve en las puertas del castillo donde vivía. Echaba de menos al soldadito cojo que habría hecho cualquier cosa por ella. Ahora su antiguo amor solo pensaba en nutrir sus músculos,  y por más duros que estos fueran (no en vano eran de plomo) no dejaba de hacer flexiones para mantenerlos voluminosos y brillantes, como el sudor que los bruñía.

Como pueden deducir, el final del cuento cambió, y la etérea bailarina de papel murió de pena y nostalgia. Lloró tanto que su cuerpo terminó consumido como papel mojado a las puertas de palacio.

El efecto del discutido decreto sobre el resto de los cuentos del imaginario infantil fue similar. Dumbo nunca pudo volar por mucha pluma mágica que esgrimiera, las dos enormes orejotas que le hacían especial habían desaparecido. Al morir su madre, terminó arrinconado en las cuadras de un circo de mala muerte, rodeado de paja y oliendo a pis. En cuanto a Pinocho, cuando sintió la sangre corriendo por sus venas se escapó de casa. No reconoció a Gepetto como padre, que terminó apagándose poco a poco en la oscuridad de su taller. La desdichada criatura acabó sola y amargada en los suburbios de la bella Florencia mendigando para poder hacerse con algún mendrugo de pan.

Todos esos seres tan “completos” que surgieron de la nueva pluma que ahora los moldeaba olvidaron el espíritu de lucha y superación que siempre les había caracterizado. También se olvidaron de los otros, de sus semejantes, convirtiendo el mundo en el que habitaban en un lugar odioso e individualista, competitivo y pragmático, donde sobrevivía el más fuerte, y se desechaba cualquier imperfección, y, al fin y al cabo cualquier sello de humanidad.

Afortunadamente las aguas volvieron a su cauce. Las autoridades se echaron atrás y derogaron la polémica norma destinada a lo que ellos llamaban “normalización”. El soldadito de plomo perdió una pierna, pero volvió a ganarse a su bailarina. Dumbo voló y voló como si el mundo no tuviera fin y retomó la riendas de su vida, y Pinocho pudo reconciliarse con Gepetto  y luchar hasta llegar a ser un niño de carne y hueso. Lo mismo ocurrió con otros cuentos, el patito volvió a ser feo, como toda la vida, y ello no le impidió avanzar, no sin esfuerzo y sentirse integrado. El corazón de un mundo lleno de milagros cotidianos volvía a latir, consciente de su gozosa imperfección, convencido de su necesaria diversidad.

*Autor: Jorge Fez. Bermejo Rodríguez. Premio en el I Concurso de relato breve María Fca. Díaz-Carralero, organizado por el Consejo municipal de personas con discapacidad, Manzanares.

 

Urge despertar del sueño de los “felices veinte”

Así se llamaron aquellos años posteriores a la Primera Gran Guerra, con una reacción contra el sufrimiento anterior que empujaba a la diversión y a olvidar los verdaderos problemas, entre otros “el huevo de la serpiente” que se estaba incubando en Alemania. ¿Estamos en el final de las felices décadas de la segunda mitad del siglo XX? ¿Qué se está cociendo en estos años de fiesta y consumo cuyo final adelanta la pandemia?

Es urgente plantearlo porque el momento que vivimos es peligroso. La humanidad está gravemente amenazada: amenaza del cambio climático por el efecto invernadero con los posibles efectos negativos sobre la alimentación; la “casa común” está amenazada también por el abuso y derroche de bienes y de materias primas; las migraciones por hambre no tienen comparación con fenómenos similares que se han dado en la historia. Las estructuras de siempre fallan y no es fácil crear con rapidez otras nuevas. ¿Cómo afrontar todo esto sin un cambio a mejor del hombre actual?

Estas situaciones producen con frecuencia reacciones emocionales colectivas que pueden conducir a posturas extremas, alejadas de la realidad, posturas que dividirían y enfrentarían a los hombres entre sí. Está aconteciendo. El ejemplo de EE.UU. de América es doloroso. El asalto al Congreso estimulado por un presidente derrotado que no acepta la derrota, es la punta de lanza del deterioro de aquella democracia “ejemplar”. Hoy es un país dividido que difícilmente encontrará la unidad. Los que se tienen por auténticos norteamericanos descendientes de los padres fundadores se han resistido durante siglos a tratar de iguales a indios nativos, a negros esclavizados, a sudamericanos, asiáticos y demás inmigrantes. Quizá estos grupos no han hecho el gran esfuerzo necesario para integrarse de verdad. Populismos de derechas y populismos de izquierdas amenazan, pero también una renacida China que se convierte en potencia mundial y lanza un neocapitalismo brutal; y un mundo musulmán que no termina de reconocer la autonomía de lo temporal respecto a la religión. ¿Es posible una guerra mundial a la vez guerra civil en muchos países?

En estos momentos tan trascendentales también la orientación económica divide por los excesos ideológicos. Las denominadas derechas se entregan a un neocapitalismo feroz y sin límites subrayando que el origen de la riqueza es la competitividad más allá de las normas. La legislación nacional se rinde a la presión del capital internacional. Se llega al monopolio y a nuevas y sutiles formas de neocolonialismo. Me causan pavor los nuevos supermillonarios, productos la mayoría de las nuevas tecnologías digitales, que manejan grandes monopolios comerciales o medios electrónicos, que poseen vehículos interestelares, que financian esterilizaciones masivas en el tercer mundo. La clase capitalista se concentra en individuos al margen de los estados. Pero, por otro lado, las corrientes izquierdistas no revolucionarias se ven desbordadas por extremismos que hacen del Estado un dios y eliminan la iniciativa, o sea, la responsabilidad privada, con lo cual conducirán al empobrecimiento y a la ruina de la libertad personal.

Por eso, aunque no sean estas las tensiones más peligrosas a largo plazo, lo primero es dejar de lado los extremismos y ahondar como nunca en un verdadero diálogo en todos los terrenos; diálogo respetuoso que no pretenda eliminar diferencias pero que abra camino a una colaboración y sana convivencia. Luego, el tiempo dirá qué ideas son válidas y cuáles quedarán atrás. No estoy pensando en partidos de centro sino en personas centradas y en una sociedad centrada en la persona. Permitan un microrrelato para ilustrarlo:

Veo una larguísima calle con dos aceras muy estrechas que bordean una amplísima calzada. La calzada está vacía, pero por las dos aceras caminan lentísimamente miles de personas; van en fila de una porque aquellas son tan estrechas que no caben más. Van todos en la misma dirección, los de la acera derecha y los de la acera izquierda. Caminan lenta e incansablemente. Solo veo de las personas el lado que da a la calzada, pues la parte corporal que linda con la pared no está a mi alcance. Pero me elevo a modo de un dron y ahora veo a las personas completas. Mi sorpresa es grande: los de la acera derecha, cuyo hombro y mano izquierda son visibles desde la calle, no tienen brazo derecho, son mancos de este brazo. Y los de la acera izquierda no tienen brazo izquierdo. Sin embargo, tanto los de la derecha como los de la izquierda ignoran que tanto ellos como los de enfrente son mancos; no han visto nunca a una persona de frente.

No pueden cruzar y darse la mano, son dos filas paralelas sin posibilidad de encuentro. Pero, de pronto parece que algunas paredes caen derribadas y, al pasar junto a ellas, no tienen más remedio que salir de la acera y pisar la calzada. Entonces veo que los que la izquierda recuperan la mano derecha y los de la derecha ver renacer su brazo izquierdo. Unos son zurdos y otros diestros pero todos tienen dos manos y la que no utilizan plenamente también cuenta y ayuda. Ahora pueden darse la mano.

Todo esto que vengo exponiendo desborda lo que es la política, va mucho más allá. Esa “persona centrada” no se consigue con leyes ni con planes de estudio. Se configura en el seno de un hogar en primer lugar. Luego, en la escuela más importante aun que la organización de materias a impartir es la calidad humana, cultural y pedagógica de los profesores. La estatalización convierte al profesor en un funcionario del Estado. Ya no es el maestro que goza de autoridad y sirve de guía personal; al no haber maestro, tampoco hay alumnos y estos se constituyen en sus propios maestros utilizando los medios como Internet en una apariencia de investigación personal. Lo mismo el trabajo; un trabajo digno y humano humaniza, pero un trabajo siempre eventual, amenazado y explotador, rebaja la dignidad y empuja al odio.

Si me dirigiera a cristianos hablaría de la fe como sustrato último y del horizonte trascendente que nos levanta de la tierra para asomarnos a un más allá que relativiza nuestra subjetividad y nos vincula más allá de acuerdos utilitarios y pasajeros. La Verdad como base. Pero lo dejo, pues estas letras van dirigidas a todos, creyentes y no creyentes. 

 

El tiempo límite y la última opción

Expropiación estatal de los hijos, disolución de la sexualidad, cultura de muerte, posibles reacciones emocionales que conduzcan a la violencia… Me pregunto finalmente: ¿hay un río subterráneo que alimenta estos humedales fangosos? Es fundamental llegar al final y tomar conciencia del momento que vivimos.

Difícilmente podemos encontrar en el pasado algo similar. Es como si hubiéramos llegado a un límite del tiempo, a un extremo de la historia. Lean novelas de ciencia ficción y verán que ya no es ficción, que estamos viviendo gran parte de sus fantásticos relatos. Lo que deseo hacer ver es qué límite del tiempo es ese momento en que se rompe la continuidad de ese tiempo y surge la necesidad de dar el salto, un salto cada vez más definitivo. En este tiempo límite, en el nuestro, creo que la pregunta básica, radical que cada persona ha de plantearse es la que ofrezco a continuación.

¿Tiene el hombre que aceptar con gozo un diseño anterior a su voluntad y desarrollarse desde ese diseño como base, o no hay nada anterior a su voluntad y ha llegado el momento de tomar las riendas de su autoconstrucción y programarse según su deseo sin contar con ningún presupuesto?

Me parece que es la pregunta que está bajo todas las preguntas y vale tanto para el creyente como para el no creyente. Si este ser humano que conocemos y que llega a un límite de desarrollo lleno de posibilidades y de riesgos tiene que asumir lo que es antes de nacer, o sea, de aceptar que la evolución apuntaba a él y culmina en él, o bien no es nada antes de su decisión de ser, con lo cual hoy puede empezar a  fabricar al ser que mañana sustituirá al humano: el superhombre o transhumano.

La segunda opción es hoy compartida por muchas personas, a veces inconscientemente, a veces con toda conciencia por parte de científicos, líderes mundiales y poderosos individuales o asociados. Es lo que se llama “transhumanismo”. El transhumanismo quizá tenga como precedente el darwinismo social de Galton. En el fondo la idea básica es el manejo de la selección natural para crear una especie de superhombre. Hoy es una doctrina que intenta combinar la manipulación genética del mismo feto con la modificación de sentidos, inteligencia, etc., mediante microchips no solo instalados sino integrados en una base biológica mínima. Fusión del hombre con la máquina por él inventada. La concepción del hombre se realizaría en el laboratorio, con lo cual la sexualidad quedaría separada de la vida y la mujer, al dejar la maternidad, no tendría que mantener los rasgos fisiológicos que la permiten hoy. La ideología de género serviría temporalmente para relativizar la sexualidad separándola de la genitalidad y reduciéndola a la libre elección (género). No es más que un momento “educativo”.

Todas las elecciones que hoy es preciso realizar tienen en el fondo esta posibilidad o su negación. ¿Hombre humano con todas sus riquezas y deficiencias corporales o ciborg superhumano? El tiempo límite exige cada vez con mayor intensidad esta elección; consciente o inconscientemente muchas de las “libertades” aparentes van dirigiendo hacia ese hombre-máquina, condicionando el cerebro mediante la enseñanza y los medios de comunicación, degradando la sexualidad a momento placentero, deshaciendo la familia… 

El cristiano lo tiene claro desde su fe en la Revelación. Si la creación del hombre es la cumbre del proceso creador, la evolución no habrá sido un cúmulo de causalidades improbables; no ha sido el azar sino Alguien quien ha guiado esa historia. Al mismo tiempo, la confesión del hombre Jesús de Nazaret como Verbo divino nacido como humano de una mujer y la espera de su Venida en gloria para resurrección de los muertos y transfiguración del mundo creado, marca el camino: el mundo nos atañe y hemos de trabajar en él y por él para abrir puerta a esa Venida dado que Dios no violenta la libertad ni la historia. El ser humano seguirá siéndolo tras la resurrección y lo será definitivamente por su colaboración libre con la acción de Dios.

El no cristiano tendrá que pensar en las consecuencias de ambas posibilidades (humano o ciborg) y adivinarlas cuando aún no se han consumado. Tendrá que examinar todo lo que hemos expuesto y decidirse por uno u otro camino.