Doble Dirección

José Rivero


Parlamento

03/02/2021

El obituario de Alfonso Guerra en el diario El País del 30 de enero, sobre el desaparecido amigo Guillermo Galeote, antiguo dirigente del PSOE y diputado en las legislaturas de 1977 a 1993, daba cuenta de algunas particularidades de la evolución política española y de su deterioro -con aguijonazo incluido al presente insípido-, más allá del algún chispazo de recuerdos alterados -el cine club Universitario de Sevilla, donde comparecen A. G. y G. G. nunca estuvo en el pabellón de Chile, sino en el de Uruguay; extremos estos que tampoco aparecen en las memorias de A.G. Cuando el tiempo nos alcanza-. Médico especialista en medicina interna, elegido miembro de la ejecutiva del PSOE en el XII Congreso de Toulouse en agosto de 1972, permaneció en la dirección hasta 1991, desempeñando diversas secretarías, entre otras, la de Administración y Finanzas (1988-1991), por la que acabaría dimitiendo tras el caso Filesa, en el que finalmente sería absuelto. 
En esos años de Parlamento y de Transición política hacia la democracia -hoy tan denostada como mal interpretada-, Guillermo Galeote coincidiría en los escaños del hemiciclo con el también diputado constituyente -recientemente desaparecido y recensionado por algún compañero lejano- por la provincia de Ciudad Real Blas Camacho Zancada. Diputado electo en 1977, por la Unión de Centro Democrático, que revalidaría años después -en las legislaturas III y IV- con el Partido Popular. Desaparición que se suma a la de otros colegas recordados, también parlamentarios por la demarcación provincial por el PSOE. Desde Manuel Marín -fallecido en diciembre de 2017-, a la más lejana de Francisco Granados Calero en 2005 y de Emilio Castro en 1999, que había sido senador por la provincia. Algo parecido podríamos decir del grupo de rivales políticos, Carlos Calatayud (2009) o José Luis Aguilera Bermúdez; o de los concordantes Cipriano Morales o Rogelio Borrás.
Todo ello, toda la nómina de diputados y senadores desaparecidos en estos últimos años o ya en la trastienda de la política -como Miguel Ángel Martínez o José María Barreda-, contrasta con el carácter liviano de la representación parlamentaria actual. Provista de un perfil tan bajo como para pasar desapercibidos casi todos ellos, por su bajo desempeño en las Cámaras y por su baja presencia en la vida pública provincial. Y estas circunstancias de devaluación y deterioro de la vida política es parte del argumentario seguido por Juan Luis Cebrián en su último trabajo Caos. El poder de los idiotas, donde al amparo de ese deterioro partidario y partidista se va generando una dirigencia que hace añorar a los precedentes en sus puestos.