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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


El vicio de la improvisación

11/10/2021

Uno de los grandes males endémicos de la política española desde que se inició la democracia –por no decir el mayor– es la improvisación permanente. Una serie de sesudos militantes preparan un programa, por lo general muy bonito, redondo, que, como es natural, el líder del partido se compromete a llevar a cabo en todos sus puntos en caso de salir elegido. Sin embargo, llegada la hora de la verdad, rara vez es así.
Esto es como aquello de ‘mantente mientras cobro’; dame tu voto que, una vez que lo tenga, ya sabré yo lo que he de hacer. Luego, cuando llega la hora de unos nuevos sufragios, irremediablemente asistiremos a la misma comedieta de Ponza, traducida en idénticos argumentos y tópicos: ‘concluir el programa’. ¿Pero de qué programa hablamos? La de tropelías que se han cometido en España bajo tal denominación.
Más que al desarrollo de un programa perfectamente urdido y trabajado, lo que vendría a ser un proyecto de país con unos objetivos muy concretos, a menudo, por no decir siempre, se convierte en pura improvisación y parcheo. Digamos que se hace lo que buenamente se puede, sin orden ni concierto; de ahí los terribles desequilibrios que venimos sufriendo y que no hacen sino agrandarse día a día, con la izquierda, con la derecha o con un gobierno de coalición.
A nadie medianamente sensato le puede, por tanto, extrañar que, pese al oropel, los tres grandes males de España en los últimos años –los escandalosos índices de desempleo, el insoportable aumento de la pobreza y el progresivo hundimiento de la clase media– sigan sin arreglo, especialmente los dos últimos, que aumentan más y más, generando unos peligrosos desequilibrios que ya nadie se atreve a abordar.
Hay otros, claro está, que al igual que el desempleo se están haciendo endémicos, como es el caso del abandono de la juventud, y, por supuesto, el trabajo subterráneo y la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales –empezando por esos dos cánceres vecinos, Gibraltar y Andorra–, pero se diría que todos ellos van de soi. Es decir, que hay que asumir como realidades irrefutables en esta España que, por culpa de una serie de azares, se empeña en ser diferente de los países de su entorno, convencida de que no hay otra salvación de su economía que no pase por el turismo y el ladrillo.
El hoy denigrado Felipe González (el único político de talla junto a Fraga y Carrillo de nuestra época) nos metió en Europa y gracias a Europa estamos taponando muchos agujeros, pero la realidad, la amarga realidad, está ahí, con dos grandes partidos mayoritarios enfrentados a muerte e incapaces de ponerse de acuerdo en cuestiones básicas inalterables –educación, unidad de España, economía, vivienda, etc.–. Lo que vemos, empero, es justo lo contrario, para gran regocijo de los partidos independentistas, cada vez más cebados e insolentes.
Esta forma de hacer política a impulsos, a golpes de inspiración o de puro y simple oportunismo en función de las encuestas y los votos empieza a resultar nauseabundo y hastiante. Cómo no acordarse de la peregrina idea de Zapatero de premiar la natalidad con 3.000 euros o la que ahora anuncia Sánchez de dar 400 euros como regalo a los jóvenes que cumplan 18 años para que adquieran libros e incrementen su cultura. ¿Así piensa paliar el gran problema de la Cultura en España? Pues vaya…
Que temas tan cruciales como el de la vivienda digna o el alquiler –que, como el de la educación, tendría que llevar encauzado desde hace años el Gobierno de turno– sigan generando polémicas como la que estamos viviendo, es un buen botón de muestra de lo que digo. Aquí hay problemas que no se pueden soslayar más tiempo, aunque sólo sea por una simple cuestión de justicia y equidad. Ese vicio inveterado de los gobernantes de rendir pleitesía a los poderosos y repartir las migajas al pueblo ha de acabar de una vez.