BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


De virtudes, defectos y responsabilidades

14/09/2020

A los pueblos, como a los ciclistas, se les ve la clase, no cuando van cuesta abajo, donde quien más quien menos se cree Induráin, sino, antes bien, cuando la carretera se empina como el Tourmalet, y a uno le entran ganas de coger la bicicleta y arrojarla al fondo del barranco. Es, en efecto, en las situaciones difíciles donde se ve la clase, el carácter, el temple de un pueblo, y de eso, reconozcámoslo, y bien que me duele decirlo, los españoles sabemos muy poco. Acostumbrados al unamuniano ‘que inventen ellos’, al ‘cirujano de hierro’ -que decía Joaquín Costa-, a la espada salvadora y al ‘aquí me las den todas’, hemos vivido y seguimos viviendo en la indolencia, incapaces de hacer examen de conciencia para mejorar como pueblo, como nación y como personas.
Nos hicieron creer que la Transición que hicimos del franquismo a la democracia fue ejemplar, y a la hora de la verdad hemos visto que las cosas se hicieron deprisa y corriendo, que se cometieron tremendos errores, que se podía haber hecho infinitamente mejor, y que lo que se hizo era porque no había otra salida –hasta la derecha tradicionalista, excepto una minoría de nostálgicos, lo entendió– que la lampedusiana «que todo cambie para que nada cambie». Los lodos de aquellos polvos aquí los tenemos con un país con diecisiete presidentes (en España casi todo el mundo preside algo y así nos luce el pelo) con sus ocurrencias; diecisiete reinos de Taifas, y con el fautor de la cosa en su triste exilio borbónico de los Emiratos Árabes.
Se nos repitió hasta la saciedad –otro mantrax de los últimos tiempos– que teníamos la juventud mejor formada de la historia. Dictamen basado en el hecho de los millones de jóvenes de ambos sexos que pasaron por la Universidad, que hicieron másters de todo tipo. Pero los que nos hemos pasado la vida enseñando sabemos bien que una cosa es ‘sacar una carrera’, y otra bien, bien distinta, es la formación integral, la educación, el amor a la cultura, el espíritu de sacrificio y de superación, y de eso, reconozcámoslo, sólo una mínima parte de nuestros jóvenes participa. Lo están demostrando con creces en esta delicada coyuntura en que nos encontramos, con una pandemia que se la han pasado por la entrepierna, condenando con sus beborrios, sus botellones, sus juergas y su irresponsabilidad no sólo a muchos adultos infectados de coronavirus –«¿coronavirus?, ¿qué es eso?», dicen al tomar la tercera copa–, sino también a poblaciones enteras y contribuyendo, con su inconsciencia, a hundir la economía de este país, que, de seguir así las cosas, necesitará décadas para sacar de nuevo la cabeza.
Por supuesto, por supuesto, que no se puede generalizar, y que la responsabilidad no ha de recaer únicamente en ellos; por supuesto que hay jóvenes bastante más responsables que muchos adultos. Pero es que, en el caso que nos ocupa se puede muy bien decir que entre todos la mataron y ella sola se murió. Estar como estamos con la economía muy seriamente amenazada y con diez mil infectados al día después de un confinamiento de casi tres meses, lo que nos sitúa, una vez más, a la cola del furgón europeo, es algo de lo que nadie que se precie puede sentirse orgulloso. Por propios méritos nos encontramos en este asunto del Covid-19 con Colombia, Chile, la India, Brasil o Estados Unidos, en tanto que países como Italia, Alemania o Portugal han demostrado estar, al contrario que nosotros, muy a la altura de las circunstancias.
Y así, por mucho que nuestros gobernantes traten de quitar hierro al asunto, insistiendo que la situación es simplemente preocupante, lo cierto es que hay miedo, desesperanza, cabreo e indignación, y no digamos entre nuestros sanitarios, que se sienten cada vez más exhaustos, más decepcionados y más engañados. Y, para colmo, estas dos semana próximas, con el regreso a la aulas, nos la terminamos de jugar. Claro, que también hay lugar para el optimismo con la ansiada vacuna. Una vez más, la espada salvadora, ¡qué le vamos a hacer!