Edeumonía

Juan Villegas


Globalescepticismo

04/07/2020

Al escepticismo respecto al conocimiento le ocurre como a la sal en la cocina, que un pizca hace que el resultado siempre mejore.  Descartes, del que casi todos conocen su  famosa sentencia «pienso luego existo», fue uno de los primeros filósofos que se dio cuenta de la importancia de la duda y la consideró como el primer momento necesario en el camino hacia el conocimiento. Frente a un realismo ingenuo que da por bueno todo tipo de saber, Descartes nos enseña que  empezar desconfiando respecto a lo que creemos saber, respecto a lo que damos por sentado o consideramos  como incuestionable nos pone en camino hacia el verdadero saber.  La duda y la crítica en proporciones adecuadas realzan los saberes e introducen al espíritu en un movimiento continuo hacia cimas más altas  en la ciencia y el conocimiento. Ahora bien,  lo que puede resultar peligroso es cuando este escepticismo, en el que se debe estar de paso y por el que hay que pasar  como Ulises por el mar de las sirenas,  deja de ser transitorio y se convierte en un estado de ánimo definitivo. Cuando esto ocurre termina haciéndose imposible todo conocimiento y su ‘canto’, como el de las sirenas, arrastra inevitablemente hacia las profundidades de relativismo sobre el que nada puede levantarse ni construirse. La duda en pequeñas dosis estimula el conocimiento pero transformada en actitud permanente termina  envolviendo todo en nosotros con una pringosa acedía.
La pandemia ha ayudado a intensificar el debate sobre una cuestión que se plantea desde posiciones cada vez más polarizadas y que su desarrollo puede resultar decisivo en el devenir del panorama internacional de los próximos años. Es el debate acerca de si ha llegado la hora de poner fin al mundo globalizado en el que vivimos y de si el que debe venir, adelantado por la ahora realidad post-SARS-CoV-2, tendrá que rescatar el Estado-nación, plenamente soberano, sin resquicios para la cesión de soberanía hacia Organizaciones supranacionales,  autárquico, que se construye y mantiene de espaldas al resto del mundo. Como acechados por un mal que viene de fuera, los Estados cierran filas y fronteras, se protegen,  intensifican las medidas proteccionistas frente a personas y productos extranjeros, se  fijan aranceles, se recuperan las cadenas de producción que durante estos años de atrás se llevaron allí donde eran más rentables pero  que han creado dependencias que, como hemos podido comprobar durante estos meses, pueden pagarse caras, y  se hace ondear junto a las banderas nacionales  las del ‘este país primero’.
A la hora de afrontar este crucial debate hay quienes desde posiciones antisistema y anticapitalistas tienen interés en sembrar dudas y sospechas respecto a la viabilidad de un mundo globalizado intentando llevar las posiciones hacia un escepticismo político  social y económico radical, que ya se está abriendo paso, y desde el que se empieza a cuestionar radicalmente el modelo de globalización que algunos ven ligado intrínsecamente al capitalismo de los últimos 50 años. Todos sabemos que el euroescepticismo en Gran Bretaña , alentado a través de redes sociales desde lugares muy lejanos a las Islas Británicas, terminó desencadenando movimientos profundos de rechazo del proyecto global europeo que han terminado en un brexit con el que todos hemos saliendo perdiendo.   Los nuevos globalescépticos rechazan el mundo hiperconectado y estarían abogando por la recuperación de localismos y de un ruralismo ecológico como alternativa a la ciudad y lo que esta representa (que siempre ha sido el espíritu cosmopolita, crisol de culturas, espacio para el mestizaje, la fusión y el encuentro, trampolín hacia un mundo sin fronteras). La vuelta al pueblo como reacción y como crítica, que nace de un deseo en gran parte azuzado por el miedo, significaría para estos movimientos la recuperación de la vida en pequeñas comunidades donde encontrar la seguridad y el confort emocional. La dedicación al huerto, a la vaca o a la colmena, encierra el certificado de renuncia a mantener vivos ideales y metas universales. Los países y sus personas se vuelven hacia sí mismos emprendiendo un camino hacia su interior territorial e histórico.  
El mundo hoy está en la encrucijada de tener que elegir entre un nuevo romanticismo desilusionado, que ha sucumbido al canto del escepticismo,  arrojado al mar de la nostalgia del paisaje y la lengua local,  que absolutiza  el sentimiento de pertenencia a un pueblo, a una familia, a una comunidad, a una estirpe o tribu; o, por el contrario, seguir apostando críticamente por un proyecto de civilización global donde la única patria posible sea la de una humanidad asentada sobre lenguajes universales que nos puedan ayudar a conseguir un entendimiento sin fronteras en busca de metas de justicia y de igualdad planetaria.