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«Niadela y yo éramos dos construcciones abandonadas»

Hilario L. Muñoz
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La almadenense fue el primer rostro serio de El Intermedio, dejó el programa para emprender una recorrido vital que le ha llevado a vivir aislada en una cabaña. Una experiencia de encuentro con la naturaleza que relata en 'Niadela'

«Niadela y yo éramos dos construcciones abandonadas» - Foto: Mario Martín

Muchos recordarán a Montañez como el primer rostro serio de El Intermedio. La almadenense fue capaz de dejar el programa en su momento más dulce para dedicarse a la interpretación, a escribir para la televisión, logró un Goya, y luego desaparecer en ‘Niadela’, un espacio de soledad donde reside desde hace años, una cabaña en mitad de la nada y al que ha dedicado su novela editada por Errata Naturae. 

¿Cómo llega una chica de Almadén a ser el rostro de uno de los programas más longevos de la televisión?

Salí corriendo tan rápido del pueblo que llegué muy lejos…Y luego tuve que volver para recordarme de dónde venía. Es broma. Tanto lo que me hizo salir del pueblo, como lo que hizo volver, tanto lo que me empujó a marcharme a vivir a Estados Unidos, como lo que me  hizo volver, y entre medias, estudiar y estudiar y lo que me queda, porque soy una estudiante eterna, aquello que siempre me lleva más y más lejos y a la vez más cerca, es la curiosidad. Ella ha sido mi condena y mi gran virtud. 

¿Cuál es el recorrido tras dejar la televisión?

El recorrido de una crisis y teniendo en cuenta que todas las crisis se parecen, aquellos que se hayan permitido conocerla, habitarla, no mirar hacia otro lado, no esconder nada bajo la alfombra, purgar y sobre todo pensar mucho y tratar de encontrar soluciones y condiciones mejores, sabrán, que es un proceso silencioso y solitario para encontrar la fórmula que te permita salir de ella.

‘Niadela’, la novela, narra una experiencia vital de vuelta a la naturaleza, de encontrarse con uno mismo. ¿Qué hay de viejo y qué de nuevo en ella?

En la literatura, en el cine, en el arte en general, en la vida,  todo es nuevo y todo es viejo. Cada uno se expresa en su lenguaje, el de Niadela es el de prosa poética, porque la naturaleza me inspira ese lenguaje, pero todos contamos una misma historia, la de una metamorfosis, la vieja idea de renacer, pero con una  perspectiva nueva, la de quien la cuenta.

¿Cómo llega en este caso a Niadela, a esa cabaña específica?

A través de unos amigos en un viaje de fin de semana. La vi y me enamoré. Porque como digo, en Niadela, nos reconocimos, éramos dos construcciones abandonadas. También llego a ella a través y gracias a  la necesidad de buscar un lugar en el que gestar mi vida y a mí misma. Creo que todos podemos encontrar una Niadela si de verdad tenemos la necesidad. Solo hay que querer para que aparezca ante nosotros.

¿Qué hay allí que no exista en otro punto?

Todo. Estoy rodeada de naturaleza y la naturaleza lo es todo, es la madre de todas las madres, y soledad y silencio, indispensable para valorar la compañía y una buena conversación. Como decía Nietzsche: «Cuando  guardas silencio un año, aprendes a hablar y dejas de parlotear».

¿Ha ayudado en su proceso el haber nacido en una zona que estuviera despoblándose?

No guardo en mi memoria esa imagen de pueblo despoblado de Almadén, al menos en mi infancia. De pequeña me iba a pasar horas al campo, sola, me gustaba el silencio. Me gustaba sentarme dentro de casas derrumbadas, de esas que se encuentran entre los campos de siembra o perdidas en alguna  parte,  e imaginarme cómo había sido la vida allí. Así que supongo que tengo algún gen que ya entonces me invitaba a la soledad y a vivir rodeada de  naturaleza.  

¿Qué se echa de menos allí? 

No echo de menos nada, salvo en ocasiones, la piel de otra persona, el tacto.  Disfruto de la libertad más absoluta. Tengo todo lo que necesito y me he dado cuenta de que necesito poco, así que me siento realmente afortunada. Yo no he sentido o vivido el confinamiento, pero creo que los demás han aprendido una lección, o al menos así me gustaría pensar. La lección más esencial, valorar a la familia cuando no se puede estar con ella.