NUEVO SURCO

Javier López


100 días

24/06/2020

Pasarán a la historia como los 100 días que marcaron a un país en el inicio de una década, la de 2020. Primavera para la memoria.  Concluido el estado de alarma tendremos que esperar todavía un tiempo largo para analizar con sosiego cómo lo hemos llevado y las razones que nos han sostenido en el trance, razones de unos y otros, y nuestra propia motivación para aguantar un envite inesperado, sobrevenido. Crucemos ahora los dedos para que el confinamiento no vuelva, que los repuntes, que los hay, sean previsibles y controlados, que los ataques de Covid-19 no sean tan desbastadores y asesinos como los de la pasada primavera. Que no rebrote la pesadillas de los mil muertos diarios. Crucemos los dedos porque el peor virus de nuestra historia muera  y se quede frito con los calores de un verano que comienza tórrido, que las hogueras de San Juan lo quemen y lo envíen a la estratosfera como el humo de un mal sueño. Algunas hipótesis, a las que nos agarramos desde nuestra esperanza maltrecha, así lo vaticinan, aunque los hechos lo desmienten al tiempo que nos topamos ante la realidad de retrocesos notables como los de esas tres comarcas de Huesca que vuelven ahora a la fase 2. El Gobierno advierte de la posibilidad del retorno del estado de alarma. El virus soporta el calor de momento y solamente muere con el jabón.
Y, sin embargo, el virus, que nos permite un pequeño respiro, se ceba ahora con otros lugares del mundo. América no encuentra salida y acumula ya la mitad de los casos 100 días para recordar, no para olvidar, días plagados de angustias e incertidumbres. Pocos habrá en España que no hayan tenido algún conocido o familiar aquejado por el covid, algunos han perdido a seres queridos, algunos hemos tenido a seres queridos en primera línea de combate en ese frente sanitario que ahora merece todos los premios y todos los reconocimientos, y sobre todo, inversiones, más dinero que completen y refuercen una sanidad pública que sigue siendo envidiada en todo el mundo pero que nos ha dejado también al descubierto sus carencias suplidas en los 100 días de la alarma por la heroicidad de unos sanitarios que han sido nuestro primer escudo salvador. Agotados, exhaustos en un esfuerzo patriótico de gran calidad.
100 días para recordar estancias y vivencias: días de confinamiento y recogimiento, de paseos interiores y sentido de la comunidad esencial que no es otra que la propia familia convertida durante el encierro en el reducto primordial, primera trinchera y a veces casi única. «Cuídate» y  «¿Qué tal los tuyos?» ha sido el protocolo básico de nuestra relación social convirtiéndose lo más primario en lo más urgente, lo único importante en un situación de angustia e incertidumbre.
Aunque la incertidumbre continuará ahora 100 días y más. Se anuncia un verano como una pequeña tregua de pequeños viajes, un respiro precavido y prudente esperando que no haya grandes repuntes que nos impidan disfrutar un poco del sol, el agua y la montaña; del restaurante o la chancla en el chiringuito;  de la bota de montaña y de la toalla en la playa;  del pueblo y del río. Un verano cargado de prudencias en el que la tríada distancia-mascarilla-manos será el dogma del estío más extraño en el que no habrá otra filosofía posible que la de hacer virtud de la necesidad, y recordar que la última primavera fueron 100 días en los que vimos crecer las flores en el balcón bajo un estado de alarma que se hizo realidad en la vida cotidiana para dejar de ser una lejana e improbable previsión constitucional, y  que deja ahora paso al concepto imprescindible de la responsabilidad individual del planeta convirtiéndose en terreno abonado para que la pandemia haga estragos. Nuestros hermanos del otro lado del charco lo empiezan a pasar muy mal en el sur mientas grupos de personas que no han entendido bien lo que es el antirracismo se dedican, en el norte más tocado por la herencia española,  a derribar o agredir estaturas de personas como Cervantes o Fray Junípero Serra, humanistas y antirracistas que entendieron con adelanto que lo humano es único e indivisible más allá del color de la piel. Ha ocurrido en San Francisco, California. Algo así como luchar contra la pandemia derribando monumentos al doctor Fleming. Síntomas de un tiempo raro e imprevisible en el que curiosamente el Covid-19 nos está poniendo ante una vulnerabilidad esencial que no entiende de razas ni de fronteras. Vulnerabilidad consustancial a lo humano, por más que pasen cien días o cien años.