La vida, en el año uno después del Aquarius

I. Ballestero
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Famara Saidykhan busca en Ciudad Real las oportunidades que se le negaban en Gambia. Un año después de su odisea aguarda la oportunidad de trabajarse su propio futuro

La vida, en el año uno después del Aquarius - Foto: Rueda Villaverde

Cuando Famara cierra los ojos cada noche en Ciudad Real, su corazón late a miles de kilómetros de allí, en algún lugar de Gambia. Por eso le cuesta dormir, porque ese tamtam que debería sonar rítmico y pausado se acelera al baquetearse desde el miedo que da la distancia, la que le separa de su mujer y sus tres hijos, que aguardan la suerte de su padre en un país lejano. Después de una odisea de tres años que escribió episodios en diferentes territorios y en la soledad de la prisión se cruzó en su camino un barco, el Aquarius, en el que hace un año que llegó a España. Desde que puso pie a tierra ha hecho todo lo posible para construir en España la vida que Gambia le sacudía, y por eso, además de desenvolverse en un perfecto inglés habla con cierta solvencia en español. Cuando camina por la calle saluda al montón de conocidos que ha cosechado en el último año y mira a todos los obreros que se encuentra trabajando en la construcción. Allí es donde querría estar, el medio con el que quiere construir un futuro para su familia.  
Famara Saidykhan compartió travesía con más de 600 migrantes en aquel barco que durante mucho tiempo representó el único asidero de esperanza para aquellos que habían puesto su vida a cargo del mar. Huyó de la guerra, una de las múltiples representaciones que la sombra de la muerte adopta en aquellos países en los que la gente termina por elegir la inseguridad del mar a la certeza del dolor en la tierra, si es que entre ambos extremos hay una elección posible. Es esa sombra la que le quita el sueño. «Cuando me acuesto no puedo dejar de pensar en que me pueden llamar al día siguiente para decirme que a mi familia le ha pasado algo malo», confiesa.
Es la oscuridad la que llama a los malos pensamientos. Durante el día Famara es un tipo resuelto, optimista, con una gran vitalidad. Escucha música en su móvil antes de hablar con La Tribuna y no lo suelta en ningún momento de la entrevista, porque recurre a las imágenes para evocar aquello por lo que lucha. «Tengo tres hijos, y estoy aquí porque sé que trabajando aquí puedo pagar su comida, puedo pagar su ropa, puedo darles lo que necesitan», dice en inglés con un convencimiento que poco a poco empieza a trasladar al castellano, al que salta de vez en cuando después de vencer a la vergüenza. Ése es uno de los logros que ha acumulado en un año en Ciudad Real, sus avances con un idioma que le era desconocido, además de la gente que ahora le rodea. En la sede de Cruz Roja saluda a unos y a otros. Está en la segunda fase del programa para refugiados y espera abandonarla pronto, pero para eso necesita un trabajo con el que empezar a consolidar aquello con lo que sueña despierto, cuando todavía no le alcanzan las pesadillas.

La vida, en el año uno después del Aquarius
La vida, en el año uno después del Aquarius - Foto: Rueda Villaverde
«He trabajado siempre en la construcción y es lo que puedo hacer, tengo mis manos para trabajar y para tratar de asegurar un futuro a mi familia», explica Famara. Su historia en el último año dista mucho de aquella que durante tres hacía que la amenaza aguardara detrás de cada esquina. En Ciudad Real se ha encontrado una ciudad acogedora, y esa aceptación le acompaña cuando recorre otros lugares de la provincia, aunque el que más menciona es Bolaños. «Yo respeto a todo el mundo, está en mi pensamiento, en mi manera de ser, y también recibo ese respeto que tengo para los demás».
Hace un año, Famara relató su historia en este diario pero lo hizo bajo un nombre que no conocía y oculto por una luz que trataba de apagarle. Eran aún las secuelas del miedo y de una situación recién adquirida que peleaba por conservar. Despojado de aquello, habla como uno más de sus relaciones en este año. «Tengo amigos con los que puedo juntarme a charlar, con los que pasar el tiempo», dice, pero pronto le vuelve la obsesión firme de construir el futuro que se prometió cuando salió de Gambia. Enseña la foto de sus tres hijos en el móvil y empieza a detallar un árbol familiar con muchas ramas, y muy diferenciadas. Incluso ha retomado el contacto con un hermano al que llevaba mucho tiempo sin ver, a través del teléfono, que espera que pronto suene con una oportunidad para trabajar. ¿Volverá a Gambia? «Maybe». Y sonríe. Su presente de momento está aquí. 
 


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