Desde mi ventana

Antonia Cortes


El ascensor

18/02/2021

Lleva meses sin coger el ascensor. Aún no sabe que ha vuelto a sus viejos miedos pese a los años trascurridos. Asumía que la caída era una posibilidad, pero también que el tiempo jugaba a su favor. Y lo estaba haciendo, hasta que las cosas, la propia vida, cambió de pronto.

Todo empezó por la recomendación de no usarlo, de no tocar, de evitar sitios pequeños y comunes. Eso estaba escrito en un folio pegado en la pared y firmado por el presidente de la comunidad.  Y ella hizo de esa recomendación una obligación. Se convenció de que subir por las escaleras era la mejor opción dadas las circunstancias, y que, además, de esta manera quedaba un tanto disfrazada su pereza para hacer deporte.

Durante los primeros meses, tuvo la tentación de subir en ascensor hasta su quinto piso en más de una ocasión. Cuando su dedo se dirigía hacia el botón de bajada o subida tomaba conciencia de lo que iba a hacer, entonces se daba la vuelta y comenzaba a subir los escalones mientras dejaba tras de sí una puerta abierta llena de luz y vacío. Y reía como una niña que acaba de engañar a su hermano en el reparto de golosinas sin saber que ella sola estaba cayendo en su propia trampa.

En una de esas ocasiones en las que el propio impulso la llevaba hasta la puerta del ascensor, sintió revivir algo que había dejado en el olvido. Comprobó que no podía moverse y que sus manos sudaban. El ascensor llegó a su planta y se abrió. Solo tuvo unos segundos para ver reflejado su rostro en el espejo. Esa expresión que tornaba de su pasado y que hablaba de miedos no controlados. El mismo que estaba sintiendo mientras se veía de pequeña encerrada en un armario, presa de una broma macabra.

Minutos más tarde con la ansiedad agarrada como una garrapata decidió entrar en casa. No podía creer que hubiera tirado por tierra sesiones, esfuerzos, dinero y el triunfo de la superación. Sabía que el camino era duro porque ya lo había andado, pero también que el premio al concluirlo le devolvía la libertad de una cometa en el cielo. Y comenzó, una, dos, varias veces al día, a enfrentarse a ese monstruo. Se acercaba, poco a poco. Temblaba. Se metía y salía corriendo por falta de aire. Tocaba sus botones y sentía la presión, ese baile de fantasmas del pasado.

Semanas de pie, sola, con esa hoja aún pegada en la pared inicio del retorno de sus traumas. Hasta que llegó el día. Un paso. Y ahí estaba, dentro, sin aire, horrorizada. El cuarto, el tercero… Cerró los ojos, apretó los puños y rezó los últimos segundos. A punto de marearse, escuchó la puerta al abrirse. Salió como una bala, la que mató su miedo.  Y caminó segura, como si acabara de atravesar el pasillo último de una cárcel antes de alcanzar la libertad.



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