EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


En tránsito

30/08/2020

El abuelo del escritor portugués José Saramago era un humilde pastor de cerdos, que al llegar a una extrema ancianidad hubo de abandonar su aldea para ser acogido en un hospital de Lisboa donde acabaría muriendo. En su despedida del mundo en que había vivido, se fue abrazando lloroso a los árboles de su terreno que iba a dejar atrás y para siempre.
Antiguamente, la manera decente de morirse era abandonar el mundo que uno conocía de primera mano y que quedaba a sus espaldas tal y como lo había encontrado al nacer. Un mundo sólido y seguro que necesitaba mucho tiempo para cambiar de cara. Nada es inmutable, aunque haya de tomarse su tiempo, un tiempo de cientos de años para que variase el paisaje humano y miles de ellos para que se alterase el paisaje físico.
El hombre es un episodio surgido en medio de una realidad física y humana en la que un día aparece para abandonarla años más tarde. Somos un resplandor efímero entre dos eternidades. Aunque no deja de ser llamativo que solamente nos preocupe la eternidad por venir y no nos inquiete ni suscite preguntas la eternidad de la que procedemos.
Dice el paradójico filósofo mexicano de Güémez que «hoy se está muriendo mucha gente que no se había muerto antes». Esta frase -siempre que se use como un detonante y no se tome como una burla- puede servir para dar paso a la cruel realidad que ha impuesto el Covid-19 en todo el mundo
Es indudable que la muerte de cada uno siempre es original y de estreno, pues nos morimos de primera mano. En conjunto y en cifras relativas, no tengo datos de si hoy se muere más gente que antes, pero sí creo que nos morimos de otra manera. Los modos de morirse han variado radicalmente y es a causa de la velocidad progresiva con la que la sociedad cambia. El pastor portugués abandonaba un mundo, mientras que al anciano de hoy es el mundo quien lo expulsa de sí. Un mundo que ya no comprende y donde se siente extraño.
Con los años perdemos facultades y vamos camino de la sordera pero no fallamos tanto por no oír a las gentes como por no entenderlas. Creo que acabaremos muriéndonos de extrañeza. ¿Qué mundo es éste que no comprendemos y que nos expulsa de su seno? Hoy la tecnología queda fuera del alcance de la imaginación, la desvergüenza acompaña al delito y como efectos de la emotividad tóxica aparecen nuevas religiones sustitutorias con raros dogmas, tales como el feminismo, el animalismo, el podemismo, o el veganismo. Si no navegas por la red, estás paralizado, si no sabes inglés estás mudo y sin un buen tatuaje eres anónimo.
A los prescindibles les han colgado la etiqueta de vulnerable con la que se recortan sus derechos y capacidades. Los economistas pretenden recortar el gasto de los que están viviendo demasiado y los políticos planean quitar el voto a los veteranos porque va en contra del progreso. Será injusto hacerlo,  pero ya verán como  ‘sí se puede’.
Nos iremos de casa, pero a nuestra espalda ya no quedarán árboles a los que abrazar.