Bochorno

Antonio Pérez Henares
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El fracaso de la investidura es un fiasco terrible para Sánchez e Iglesias y deja heridas en los dos partidos que serán difíciles de cerrar

Bochorno - Foto: Ballesteros

La novedad del cenagal político en el que se siguen revolcando los vendepeines políticos, es que a Rufián, visto lo visto, se le ha ocurrido que bien él puede hacerse pasar por hombre de Estado. Siguiendo las directrices de su jefe, el frailón Junqueras y los consejos de algún sicólogo conductual argentino de los que aún no han colocado en la Administración, ha pensado que el nuevo disfraz puede colar y con él se ha presentado ante las teles.
El calor ha golpeado a las tierras de España estos días pero el bochorno peor que han sufrido los españoles es el con el que les han abofeteado sus representantes en el Congreso. En especial Sánchez e Iglesias que han protagonizado la más esperpéntica y repulsiva actuación conocida en nuestra democracia donde han competido por conseguir la primacía en soberbia, fatuidad, ambición, egolatría y desprecio a la ciudadanía, a la nación española y a la mínima dignidad política, si es que les quedaba ya alguna.
 El resultado ha sido el más enfangado de los empates.  Han quedado retratados en lo que son y en lo que ocultaban. Han dejado al descubierto su calaña. Ellos y las  collas separatistas del preso Junqueras y del prófugo Puigdemont, sin olvidar a los repulsivos  filoetarras de Bildu que aún se permitieron hacer asquitos, desde su pedestal de mamporreros de los asesinos, han escenificado con cruda desnudez su absoluta mendacidad y miseria ética.
 Los hechos ya son de todos conocidos. Sánchez ha vuelto, por segunda vez, la anterior la protagonizó en 2016, a fracasar en un intento de investidura. Ni entonces llegó al Gobierno ni por ahora lo ha conseguido tampoco. En las dos ocasiones donde ha tropezado ha sido en Iglesias. El macho alfa de Podemos frustró entonces y ahora su intentona.
Ambos parecen  incapaces de acuerdo alguno constructivo. Tan solo en la destrucción se encuentran, como fue el caso, ahí sí todos a uno, en la moción de censura contra Rajoy. Pero en cuanto ha habido que compartir y colaborar lo único que ha emergido ha sido el ansia viva que al uno y al otro corroen y en lo que son tan idénticos que se repelen. La conclusión una guerra de mentiras, de ocultaciones, de trampas, de emboscadas que llegó hasta el último minuto, en la tribuna misma. Para su vergüenza y para el bochorno de todos a quienes no nos queda otro remedio que el soportarlos.
El fracaso de la investidura es un fiasco terrible para los dos  y deja en ambas filas tales heridas que mucha habrá de ser la necesidad, que lo será, para que puedan cerrarse si no quieren verse ante las urnas el próximo noviembre.
Lo sucedido resulta todavía hoy inexplicable. Aceptado por el PSOE el que la extrema izquierda populista, anticonstitucional, aliada del separatismo (de hecho tenían que contar además con sus votos) y partidaria de desguazar la soberanía nacional y darle incluso rango de vicepresidencia no contó con que los podemitas exigieran ir más allá y no solo figurar sino tener mando en plaza y con separación de gananciales. O sea, que boda sí, pero habitaciones separadas y dineros a medias.
 La personalidad de ambos, el uno nunca mejor fotografiado como el más chulo de los billares y el otro como el más trilero del patio de Monipodio, hizo de amalgama para lo acaecido. Una pelea tabernaria, donde menos decirse la verdad se han dicho todas las cosas para hacerse el máximo daño el uno al otro, amen de los escupitajos, puñaladas traperas y dentelladas de caimán que se propinaban por persona interpuesta o por los medios de agitación, prensa y propaganda en que se han convertido, y estos días más, muchas de nuestras pantallas, radios y redes.
  Lo que vaya a acaecer de aquí en adelante es ahora imprevisible. La lógica haría suponer que se podría intentar de nuevo antes de que acabe el plazo en septiembre y que el Gobierno Frankestein que el jueves zozobró vuelva a reflotarse para el otoño y para desdicha nuestra, que esa es otra, pero lo de Pedro y Pablo, Pablo y Pedro no responde a ello y mucho menos al interés general de todos. Puede que el uno esté calculando escaños si deja como culpable al otro y el otro más o menos en hacer lo mismo con respecto al uno.
 Porque además y según vaya llegando el otoño asomará un aditamento de enorme trascendencia. Para ese mes o para el siguiente caerá la sentencia del Supremo a los juzgados por rebelión contra nuestro Estado y nuestra Constitución. Y entonces el escenario será muy diferente. Rufián, por ejemplo, ya no llevaría el traje de responsable chico de los recados sino de bicho del pantano y los morados empezarán a bailar no entre dos aguas sino , y como siempre, con la corrompida por el secesionismo.
 En resumen, que un bochorno. Pero si quieren que les diga la verdad también un alivio. La investidura era mala y hasta marrana pero el Gobierno era una catástrofe más que predecible. Por ahora nos hemos librado.