Comentario Dominical

Miguel Ángel Jiménez


Los tiempos de Dios

19/07/2020

Todo tiempo ha sido convulso desde que la historia es historia. Y cuando era prehistoria, también. No se aleja esa sensación de que estamos siempre en el filo de un abismo de proporciones históricas. Cualquier acontecimiento nos aboca a la destrucción humana. A veces incluso a la aniquilación física debido a cualquier catástrofe que pudiera suceder. El cine de catástrofes pone en pantalla ese discurso atávico en el que el hombre y su existencia es amenazado por fuerzas naturales descontroladas e incontrolables. De fondo late un causa-efecto castigador. Y tampoco es baladí que en episodios históricos de profunda crisis moral, cultural, política, eclesial y social, necesitemos héroes que por su entrega ponen esperanza en las vidas individuales y en el sentir social común. Es un mecanismo de defensa que señala a la profunda aspiración humana.  
De esas situaciones y, sobre todo, de los sufrimientos se aprovechan los discursos ideológicos que, en todas direcciones, intentan dominarnos desde los miedos más básicos, pero profundamente enraizados en nuestra interioridad. 
No hay un trigo y una cizaña luchando en cruel batalla en las mismas condiciones y con similares posibilidades y probabilidades de victoria. El bien es, definitivamente, y para siempre, más fuerte. Sí que pudiera ser que en, apariencia, el mal triunfa; los pobres están condenados; y los débiles vencidos. No es así. El bien triunfa y triunfará siempre. La única variable que habría que tener en cuenta es la del tiempo: no depende de nosotros y no tiene por qué suceder la victoria ahora, en este tiempo. 
Ver a Jesús muerto en la cruz podría llevarnos a pensar, incluso apoyados por multitud de pruebas y argumentos, a que el mal ha triunfado definitivamente; que para nada sirve amar hasta el extremo y perdonar sin reservar. Sin embargo, no es ese el final del partido de la historia. Las ligas de fútbol no terminan en febrero aunque, sin embargo, los analistas y comentaristas siempre pretenden un resultado definitivo para ese mes y sitúan como ganador de esa lid a un vencedor momentáneo y parcial. 
La victoria es del bien, es de Dios y, desde Él, es y será siempre del amor, del perdón, de la misericordia. Por eso, no desesperemos, no tengamos prisa ni con nuestra vida individual ni tampoco con nuestra convivencia social. El partido aún no ha terminado. Podrá haber episodios que nos lleven a un balance muy negativo. No será el final. La última palabra solo la tiene uno. Dejemos que Él marque los tiempos.