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Personajes con historia - Antonio de Mendoza y Pacheco

El primer virrey de las Américas


Antonio Pérez Henares - 13/09/2021

Se crió en la Alhambra, jugó de niño en los jardines del Generalife, hablaba árabe, vestía a la morisca, tuvo simpatías comuneras como su hermana María, fiel servidor luego del emperador Carlos V y pacificador de la Nueva España y del Perú. Fue al tiempo un gran guerrero, diplomático, muy leído y culto, era inteligente, avispado y ambicioso, siempre preocupado por el engrandecimiento de su familia. Era, por todo ello, un perfecto prototipo de Mendoza, digno heredero de su bisabuelo, el marqués de Santillana, de su tío abuelo el gran Cardenal y de su padre el conde de Tendilla, primer alcaide de la Alhambra y de Granada, ciudad a la que supo entender y amar y preservó para el futuro y fue también capitán general de Andalucía. De todos aprendió y a todos se pareció en defectos y en virtudes.

Nació en Mondéjar (Guadalajara), provincia solar y predio de su todopoderosa familia, hijo del Gran Tendilla, conde y marqués, y de su segunda mujer Francisca Pacheco y Portocarrero, de no menor linaje y poderío pues era hija del marqués de Villena. Pasó su niñez en Granada y en la Alhambra, absorbiendo los dos mundos que allí coexistían. Cuando fue enviado a casa del marqués de Denia para su instrucción en saberes y milicia con el humanista Pedro Mártir de Anglería su padre hubo de señalarle que procurara usar en el viaje y durante la estancia ropas castellanas.

Era el segundo de los varones, pero su padre, aunque el hijo primogénito era Luis y por ello quien le sucedió a su muerte como Capitán General de Andalucía y cabeza de familia en 1515, tuvo fuerte predilección por él. Tuvo seis hermanos de los cuales muchos de una u otra manera destacaron. Luis, amén de sus cargos heredados, fue consejero de los Reyes Católicos y luego del Emperador Carlos V, con quien le unió gran cercanía, amén de presidente del Consejo de Indias. Diego Hurtado de Mendoza, el más culto de la familia, fue embajador y un gran poeta. Recientes estudios le atribuyen la autoría del Lazarillo de Tormes. Francisco fue cardenal, Bernardino, capitán de las galeras del Mediterráneo y María Pacheco, esposa del comunero toledano Juan de Padilla, que pasaría a la historia como símbolo de lealtad a la causa y resistencia.

Antonio aprendió al lado de su padre las dificultades de la gobernanza entre culturas, religiones y hábitos diferentes y contrarios y la necesidad de la templanza y la firmeza a partes iguales. Ingresó jovencísimo en la orden de Santiago y su padre le consiguió el título de comendador de Socuéllamos (1510). En 1513, fue nombrado regidor del cabildo de Granada.

Al morir su progenitor y heredarle su hermano, permaneció a su servicio. Fue precisamente Luis, como capitán de Andalucía, quien dio a la muerte del rey Católico el que proclamó en la Alhambra a Carlos como rey para que ocupara el trono junto a su madre Juana, y fue Antonio de Mendoza el encargado de viajar a Bruselas para encontrarse con él y trasladarle la lealtad de toda la familia Mendoza, consiguiendo, de paso, que el rey Carlos confirmara a Luis en la capitanía general andaluza, y también le acompañó en su desembarco en España en Tazones y llegada a Villaviciosa el 2 de octubre de 1517.

Se casó en 1518 con Catalina de Vargas y Carvajal, hija de Francisco de Vargas, contador mayor de los Reyes Católicos, con la que tuvo tres hijos. El mayor, Íñigo, tuvo una importante carrera militar hasta que la muerte le alcanzó. En las victorias también perecen los vencedores. En la batalla de San Quintín (1557) ya fallecido su padre, Francisco, marino le acompañó a Nueva España y al Perú y acabó después combatiendo en el Mediterráneo con su tío Bernardino y Francisca.

Los Mendoza, encabezados por el duque del Infantado, apoyaban al rey Carlos pero al estallar la rebelión comunera no fueron pocos los vástagos que manifestaron simpatías por él. Notoria y vibrante fue también su hermana María en Toledo, pero también la del propio primogénito del duque, el conde de Saldaña, en Guadalajara. Yugulada la revuelta alcarreña volvió al redil donde fue perdonado y acabaría por heredar el ducado. Antonio de Mendoza atravesó por parecida peripecia. En su calidad de procurador por el cabildo de Granada en las Cortes de Valladolid de 1518, y a pesar de su relación con el rey, apoyó al doctor Zumel y votó en contra de Carlos en varias ocasiones, con gran disgusto de su hermano mayor. La villa de Socuéllamos, de la que era comendador, resultó la única de toda la Mancha en oponerse a las tropas reales. 

Pero su veleidad comunera duró poco. Cuando el cabildo granadino quiso de nuevo enviarlo a las Cortes de Santiago al año siguiente, la familia lo llamó al orden y lo acató. Y no solo eso, sino que al lado de su hermano los combatió en la batalla de Huescar, donde comandó una tropa de 4.000 moriscos, castigando con dureza a los cabecillas vencidos pero sus buenos oficios consiguieron benevolencia para con el resto.

Parecía haberse resuelto el asunto cuando se torció de nuevo. Su hermano Luis le envío junto a Bernardino a defender los intereses de otra de sus hermanas casada con el conde de Monteagudo. Este había partido a Flandes dejando como alcaide de Almazán a Juan Garcés de Ágreda quien negó a los Mendoza la entrada. Estos la atacaron con terrible dureza, utilizando fuego de alquitrán y apresado Garcés fue torturado y ajusticiado. Antonio Mendoza acabó procesado por ello y condenado a un año de destierro en la sede de su orden, Ucles, que aprovechó para residir en Socuéllamos y rehabilitar su convento -encomienda santiaguista-, pero el rey Carlos ya no contaba con él ni tampoco con su familia.

 

Isabel de Portugal

Todo cambió en el año 1526 y en ello tuvo mucho que ver la esposa de Carlos V, la bellísima Isabel de Portugal, con quien se casó aquel año en Sevilla y realizó después un viaje por toda Andalucía para conocer aquella región, ahora clave y esencial por su conexión y comercio con los dominios y relación con América, y recalaron en Granada donde acabarían por quedarse más de seis meses.

La hospitalidad de los Mendoza, el capitán general, Luis, y sus hermanos, y el arrobo de la emperatriz ante la belleza de la Alhambra les congració de nuevo con el rey Carlos quien ese mismo año nombró a Antonio embajador en Hungría y Bohemia, esencial en el entramado de los Habsburgo pues allí reinaba el hermano pequeño de Carlos, criado en Medina del Campo, Fernando. Al año siguiente, dio el mismo cargo a Diego en la esplendorosa Venecia. El primogénito vio aumentado su rango nobiliario con el ascenso a la Grandeza de España y, por último, Bernardino ya en 1535 obtuvo el mando de La Goleta y de las galeras en el Mediterráneo.

Las misiones reales encomendadas a Antonio no cesaron desde entonces. De hecho, antes de ir a Hungría hubo de pasar por Londres para entrevistarse con Enrique VIII y lograr el apoyo inglés contra Francia y su aliado el papa Clemente VII. A Fernando le llevó cartas de crédito del emperador por una fuerte suma de dinero para afianzarse, estableciendo, además, amistad personal con él. Conscientes ambos de la amenaza turca sobre aquellos territorios, Antonio regresó a Madrid para alertar sobre ellas y pedir nuevas ayudas contra la creciente amenaza otomana.

La siguiente misión, ya precedido de fama de pacificador y buen conocedor del mundo morisco, tuvo lugar en Hornachos, donde se sucedían los disturbios y los castigos no hacían sino exacerbarlos. Consiguió apaciguarlos y se comenzó a pensar en él para el hasta entonces impensable cometido que la historia le reservaba y para el que ya la emperatriz Isabel, quien le había cogido especial aprecio en su estancia en Granada, le consideraba el más adecuado por su entendimiento y mesura ante mundos diferentes. Lo que sabía hacer con los moriscos en España bien podría hacerlo también con los indígenas americanos. Fue ella quien, por primera vez, le llamó a la corte y en nombre del Rey ofrecerle el trasladarse a América. Pero se cruzó la coronación imperial y acabó siendo el enlace y hombre de confianza entre los dos reales esposos hasta lograrla y asistir a ella el 24 de febrero de 1530 en Bolonia. Desde allí, hubo de partir de nuevo hacia Innsbruck para un nuevo encuentro con el rey Fernando. 

 

Virreinato

Fue en 1531 cuando volvió a ser llamado por la ya emperatriz y le fue ofrecido el virreinato de la Nueva España. Pero no pudo todavía concretarse pues antes hubo de acompañar al emperador a Hungría, en su campaña contra el turco y la firma de la paz en 1532. Fue después cuando ya discutió con la emperatriz y sus consejeros los términos de la misión que se le encomendaba. En ello, participó el obispo Zumárraga, venido para la ocasión a España desde México y cuyos informes había preocupado a la corona. El nombramiento no se hizo efectivo hasta 1535. Las atribuciones que se le concedían eran de «visorey» con plenos poderes a la que se unían los nombramientos de Gobernador, Capitán General de Nueva España y Presidente de la Real Audiencia de México por lo que toda otra autoridad en el aquel territorio quedaba sometida a la suya.

Antonio de Mendoza había enviudado ya por entonces. Tenía tres hijos: Íñigo, que hizo carrera en los ejércitos del emperador (moriría en la batalla de San Quintín (1555) pues hasta en las más gloriosas victorias perecen algunos de sus vencedores) Francisco, que acompañó a su padre en América y la pequeña Francisca. 

En este tiempo, preparó su viaje a conciencia, llegando a Veracruz en septiembre de 1535 y haciendo entrada en la ciudad de México el 14 de noviembre donde fue recibido con arcos triunfales pero donde le esperaban los mayores problemas.

Hernán Cortés, el conquistador, había regresado y se había establecido allí como marqués de Oaxaca y proseguía sus conquistas por el norte y quería continuarlas por el Pacífico. Chocaba con muchas oposiciones y la inquina de Nuño Beltrán de Guzmán, gobernador de la Nueva Galicia y fundador de Guadalajara y acusado de cometer atrocidades continuas con los indios encendiendo las rebeliones. Para completar el cuadro, Francisco Montejo gobernaba el Yucatán y Pedro de Alvarado tenía una encomienda en Guatemala que disputaba con él.

El virrey traía muy especiales recados en lo que a evangelización, conversión y trato a los indígenas se trataba así como tener muy en cuenta a las autoridades eclesiásticas. Estaban contenidas en las 24 instrucciones dictadas por la corona, y firmadas por el rey Carlos I, desde lo más urgente y esencial a lo más prolijo, pero de todas debía ocuparse: la creación de una casa de moneda para acuñar metales de vellón y plata, la relación del número de conquistadores vivos, en qué situación se encontraban y si eran o no merecedores de concederles cargos o repartos. Otra, la de los caciques indios, su predisposición y búsqueda de riquezas escondidas por ellos. Aperturas de nuevas minas de oro y, si fuera necesaria, importación de esclavos negros. Relación del número de corregidores, como habían sido nombrados, sus haberes y rentas. Lo mismo de los religiosos, empezando por los obispos. Los límites de sus diócesis. La construcción de fortalezas y nuevas poblaciones, el mismo fundó una, Valladolid, la actual Morelia. Se ponía especial énfasis en la realización de un informe sobre la situación de los indígenas y los medios empleados con ellos: «de tal manera que cesasen las muertes y robos y otras cosas indebidas hechas en la conquista y en cautivar y haber por esclavos a los indios». 

El virrey debía aprobar las bulas y breves papales, así como ser preceptivamente informado de los nombramientos y destinos de sacerdotes y frailes. También le correspondía, por su cargo de Gobernador añadido, ocuparse de los ingresos y gastos de la real hacienda y las obras públicas, la explotación de los recursos y como presidente de la Audiencia, con la excepción del derecho de voto por no ser letrado, era el supremo poder judicial.

A todo ello se puso, con alguna añadidura, y no fue la menor el hacer que la población indígena fuera sabedora de las leyes, en especial de las que le favorecían, haciéndolas en su lengua o serles traducidas en las plazas y lugares de reunión, comenzando con la práctica el propio virrey, en la propia ciudad de México y en presencia de la Audiencia.

Su primer acto de gobierno fue llamar a México y someter a juicio de residencia al Gobernador de la Nueva Galicia Nuño Beltrán de Guzmán, que pretendió zafarse de ella alegando razones de paisanaje alcarreño, bajo la acusación de corrupción y maltrato a los naturales. Los cargos fueron plenamente probados, Nuño fue enviado preso a Castilla en 1538 y acabó muriendo en la cárcel.

En 1937, había llegado a la capital mexicana tras su increíble periplo Álvar Núñez Cabeza de Vaca, acompañado de los tres únicos supervivientes de la expedición de Narváez a la Florida, Castillo, Dorantes y Estebanico. Las noticias de un fabuloso y no descubierto reino al norte hizo que el virrey promoviera diversas expediciones hacia allá, entre ellas la de Vázquez Coronado que acabaría por llegar hasta el Gran Cañón del Colorado. 

En su mandato comenzó a operar la primera imprenta del continente, puesta en marcha en Ciudad de México, en 1539, por Juan Pablos que, aunque natural de Brescia, se había formado en tal arte en la de Juan Cromberger en Sevilla. 

Se fundó el colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco, destinado a la educación de los indios nobles, donde colaboró Fray Bernardino de Sahagún y otros como el de San Juan de Letrán, para los indios y mestizos, y de La Concepción, para mujeres. Se pusieron en marcha numerosas obras públicas que mejoraron las condiciones de la Ciudad de México que continuaba edificándose a marchas forzadas. Inició el acondicionamiento de los muelles y edificios de la aduana, así fortificó el Puerto de Veracruz e inició las gestiones para crear la primera universidad de México. 

 

Más pasos al Pacífico

En cuanto a la expansión de los dominios españoles se avanzó en el Yucatán, aunque con mucha oposición india, pero logró a la postre conquistarse al igual que Guatemala, donde finalmente Montejo logró hacerse con el mando tras la marcha de Alvarado que acabaría por morir en la Guerra del Mixton en el norte, la peor sublevación india que hubo de afrontar el virrey. 

Fueron también trascendentales los viajes por mar buscando más pasos hacia el Pacífico buscándolos hacia el norte, mientras por Magallanes Ruiz López de Villalobos llegaba al archipiélago nombrado por el portugués como San Lázaro y que se denominó ya como Filipinas en honor del entonces infante heredero, don Felipe. Mandó socorro también y a través de hombres de Cortés a la expedición de Loaisa en la que iba Andrés de Urdaneta. 

En 1543, el rey Carlos tras reunión del Consejo Real dictó nuevas leyes para el trato de los pobladores de las indias y se nombraron visitadores para aplicarlas. Algo que resultó al cabo imposible pues los encomenderos no estaban dispuestos a dejar de tener indígenas esclavos, se permitía si eran prisioneros de guerra contra «alzados» y ese era el coladero. 

Peor que todo, fue la peste que asoló de manera terrible todo el territorio y que ocasionó una tremenda mortandad dejando mermada la población indígena. El virrey la combatió en lo que pudo que fue poco dados los remedios de la época y creando nuevos hospitales. Cuando al fin se atajó, el impacto tanto demográfico como económico había sido terrible.

Las malas noticias comenzaron a llegar entonces del Perú, con la sublevación del pequeño de los Pizarro, Gonzalo. El hijo del virrey, Francisco se puso al frente de un ejército y se dispuso a acudir en su socorro. El rey en agradecimiento dio a la ciudad de México el título de muy noble, insigne y leal.

Al año siguiente, la salud de Antonio de Mendoza sufrió un grave quebranto, un ataque de apoplejía que lo imposibilitó para el gobierno, responsabilidad que cedió a su hijo, que demostró acierto. Algunos cargos influyentes escribieron a la corte pidiendo para el virreinato, lo que hubiera dado lugar a una especie de herencia dinástica de padre a hijo. Ello alarmó al Consejo de Indias, del que su hermano Luis era presidente, que se opuso.

El descubrimiento de las fabulosas minas de Zacatecas supuso una enorme inyección económica para el virreinato y un error de los encomenderos, a quienes Mendoza les ofreció cambiar esa condición por la de propietarios y no aceptaron. 

Pero la situación en Perú seguía enquistada y la guerra civil no cesaba. Fue entonces cuando, de acuerdo con su propio hermano Luis, el rey Carlos le ordenó cambiar el virreinato de la Nueva España, al que fue Luis de Velasco, por el de Lima, coincidiendo con las especulaciones en la corte sobre la ambición de Mendoza por instalar una gobernación de carácter hereditario en Nueva España.

Aunque ya mermado de fuerzas su presencia fue benéfica desde el comienzo «por la buena fama que ya tenía en el Perú de varón de gran modestia, estudioso, sabio y prudentísimo. Era mayor, venía muy cansado y estaba enfermo, pese a lo cual comenzó a gobernar y presidir en la Audiencia, procuró de tratar y entender de todas las cosas y negocios para en todo proveer con maduro consejo, aunque mucho le impedía su indisposición y poca salud, porque con sus enfermedades vivía como artificiosamente». 

Logró hacer una primera inspección virreinal, cuyos resultados envió con su hijo a la Corte. Alentado por él, Juan Díez de Betanzos escribió su crónica Suma y Narración de los Incas que se tiene por la primera descripción del territorio, de las costumbres indígenas y de la historia de su imperio, el del Tahuantisuyu.

Pero los enfrentamientos entre los españoles proseguían y hubo de hacer frente a un nuevo levantamiento en el Cuzco, que concluyó con la decapitación de sus tres cabecillas. 

Muy enfermo siguió despachando a diario pero poco más le dio tiempo a hacer. A menos de un años de su llegada falleció el 21 de julio de 1552. La petición de la Audiencia de Lima y de la ciudad de Trujillo para que se nombrará a su hijo fue de inmediato rechazada. No estaba el rey de España dispuesto a soportar otras dinastías en sus dominios. Antonio de Mendoza, tras una pomposa ceremonia en la catedral de Lima, fue sepultado en su sacristía.