RATAS DE DOS PATAS

Ángel Villarino


Ojalá en la cárcel

16/10/2020

No sé si ha tenido alguna vez la sensación de que viviría mejor en la cárcel. A mí hace ya años que me pasa con cierta frecuencia. Me imagino una vida sin teléfono móvil, con horarios fijos, comida siempre caliente y a la misma hora, un círculo estable de amigos -cada uno con sus debilidades y sus encantos- un rato para hacer ejercicio, lecturas relajadas en el patio y ocho horas de sueño garantizadas. Aunque el colchón sea mejorable y alguien ronque en el pabellón, no lo imagino peor que dormir arrinconado por las patadas de mi hija pequeña cuando no concilia el sueño.
Los funcionarios de prisiones aseguran que esas escenas de los jabones en la ducha son leyendas urbanas y que en muchos pabellones el ambiente es bastante civilizado. Quizá hasta me pueda sacar la carrera de Historia por la UNED, que es algo con lo que siempre he fantaseado. Y luego están las visitas, porque no viene cualquiera a verte a la cárcel. Es decir: denme un motivo para no ponerme a revisar el Código Penal en busca de un delito que me asegure seis o doce meses en esa isla de tranquilidad. Yo le veo solo ventajas.

Uno de los mayores pocos problemas de estar encarcelado es el estigma social, pero resulta que también puede solventarse si el delito es popular, patriótico o incluso heroico, como el de Nelson Mandela. Incluso me vale aunque no sea universal, sino circunscrito a un grupo de población, como el de Oriol Junqueras. A veces, de madrugada, me pongo a mirar las piscinas de las cárceles suspirando, igual que otra gente se pone a fantasear con las fotos de mansiones en El Idealista. Amigos, me muero por un pijama a rayas.