BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


La continua burla

19/07/2020

Lenta, pero religiosamente, el presidente Sánchez paga sus deudas a Rufián. El pacto estaba claro, el apoyo de ERC a cambio de la puesta en libertad de los condenados del Procès y la mesa de diálogo. La táctica, y eso lo sabía muy bien Rufián, era dejar las cosas como estaban, aparentemente claro. Primero el acercamiento a Cataluña, haciendo creer al pueblo que con eso bastaba, pero ¡quiá! Maniobra de trileros: dejar pasar el tiempo hasta que se enfriara el tema, y luego -ya se sabe, la maniobra astuta de Suárez de Sábado Santo-, la estocada final, audaz: el tercer grado justo cuando el país anda atribulado con lo que le ha caído encima y con lo que está por venir, y, además, en un momento en que una gran parte de la población (incluidos los periodistas) se dispone a coger las vacaciones del 15 de julio al 15 de agosto. Un tercer grado en contra del parecer de los fiscales, entre otras cosas, porque ese tercer grado, si mis parcos conocimientos de leyes no me engañan, exige un mínimo de arrepentimiento, y éstos, de arrepentimiento nada; al contrario. Y si no, que se lo digan a los Jordis, que han salido de prisión como Lenin y Trotski, en olor de santidad y de martirio, como el que ha hecho un máster total.
Una vergüenza para España y, no menos, para todos los presos a quienes se les aplica, así como suena, la legislación vigente. Una vergüenza, insisto. Salmerón vomitaría, e incluso puede que también Indalencio Prieto y no digamos Besteiro o Prat. París bien vale una misa, puede. Pero burlarse de ese modo el poder Legislativo del Judicial, es algo sin parangón. Montar un tinglado como el del juicio del Procès, mantenerlo seis meses, para luego acabar en esta farsa es, nunca mejor dicho, de juzgado de guardia. ¡Cómo nos gustaría estar dentro de la cabeza de aquellos dignos magistrados que día tras día hicieron encaje de bolillos para demostrar al mundo que en España la Justicia es algo muy serio! ¡Meses y meses de trabajo procesal riguroso, para esto! Dicen que Ciro Bayo admiraba a los carlistas porque eran valientes, insobornables, nobles y viriles… Lo que han cambiado las cosas, Dios mío.
Pero claro, había que dar carnaza al pueblo para seguir manteniendo la ficción; y he aquí que, como por ensalmo, el caso de los pujoles, que más que congelado estaba amojamado desde hace tres años, de repente, un juez lo saca a colación y ahí tenemos de nuevo a papá, a mamá y a los seis churumbeles, convertidos en sociedad criminal y, como tal, condenada, de momento, a pasar por un tribunal de Justicia. Tres años que sin duda les ha permitido edulcorar todas y cada una de las acusaciones mostrando fehacientemente que todo ha sido una calumnia de los españoles, porque el dinero, como sin duda se aprestarán a demostrar con los mejores abogados, procede de la tan traída y llevada herencia del abuelo Florencio. Esto, reconozcámoslo, huele a cuerno quemado, como todo lo que viene de las cloacas del Estado y del sumidero de la Generalitat.
 No hace falta ser Einstein ni Ramón y Cajal para entender que el caso de los pujoles, como el del Rey emérito quedará en agua de borrajas, como los miles y miles de folios y folias del juicio del Procès o el del yernísimo, con esa prisión hecha a su medida. La desmoralización del pueblo español está alcanzando cotas altísimas, como hemos visto en esas elecciones vascas del pasado domingo, a las que únicamente fueron a votar un 36% (o sea, los que se reparten el bacalao; con los batasunos anunciando su anhelo de «erradicar» a la guardia civil; lo de esta banda no es resentimiento, sino puro odio retestinado). Tiempos duros, tiempos difíciles, con espadas de Damocles por doquier y ejemplos nefastos desde arriba. Al final, si Dios o Europa (cosa bastante difícil) no lo arreglan, será una vez más la clase media la que pagará el pato y hasta la dichosa vacuna, si los rusos no se la llevan de matute.