LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Illa

19/01/2021

La confusión existente en el mundo de hoy entre personas conocidas y personas competentes, genera en el día a día ejemplos funestos que repercuten en la marcha de la vida social de todos nosotros.
Determinados poderes económicos, mediáticos, y políticos, se entregan sin paños calientes a potenciar en cada ámbito en el que se desenvuelve su labor, perfiles compatibles con aquello que pretenden. Cadenas de televisión o canales de redes encumbran a personas que no tienen ninguna habilidad especial, para hacerlos famosos y ahorrarse el pago de honorarios de gente que tuviera por su conocimiento o capacitación profesional o artística mayor caché y autonomía de pensamiento.
Se acostumbra al público tan solo a que conozca ‘al que sale’, y que consuma ese producto de bajo precio. Esta exaltación o impulso para primar al famoso frente al pertinente, se observa también en la política, y tan lamentable precedente arraiga, dada la tolerancia de parte del electorado con el asunto, que en su fuero interno ya ha tragado con esta costumbre en el ámbito de los contenidos de ocio y tiempo libre. Trump siempre fue un friki puesto en esa línea de salida, que para colmo también podía financiarse su ascenso: el resultado es el que todos conocemos.
Ahora en Cataluña, los socialistas, con toda lógica, presentan como candidato a la presidencia a un ministro muy conocido (por ponerle cara a la hecatombe), pero de dudosa competencia (por decir algo). Es de libro: es reconocible, y encima pueden vender que lo promueven por su buena gestión puesto que, en caso contrario, sería de locos proceder de esa guisa. Pues no: habitualmente es de locos, y les da lo mismo si el tipo es bueno, malo, regular, o simplemente si es adecuado al cargo (¿Acaso se preocuparon de ello para nombrarle Ministro de Sanidad?). Se trata de que lo conozcan.
Este tal Illa puede no ser pasable para su Cartera, pero es listo, por eso no me entiendan mal el ejemplo con el que quiero terminar: nuestros mayores en los pueblos tenían la indigna e inhumana costumbre de colgarle a cualquier pobre persona el cartel de ‘tonto del pueblo’, infamia que por fortuna no se mantiene hoy en día. Ese personaje era el más conocido de la comunidad. Por muy necios que fueran entonces, y muchos lo eran, jamás hubieran votado a tal persona para alcalde, precisamente por conocerlo. Pues bien, ahora eso daría lo mismo porque no pasa nada a efectos de repercusión social en muchos de los ambientes, cuando la fama y el índice de conocimiento priman, pues ya se encargarán los gurús, blogueros, jefes de prensa, asesores, manipuladores, y demás mediadores a sueldo, de transformar al sujeto en el nuevo Churchill del lugar.