El calentamiento global hará de la provincia tierra árida

I. Ballestero
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La viña se enfrentará a un aumento de 3,6 grados de la temperatura media durante su maduración y a una caída del 24% en las precipitaciones en apenas dos décadas

El calentamiento global hará de la provincia tierra árida - Foto: PABLO LORENTE

El calentamiento global hará del campo castellano-manchego un terreno más árido para la vid. En apenas unas décadas, el principal cultivo de la provincia de Ciudad Real tendrá que enfrentarse a unas condiciones meteorológicas más extremas, con un aumento de las temperaturas y un descenso de las precipitaciones que afectarán de manera directa al rendimiento de las plantaciones y amenazan con desplazar el polo productivo vitivinícola desde la Europa mediterránea hacia el norte del continente, que se encontrará entonces con unas condiciones como las que se daban hace apenas unas décadas en el campo ciudadrealeño para asumir la bandera de la producción vinícola mundial. Hasta ahora, la fórmula aplicada por los productores provinciales para tratar de paliar los efectos de una subida de los termómetros que ya afectaba a los rendimientos fue el paso del vaso a la espaldera, y con ello del secano al regadío en buena parte de la provincia, pero al ritmo que avanza el calentamiento no será suficiente, y mucho menos con periodos frecuentes de sequía que obligan a restricciones en el uso del agua. Quedan otros dos caminos a explorar: el primero, aplicar de manera directa políticas medioambientales que reduzcan el avance de ese calentamiento, ya irreversible; el segundo, adaptar el cultivo en la medida de lo posible a las condiciones que se avecinan para tratar de mantener los niveles de producción. Queda tiempo, pero cada vez menos.
El cambio en las condiciones para la producción de vino en las regiones tradicionalmente vinícolas del continente centra el último trabajo del grupo de Meteorología de la Universidad de las Illes Balears, un estudio que ha sido publicado por la revista científica Regional Environmental Change y al que ha tenido acceso La Tribuna. En él se ponen cifras a la realidad que se avecina, tal y como relata uno de los investigadores, Romualdo Romero, a partir de la especialización del grupo en física de la atmósfera y en la aplicación de patrones y herramientas de simulación del clima desde las condiciones actuales. Esa proyección habla de un horizonte no tan lejano, el periodo entre los años 2046 y 2070, y de unos nuevos parámetros: una temperatura media 3,6 grados más elevada entre abril y octubre, el periodo de maduración de la planta, y un descenso de las precipitaciones que rondará al 24 por ciento. Ese escenario puede cambiar, sí, si se aplican desde ya políticas destinadas a paliar los efectos del cambio climático, pero está trazado sobre el supuesto más asumido: que se mantengan los actuales niveles de emisiones.
«Hemos empleado esos modelos para hacer la proyección para la afectación sobre la vid y la conclusión principal es que tanto desde las temperaturas como desde las precipitaciones la situación se vuelve más adversa, y entre los años 2046 y 2070 el estrés térmico e hídrico al que se enfrentará el cultivo no serán en absoluto los adecuados para el correcto rendimiento de la viña», asegura Romero. Es más, esas condiciones óptimas se desplazarán hacia el norte de Europa, que sí encontrará entonces unas condiciones mucho más apropiadas para ello. Es cierto, como apunta el propio investigador, que ya se están poniendo en práctica algunas técnicas directas sobre los cultivos para tratar de paliar los efectos del calentamiento sobre la vid, como airearlos, darles sombra, cultivarlos en altura y en pendientes con orientación norte o introducir modificaciones genéticas en busca de variedades más resistentes. «Muchos productores saben lo que se avecina, pero esos cambios cuestan dinero. Hay que introducir cambios si se quieren mantener los estándares de producción», dice.
corto plazo. La proyección, que se sitúa en el horizonte del año 2046, puede parecer aún remota, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, los efectos de ese calentamiento ya se han notado en las últimas décadas, «y las circunstancias del cultivo han cambiado bastante desde 1970 a esta parte», recuerda Romualdo Romero. A esta realidad hay que añadir que la planificación comunitaria que se traza en la PAC comprende periodos muy alejados en el tiempo, y la que se negocia ahora en Bruselas marca el horizonte de la inversión hasta 2027; y la planificación para la plantación del nuevo viñedo está ya definida de aquí hasta 2030, a partir del cupo de entre el 0 y el 1 por ciento en que se aumentará la presencia de la vid a partir de la concesión de nuevos derechos. Esas dos herramientas, la inversión y la legislación europea, son las que debe conjugar el viticultor para tratar de adaptar sus parcelas al calentamiento que viene, teniendo en cuenta que los nuevos cultivos tardan alrededor de cinco años en entrar en su máximo potencial productor.
En términos de rendimiento, ¿cómo puede afectar el calentamiento a la vid? El aumento del estrés térmico y del estrés hídrico hará que la planta tenga que madurar en unas condiciones de temperatura más adversas y que el riego no sea tan efectivo. «Que suba la temperatura no significa sólo que vaya a hacer más calor, sino que aumentará la evapotranspiración», detalla Romero. Es decir, que los rendimientos, en esas circunstancias, y en las condiciones actuales de máximos de riego pautados por los periodos de sequía, se acercarán más al secano que al regadío. Esto, en la provincia de Ciudad Real, significa en la actualidad una diferencia de más de 43,1 quintales métricos por hectárea, la diferencia que hay entre los 75,4 que producen de media las parcelas de secano y los 114,8 que se obtienen en las hectáreas de regadío.