Una historia dentro de un baúl

Benjamín López (SPC)
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La exposición 'Olga Picasso' en Madrid nos descubre nuevos perfiles del artista malagueño a través de los ojos de su primera mujer

Abrir un baúl puede ser como abrir la caja de Pandora. En este caso fue así. Bernard Ruiz-Picasso, nieto del universal pintor malagueño, descubrió hace unos años en casa de su abuela, Olga Khokhlova, un baúl que ha dado origen a una exposición de altura que se puede visitar ya en Madrid, en el espacio Caixafórum, con 335 obras, entre ellas pinturas, dibujos, obra gráfica, esculturas, fotografías, películas, documentación y objetos variados que nos descubren a Picasso a través de su primera mujer, madre de su hijo Pablo, que también tiene su propia y apasionante historia.
Por eso ese baúl que utilizaba la bailarina rusa en sus viajes es lo primero con lo que se topa el visitante al entrar a Olga Picasso en Madrid, en una exposición que se pudo contemplar por primera vez en París, en Moscú y en Málaga antes de recalar en Caixafórum Madrid donde va a estar instalada hasta el 22 de septiembre. “Nunca había pensado hacer una exposición sobre mi abuela porque la veía demasiado cercana”, confiesa Bernard Ruiz-Picasso, “pero cuando encontramos miles de fotos y centenares de cartas recibidas en ruso de su familia, tuvimos la necesidad de comprender a esta mujer tan relevante”.

Una historia dentro de un baúl

 

Una historia dentro de un baúl
Una historia dentro de un baúl - Foto: EFE/Juan Carlos Hidalgo

Y acertó. Pablo Picasso y la bailarina Olga Khokhlova se conocieron en 1917 cuando el pintor se encontraba en Italia con la Compañía de los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev, realizando los decorados y el vestuario del ballet Parade. “Yo soy Olga Khokhlova, sobrina del zar”, fueron sus primeras palabras hacia Pablo Picasso. Él tenía 36 años y ella 27. Se enamoraron al instante y un año después, Khokhlova se convirtió en la primera esposa del artista y su musa durante años.

Su relación duró hasta 1935 y dio mucho de sí tanto en el plano sentimental, con el nacimiento de su hijo Paulo, como en el artístico, ambos siempre en paralelo. Es lo que los expertos denominan el período neoclásico de Picasso o el período Olga en el que se puede ver una correlación entre las relaciones personales de la pareja y lo que el pintor reflejaba en sus cuadros: amor, desamor, tristeza, maternidad e incluso violencia.

En la correspondencia hallada en el baúl se puede ver cómo Olga tenía un enorme debate interno desconocido hasta ahora, debido a las tribulaciones de su familia. Disfrutaba de una vida de lujo y fama junto Picasso mientras en su Ucrania natal estallaba la Revolución Rusa y su familia iba pagando las consecuencias de esa tragedia y se las iba relatando de manera epistolar, explica Emilia Philippot, una de las comisarias de la exposición. Eso le llevó a la tristeza y melancolía que capta Picasso, por ejemplo, en Retrato de Olga en un sillón (1918), una de las obras maestras del malagueño que se pueden ver ahora en Madrid.

Una historia dentro de un baúl

 

Esa Olga inmersa en sí misma, atribulada por la tragedia de su familia en Rusia, da paso a la Olga maternal tras el nacimiento de Paulo en 1921. De esa época surgen del pincel de Picasso cuadros como Maternidad o Familia al borde del mar. El orgulloso padre se centra también en su retoño y también lo retrata en sus pinturas vestido de arlequín o de pierrot.

Un giro romántico

Pero a partir de 1927 todo cambió en la pareja. El motivo, una mujer, una joven de 17 años, Marie-Thérèse Walter, que se convierte en la amante de Picasso y que enturbia su relación con Olga, conocedora del idilio que vive su marido. El artista comienza entonces a representar a Khoklova de manera deformada e incluso violenta, influido tanto por la crisis matrimonial como por el movimiento surrealista. Todo eso se aprecia a la perfección en otra de las obras maestras de Picasso que está colgada en las paredes de Caixafórum, Gran desnudo en sillón rojo (1929) en el que el pintor retrata un cuerpo femenino lleno de dolor. Dos años después El beso reproduce una relación casi caníbal que evoca las peleas de la pareja a costa del devaneo amoroso de Picasso. Esa turbulenta relación se expresa también, señala Philippot a través de dibujos y pinturas de corridas de toros y crucifixiones.

A partir de 1930 el pintor comienza a identificarse con un minotauro que, dice la comisaria, simboliza la complejidad de sus relaciones con las mujeres. “El minotauro picassiano es salvaje y cruel y asume su destino trágico, pero también se representa ciego, víctima del embrujo de su amante”, resume Philippot.

El nacimiento de Maya, hija de Picasso con Marie-Thérèse, en 1935 desencadenó la ruptura definitiva con Olga. Con la que no obstante se mantuvo legalmente casado hasta la muerte de la bailarina en 1955. Sumida en su soledad y en su dolor, no dejó de escribirle nunca, casi a diario. Las dos últimas pinturas de Picasso con su esposa como protagonista son retratos de una mujer frente a un espejo negro.

Todo eso y bastante más es lo que se puede ver en la exposición Olga Picasso, organizada por el Museé national Picasso-París junto con la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte, en colaboración con La Caixa, el Museo Pushkin de Moscú y el Museo Picasso de Málaga.