Currar al ritmo de la chicharra

HIlario L. Muñoz
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La primera ola de calor del verano marca el récord de temperaturas para un mes de junio en la capital sin que obreros, controladores de la ORA o personal municipal paren en sus faenas

Currar al ritmo de la chicharra - Foto: Pablo Lorente

La chicharra canta con fuerza en el parque de Gasset, al lado de la obra, en las zonas ajardinadas del centro o en cualquier punto de Ciudad Real. Son las 12 de la mañana, la hora en la que las sombras empiezan a desaparecer y solo quedan las de quienes cobran por seguir bajo el sol. Son los currantes a pesar de que se alcancen los 40 grados o el termómetro baje de cero o quienes no pueden permitirse un día de descanso porque los exámenes marcan sus tiempos. «Con el calor no te concentras y con el aire acondicionado se está a pleno rendimiento», argumenta Victoria Gil, una puertollanera que pasa el mediodía repasando apuntes sobre el césped del parque de Gasset. La maleta que le acompaña por irse de viaje le ha impedido acceder a la biblioteca y ha optado por seguir sus estudios para ser profesora de autoescuela, allá donde pueda porque «las cafeterías están todas llenas» y además del ruido implican «un gasto de dinero».
«El calor se lleva como se puede», repite un veterano en esto de recorrer las calles haga el tiempo que haga. Se trata de Francisco Díaz, uno de los controladores de la zona azul. Puede decidir si hacer el control de los vehículos al sol o la sombra, a través de su aplicación, y con una parada para beber agua cuando sea necesario «porque cuando se está en la calle tiene que ser así». El peor momento en días como el de ayer es la tarde para estos controladores que recorren las calles del centro de Ciudad Real sin parar, «porque por la mañana, cuando el calor quiere apretar, queda poco para irse» pero desde las 17.30 a las 20.30 horas, cuando entran y cuando salen, no les queda más remedio que hacer toda su labor con el asfalto casi en ebullición. De hecho, ellos ven a la ciudad entrar en estado de letargo «y hasta las 19 horas apenas hay movimiento, no como por las mañanas en que sea junio, julio o agosto resulta siempre difícil encontrar un hueco».
Para corroborar sus palabras, el mercurio marcó ayer a las 17.10 horas, 42,7 grados, la mayor temperatura alcanzada en la capital durante un mes de junio. El anterior registro era de 1945 cuando el termómetro marcó los 41,2 grados. De hecho, este viernes se estuvo cerca de alcanzar los 44,2 grados, la temperatura más alta de Ciudad Real y que se registró el 23 de julio también de 1945.

Currar al ritmo de la chicharra
Currar al ritmo de la chicharra - Foto: Pablo Lorente
En pleno ascenso de temperaturas trabajaba ayer Luis Páez, jardinero municipal, quien antes de sus vacaciones buscaba salvar unas plantas de la fuente de José María de la Fuente del Gasset. «A partir de las 10 castiga el sol y se busca la sombra», recordaba con la mente de quien lleva años recorriendo los parques municipales y marca logros como que los trabajadores municipales adelanten el horario de entrada para salir algo más temprano y evitar estar con la azada a 40 grados. «Es insoportable, a quien le pilla el sol le puede dar algo malo y es insufrible estar mucho rato», señala, entre guiños a la necesidad de tener siempre a mano un punto con agua y un buen sombrero para cuando es inevitable acompañar a la chicharra. De tantos años de faena recuerda que bajo el sol se trabaja más lento, entre beber o descansar, porque si no descansas «te colapsas».
Al mediodía también trabajan en la obra Manuel Vilches junto a José Ayala, Juan Troyano y Manuel Mejía. Todos están acostumbrados a los rigores, llegan de Jaén, aunque afirman que «aquí hace más calor». Parte es verdad, porque en la provincia andaluza existe por convenio la jornada continua durante el verano, para evitar, como ha pasado esta semana, trabajar de 16 a 18 horas. Ellos han pasado ese tiempo haciendo trabajos en la sombra que da el hormigón. «Trabajar a 40 grados es un riesgo muy importante, pero a ver qué hacemos», exponen, entre el sudor, las camisetas quitadas de compañeros y los tragos a la botella. «La peor hora es de doce a seis y solo se aguanta con mucha agua fresquita». Hasta 20 litros beben los cuatro hombres en su jornada laboral. 


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Currar al ritmo de la chicharra - Foto: Pablo Lorente