BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Asalto al Capitolio

11/01/2021

Uno cree haberlo visto todo, hasta que de repente se da cuenta de lo mucho que le queda por ver en este mundo convulso y desmadrado en que vivimos, en que los valores se tergiversan a diario, los fanatismos proliferan y los que deberían dar ejemplo con sus conductas y su forma de vivir, andan a la greña, esclavos de un dios que es el becerro de oro.
Ver la tarde del día de Reyes a una horda de descerebrados lanzados por el propio Trump, que, por miedo, por arrogancia o por asuntos inconfesables, no se resigna a dejar la Casa Blanca, contra el Capitolio, donde en ese momento los representantes elegidos en las elecciones presidenciales de noviembre se reunían para validar el resultado de las mismas y nombrar de facto presidente al candidato demócrata Joe Biden, fue una más que trágica experiencia saldada con cuatro muertos, dieciséis heridos, más de un centenar de detenidos y un soplo en el corazón de la democracia más vieja del orbe.
Ver cómo, con la máxima impunidad, decenas de fanáticos ultraconservadores, perfectamente pertrechados, escalaban a pelo los muros de tan noble edificio, como maletillas las sólidas paredes de una plaza de toros, y se colaban en el interior del Parlamento arramblando con lo que podían, arrasando despachos y haciéndose fotos sacrílegas, no pudo menos de generar un sentimiento de estupor entre quienes mínimamente respetamos la democracia.
Y sin embargo a nadie con dos dedos de frente debería haber extrañado, habida cuenta del caldo de cultivo que tan siniestro personaje había ido generando no sólo desde que hace cuatro años fuera elegido, haciendo de la Casa Blanca su particular feudo, sino, y en especial, desde el instante en que constató que había perdido las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos y, en vez de reconocer como cualquier demócrata su dolorosa derrota, se agarró, cual niño mimado, a la vergonzante tesis de que le habían robado,  sin pruebas ni argumentos.
No cabe duda de que este Ubu, que tan siniestramente ha sabido aprovechar de unos años acá las múltiples frustraciones de los nostálgicos, supremacistas, racistas, los excluidos por un sistema que se autodenomina liberal y bajo ese lema perpetúa un  modo de vida en el que el único baluarte es el dinero, estaba preparando una asonada de inciertas proporciones. Pero, tal y como tuvimos ocasión de ver en el terrible episodio del asalto a las Torres Gemelas, en ese enorme país, cuyo principal enemigo es sin duda, como le ocurriera a los dinosaurios, su propia vastedad, hay demasiadas cosas que vienen fallando.
El espectáculo, con ese personaje esperpéntico vestido de vikingo, piel roja y trampero, arrellanado en un sillón, con las patazas sobre la mesa, como si hubiera sido Bush hijo, en el despacho de la presidenta de la cámara, además de romper todos los esquemas, da mucho que pensar y que reflexionar en un país donde, como en ningún otro sitio, se constatan las dos grandes postulaciones que, en palabras de Baudelaire, se encuentran en el interior del ser humano: Dios y Satán. Lo mejor y lo peor. La máxima sapiencia, merced a sus poderosísimas universidades y centros de investigación; y la máxima incultura, ignorancia y analfabetismo de millones de individuos que lo único que reconocen y admiten es el mundo en que ellos habitan, ignorando lo demás; individuos llenos de frustración y de miedo, y que, en su desesperación, vinieron a agarrarse como lapas a la túnica de uno de esos tremendos mixtificadores que de cuando en cuando da la Historia, un multimillonario llamado Trump, tan burdo, tan egocéntrico y tan sin principios, que a punto ha estado de llevar a Estados Unidos, y de paso al mundo entero, al caos. Buen reflejo del amor que decía profesar a su pueblo lo tenemos en esos 350.000 muertos por coronavirus. Esperemos que, como bien dijo Shakespeare, pronto empiece a pagar sus tropelías.