Elisabeth Porrero


Las ‘Travesías’ de Gallego Ripoll

29/07/2020

Dice Federico Gallego Ripoll que los versos de sus  Travesías (VI Premio de poesía Juana de Castro. Editorial Renacimiento) están escritos «sin servidumbre alguna más allá de la certeza de que la poesía existe donde y cuando ella quiera».
 Él, nuestro paisano de Manzanares, con la sensibilidad siempre escrita en la mirada, sabe bien dónde y cuándo encontrar la poesía y hacerla posible con sus manos, tan artesanas de versos. En su poema Turba seca hace referencia a esa presencia del poema que él, como el excelente poeta que es, sabe detectar: «Arde el verso y no quema la mañana/la luz en flor crecida en la frontera. /Arde el verso en la mano del que escribe… Arde quieto diciendo lo no dicho, /hacia adentro en sus límites, callado».
Bien sabe Federico que la palabra es aquello que nos constituye, que nos nombra, que nos libera, que nos redime y así lo plasma en el poema Elogio de la literatura cuando nos dice: «Al aire la palabra…/Al corazón, /al mundo la palabra… Y que quebrante ritos, /libere encadenados,/enmudezca rufianes/ y amanezca».
 Además la palabra es siempre sinónimo de luz y de ese modo lo explica este autor, con estos bellísimos versos, en el poema Tatuaje: «La luz y la palabra/ se rozaban los labios/presintiéndose,/y, a veces, se callaban /para sólo temblar».
Hay otras luces, imprescindibles, que también iluminan las sombras que, a veces, se empeñan en oscurecernos el alma. «No soy por cuanto tengo, / sino por cuanto pones tu risa en mi jornada… Atender a tu risa es poseer un mundo…» expresa en el poema Regreso a Ítaca.
Otro elemento, hermosísimo y  vital, y que atravesamos en estas Travesías es, sin duda, el mar. De él nos habla Federico en varios poemas.  «Un mar aflora dentro/ de las palabras» ( poema Los verbos nómadas), y no pueden ser estos versos más certeros puesto que del agua y las palabras venimos y siempre están dentro de nosotros mientras vivimos.
Con su característica e impecable lírica vuelve a establecer esta relación entre el mar y las palabras en Ser isla, cuando nos dice: «Háblame, dame/tanto mar como hablas/que no dejen tus brazos /de amararme…».
Leer estas Travesías es hacer un viaje maravilloso por arenas, bahías, desiertos, mares, imaginándolos a través de estos magistrales poemas pero, también, buscándolos dentro de nosotros.   El oficio del buen poeta es lograr que, con sus versos, el lector crezca. Federico Gallego Ripoll siempre lo consigue.